En la mesa

En la mesaAutora: Guiomar

Las madres tendemos a preocuparnos por el tema de la alimentación desde que estamos embarazadas. Nos pesamos semana a semana tratando averiguar las razones por las que hemos subido o no de peso, si la báscula indica media kilo más de lo debido nos sentimos temerosas de de la bronca que esperamos recibir del ginecólogo de turno y vivimos la totalidad del embarazo pensando en qué vamos a comer. Tratamos de seguir una dieta sana y balanceada (aunque sea algo nuevo para nosotras). Pensamos en cuántos días hemos comido pescado, si ya superamos el litro de leche recomendado y si nos podemos permitir esa onza de chocolate que nos hace ojitos desde la alacena.

La necesidad de alimentos ricos en grasa y en azúcares durante el embarazo es algo normal que surge del aumento de necesidades calóricas propio de este periodo, aunque tampoco sea cierto eso de que “hay que comer por dos”. Las fuentes calóricas de grasa y azúcares simples las encontramos con facilidad en la comida chatarra. Así que veces terminamos comiendo de más y además, mal.

Sabemos que nuestro hijo se alimenta de lo mismo que nosotras, pero en forma de nutrientes. Es decir, ellos no se comen el filete a la plancha sino las proteínas, grasas y demás nutrientes que conforman el filete.

La ciencia está descubriendo que es desde la vida in útero que nuestros hijos aprenden a comer, no solo a nutrirse.

Alimentarnos bien en este periodo no es solo necesario para el sano desarrollo del feto, sino porque a medida que el cerebro de nuestro bebé se va formando, se crean también las primeras conexiones neuronales en torno a la alimentación. Algunos estudios llegan a sugerir incluso que los primeros gustos por alimentos se adquieren en esta etapa tan temprana.

Comer es un hecho sumamente complejo. Por un lado, comemos para vivir, por pura necesidad de supervivencia. Se come cuando se tiene hambre. El organismo humano busca los nutrientes que más necesita en un momento dado. De ahí que las mujeres embarazadas cuando necesitaban calcio en sus dietas tenían antojo de comer cal y por eso los niños con deficiencia de hierro tratan de comer tierra.

Los animales que viven en libertad suelen tener difícil poder elegir qué comer. La comida es sumamente escasa para ellos y comen lo que hay dentro de lo que su organismo está preparado para comer bien sea una gacela o alfalfa. Todos hemos visto sin embargo a perros y gatos (animales principalmente carnívoros) purgarse con hierbas para vencer el estreñimiento. Incluso las ratas de laboratorio eligen qué comer si pueden hacerlo, al igual que los primates como el chimpancé. Pero para ellos, el alimento es básicamente una necesidad fisiológica. Se come cuando se tiene hambre o cuando se puede para prever las épocas de carestía.

Los humanos somos más complejos pero no dejamos de ser animales. Por eso las personas que tienen la costumbre de saltarse comidas engordan más que las que comen regularmente. El organismo acumula de más porque la experiencia le ha enseñado que la próxima comida será incierta y que no siempre se atiende el llamado del hambre cuando se tiene, así que se acumulan reservas cuando se tienen.

Los niños aprenden esto desde su vida intrauterina. Si su madre se salta comidas los nutrientes le llegaran de una forma menos regular de la necesaria y aprenderá a acumular para las épocas de escasez.

Hace años se puso de moda alimentar a los niños con horarios, cuando es hora de comer y no cuando el niño tiene hambre. Trataba de ser una forma de educar a los niños a alimentarse adecuadamente. Sin embargo, se consiguió todo lo contrario porque quiso predominar la necesidad cultural de la comida sobre la necesidad fisiológica de la nutrición y un niño a esas edades no está todavía preparado para socializar.

A los seres humanos nos cuesta separar la necesidad fisiológica de las costumbres sociales y culturales que le acompañan. Los adultos solemos comer cuando es hora de comer, bien porque es la hora que nos asignan en el trabajo o por costumbre es la hora en la que nos reunimos con alguien para comer. Algunos son capaces de aguantar el hambre hasta que es la hora, otros picotean el pan de la comida o mascan chicle para tratar de enmascarar el hambre.

Un niño recién nacido pide de comer cuando tiene hambre, el no entiende de relojes y su aparato digestivo es todavía pequeño e inmaduro y no puede esperar tanto. Su círculo social se reduce a su madre y comer es para él comienza a ser también una forma de comunicación. Un niño alimentado al seno materno tiene a su madre disponible como fuente de alimento y también como fuente de interacción social. Tendrá que llorar poco para conseguir lo que necesita, no hay agua que hervir ni polvos que reconstituir. Un niño alimentado con biberón tendrá que aprender a esperar, a pasar hambre y construirá unos fuertes mecanismos para prevenir las épocas de escasez.

A medida que el niño crece, necesita explorar. Su necesidad de descubrir el mundo que le rodea es mayor que su necesidad de alimentarse. Con la exploración de su mundo cercano descubre el refrigerador y la alacena y comienzan las primeras cacerías en busca de alimento. Además, la naturaleza que es muy sabia, nos ha diseñado para que cuando llegamos a esa fase exploratoria pasado el primer año la velocidad de crecimiento disminuye drásticamente y por tanto, también el apetito. No es que el niño milagrosamente viva del aire, es que va a crecer a un ritmo menor durante el segundo y tercer año que durante su primer año de vida. Así podrá, además encaminar sus esfuerzos al aprendizaje del entorno en vez de a la alimentación.

El niño que explora tomará un pedazo de pan y lo mordisqueará mientras juega. Hará lo mismo con una manzana o una zanahoria. Si nos ve comer nos pedirá probar de nuestro plato (siempre más interesante que el suyo) y poco a poco aprenderá que comer es también un acto social. Cuando tenga cuatro o cinco años comenzará a disfrutar de las comidas en familia, pedirá que le cocinemos sus platos favoritos y cuando tenga quince podrá pasar dos horas de sobremesa mientras se toma un café. Pero además, en el día a día, tenemos que tomar la decisión de cuál va ser nuestra prioridad en torno a la alimentación: si la fisiológica o la social porque a veces no son compatibles.

Si el niño viene de la escuela con hambre y tiene que esperar a que la comida esté preparada o a que venga papá picará algo entre horas o pasará hambre. O al contrario, es posible que en la escuela almuercen tarde y nosotras nos empeñemos en que el niño coma cuando llega y apenas está terminado la digestión de su almuerzo.

Si el niño llega con hambre y no es capaz de esperar podemos tratar de tener algo rápido que calentar para darle o puede comenzar por la fruta, porque el orden en que comemos los alimentos también es meramente cultural.

A veces las mujeres nos sobrepasamos en ayunas esperando que toda la familia llegue para comer cuando nuestros horarios son muy diversos y las horas de ayuno llegan a ser excesivas. Al priorizar la necesidad cultural sobre la fisiológica se engorda porque se manda al organismo la señal de que es necesario acumular. Además, la tentación de picar alimentos altamente energéticos que quiten el hambre momentánea es mucha y se termina comiendo de más.

La socialización en torno a la comida la aprenderán los niños por ósmosis, porque siempre hay un pastel cuando se celebra un cumpleaños, un capricho para un niño enfermo y de vez en cuando hay palomitas para disfrutar de una película en familia.

El comer todos juntos y a su hora era necesario cuando la vida lo permitía, los horarios eran más o menos los mismos y no existían los hornos microondas. Podemos socializar en la mesa aunque no todos comamos, también se puede acompañar al que come con un simple vaso de agua o con un café y platicar del día. Si queremos socializar podemos sentarnos con nuestros hijos mientras comen, aunque no comamos nosotras, en vez de ponernos a lavar los platos.

Si dejamos aprender a los niños a su ritmo, lo harán. Confiar en ellos sobre cuándo tienen o no hambre les va a ayudar a aprender a autorregularse y cubrir sus necesidades de una forma más saludable. Cuando su cerebro esté preparado para comenzar a aprender la parte social de la alimentación, lo hará. Pero es mejor que para entonces tengan claro cómo cubrir mejor sus necesidades fisiológicas.

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