SOBRE LA MENTIRA: CÓMO APRENDER A NO ESTIMULARLA

Del libro “Entre padres e hijos” de Haim Ginnot.

 

Los padres les enfurece que los niños mientan, re todo cuando la mentira es obvia y el mentiroso inepto. Es exasperante oír a un niño insistir en que no tocó la pintura o no se comió el chocolate cuando la prueba se ve clarísimamente en su camisa o en su cara.

 

MENTIRAS PROVOCADAS

Los padres no deben hacer preguntas que tiendan a provocar mentiras defensivas. Los niños se molestan al ser interrogados por un padre, sobre todo cuando sospechan que ya se sabe la respuesta. Odian las preguntas trampa, preguntas que les fuerzan a escoger entre una mentira torpe y una confesión embarazosa.

Quique, de siete años, rompió un camión nuevo que le había regalado su padre. Se asustó y escondió los pedazos en el sótano. Cuando su padre encontró los restos del camión, lanzó una serie de preguntas inquisitivas que desataron una situación tensa.

Padre: ¿Dónde está tu camión nuevo?

Quique: En alguna parte.

Padre: No te he visto jugar con él.

Quique: No sé dónde está.

Padre: Encuéntralo. Lo quiero ver.

Quique. Quizá alguien robó el camión.

Padre: ¡Eres un mentiroso! ¡Rompiste el camión! No creas que esto va quedar así. ¡Si hay algo que no soporto es un mentiroso!

Esta fue una batalla innecesaria. En lugar de jugar furtivamente a detective y fiscal, y etiquetar a su hijo como mentiroso, el padre habría ayudado más a su hijo diciéndole: «Veo que tu camión nuevo está roto. No duró mucho tiempo. Qué pena. Te gustaba mucho jugar con él».

El niño podría haber aprendido varias lecciones valiosas: papá entiende. Puedo contarle mis penas. Debo tratar mejor sus regalos. Tengo que tener más cuidado.

Así que no es buena idea hacer preguntas cuyas respuestas ya conocemos. Por ejemplo: “¿Recogiste la habitación como te pedí?» mientras estamos mirando una habitación desordenada, o « fuiste al colegio hoy?» después de ser informados de que no ha ido. Es preferible una declaración: «Veo que la habitación todavía no está recogida» o «Nos han dicho que hiciste novillos hoy».

¿Por qué mienten los niños? A veces mienten por que no se les permite decir la verdad.

Guille, de cuatro años, entró en la sala como un huracán, enfadado, y se quejó a su madre:

« Odio a la abuelita!». La madre, horrorizada, contestó: «No es verdad. ¡Quieres a la abuelita! En esta casa no odiamos. Además, ella te hace regalos y te lleva a muchos sitios. ¿Cómo puedes decir una cosa semejante?».

Pero Guille insistió: «No, la odio, la odio. No quiero verla nunca más». Su madre, muy disgusta da ahora, decidió emplear un método educativo más drástico. Le dio un manotazo.

Guille, no queriendo que le castigaran más, cambió de parecer: «Quiero mucho a la abuelita, mamá», dijo. ¿Cómo respondió mamá? Le abrazó, le besó y le alabó por ser un buen muchacho.

¿Qué aprendió el pequeño Guille de este intercambio? Es peligroso decir la verdad, compartir tus verdaderos sentimientos con tu madre. Cuando eres veraz, te castigan; cuando mientes, te acarician. La verdad duele. Apártate de ella. Mamá ama a los pequeños mentirosos. A mamá sólo le gusta oír verdades agradables. Dile solo lo que ella quiere oír, no lo que realmente sientes.

¿Qué podría haber contestado la madre si que ría enseñar a Guille a decir la verdad?

Habría reconocido su disgusto: «Ay, ya no quieres a la abuela. ¿Te gustaría decirme lo que hizo para enfadarte tanto?». El puede haber contestado:

«Trajo un regalo para el bebé, y para mí, nada».

Si queremos inculcar honestidad, entonces debemos prepararnos para escuchar tanto las verdades amargas como las verdades agradables. Si los niños van a crecer y a ser educados en la honradez, no deben ser animados a mentir sobre sus sentimientos, ya sean positivos, negativos o ambivalentes. De nuestras reacciones a sus sentimientos expresados los niños aprenden si lo mejor es ser sincero o no.

Mentiras que dicen verdades. Cuando son castigados por decir la verdad, los niños mienten en defensa propia. También mienten para concederse en la fantasía lo que les falta en la realidad. Las mentiras dicen verdades sobre temores y esperanzas. Revelan lo que a uno le gustaría ser o hacer. Para un oído experto, las mentiras revelan lo que pretenden ocultar. Una reacción madura a una mentira debe reflejar entendimiento de su significado en lugar de rechazo de su contenido o condena de su autor. La información sacada de la mentira puede utilizarse para ayudar a un niño a distinguir entre la realidad y sus ilusiones

Cuando Carmina, de tres años, explicó a su abuela que había recibido un elefante vivo por Navidad, la abuela reflejó su anhelo en lugar de intentar demostrar a su nieta que era una mentirosa. Le contestó: «Te haría ilusión. ¡Te gustaría tener un elefante! ¡Te gustaría tener tu propio zoo! ¡Te gustaría tener toda una selva llena de animales!».

Roberto, de tres años, le dijo a su padre que había visto un hombre tan alto como el edificio Empire State. En lugar de contestar «Qué locura. Nadie es tan alto. No digas mentiras», este padre aprovechó la oportunidad para enseñar a su hijo algunas nuevas palabras mientras reconocía su percepción en lugar de negarla: «Ah, ¡debes de haber visto un hombre muy grande, un hombre gigantesco, un hombre enorme, un hombre inmenso!».

Mientras jugaba en la arena, haciendo un camino, Gregorio, de cuatro años, de repente miró a su madre, gritando: «Mi camino se está destrozando por una tormenta. ¿Qué hago?». «¿Qué tormenta?—preguntó la madre en un tono fastidiado—. No veo ninguna tormenta. No digas tonterías.»

La tormenta en la arena que la madre ignoró estalló en la vida real. Gregorio tuvo una rabieta como un huracán. Esta tempestad podría haberse evitado si la madre hubiera reconocido la percepción del niño entrando en su mundo imaginario y preguntando: «tormenta se está llevando el camino que tanto te costó construir? Vaya». Entonces, mirando al cielo, podría agregar: «Por favor, paren de diluviar allá arriba. Se está llevan do por delante el camino de mi hijo».

TRATAR CON LA FALSEDAD: UN POCO

DE PREVENCIÓN VALE MÁS QUE UN MONTÓN DE INVESTIGACIÓN

Nuestra política sobre la mentira está clara: por un lado, no debemos hacer de fiscal o pedir confesiones o convertir un acceso de imaginación en un caso criminal. Por otro lado, no debemos dudar en llamar al pan, pan y al vino, vino. Cuando encontramos que ha vencido el plazo de préstamo de un libro de la biblioteca pública, en lugar de preguntar: « has devuelto el libro a la biblioteca? ¿Estás seguro? ¿Cómo es que todavía está en tu escritorio?», debemos afirmar: «Veo que ha vencido el plazo de tu libro».

Cuando la escuela nos informa de que nuestro hijo ha suspendido una prueba de matemáticas, no debemos preguntar: «¿Aprobaste la prueba de matemáticas?… ¿Estás seguro?… Bien, ¡mentir no te sacará de apuros esta vez! Hemos hablado con tu profesor y sabemos que suspendiste escandalosamente».

En vez de eso, digamos directamente a nuestro hijo: «El profesor de matemáticas nos ha dicho que suspendiste la prueba. Estamos preocupados y queremos saber cómo podemos ayudarte».

En pocas palabras, no provocamos al niño para que recurra a la mentira defensiva, ni tampoco proporcionamos intencionadamente oportunidades para mentir. Cuando un niño miente, nuestra reacción no debe ser histérica y moralizadora, sino objetiva y realista. Queremos que nuestros h aprendan que no hace falta mentirnos.

Otra manera en que los padres pueden evitar que los niños mientan es evitando la pregunta «¿por qué?». Hubo un tiempo en que «¿por qué?» era un término interrogativo. Este significado desapareció hace mucho. Fue adulterado por el mal uso de «¿por qué?» como forma de crítica. Para los niños, «¿por qué?» representa desaprobación, decepción y disgusto paternos. Suscita ecos de reproche del pasado. Un simple « qué hiciste eso?» puede sugerir «¿Por qué hiciste semejante tontería?»’.

Un padre prudente evita las preguntas dañinas

«¿por qué eres tan egoísta?»

«¿Por qué te olvidas de todo lo que te digo – «¿Por qué nunca puedes ser puntual?»

«¿Por qué eres tan desorganizado?»

«¿por qué no puedes callarte?»

En lugar de hacer preguntas retóricas que n pueden responderse, hagamos declaraciones que muestren comprensión:

«Juan, estaría contento si pudierais compartir.

«Algunas cosas son difíciles de recordar.»

«Me preocupo cuando llegas tarde.»

«¿Qué puedes hacer para organizar tu trabajo? «Tienes muchas ideas.»

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