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Conflicto y negociación

Del libro “Atención Plena”, escrito por la psicologa Isabel S. Larraburu y editado por “temas de hoy”.

 

Capítulo 6: Conflicto

De un tiempo a esta parte los españoles nos hemos dado cuenta de que somos ciudadanos con derechos y han ido proliferando por doquier las amenazas de querellas, denuncias, demandas judiciales y otros procedimientos jurídicos que antes ni teníamos el honor de conocer. Quizá esto se haya visto propiciado por la influencia de los programas televisivos de temática cardiaca donde abundan simultáneamente abucheos y descréditos mutuos. Pero lo que más sorprende es que el descubrimiento o surgimiento de la conciencia de derechos de los ciudadanos no ha venido acompasada con el reconocimiento de sus deberes cívicos; de ahí que ante tal desequilibrio nos mostremos como ciudadanos litigantes, con desmerecimientos infinitos y la continua amenaza en la boca. Como anécdota, cuentan de un encuentro en el bosque entre un caballo y un perro ladrador. Ante el instinto ladrador del perro hacia el caballo, el jinete, sorprendido, amenazó a voz en grito a su dueño con ponerle una denuncia y «que se le iba a caer el pelo».

Da la impresión de que se está produciendo una potenciación del talan te quisquilloso típico de nuestra raza gracias a una tardía conciencia de derechos, consecuencia de tanto atropello dictatorial. Lo cierto es que nuestras emociones pasionales no nos inducen de un modo natural y espontáneo al consenso y la negociación.

No obstante, el hábito de negociar nos ahorraría conductas violentas e incívicas. Nuestra sociedad se beneficiaría enormemente si adoptara comportamientos que en otras latitudes son mucho más cotidianos.

La historia de la negociación se ha nutrido durante siglos de encendidos desacuerdos sobre fronteras, tratados de paz y de comercio, contratos colectivos utilizando ultimátums, insultos, amenazas, manipulaciones y blindaje férreo de las posiciones encontradas. En el año 1970, el Proyecto de Negociación de Harvard desarrolló un procedimiento de mediación que fue utilizado en las negociaciones de paz de Camp David para el Medio Orien te en 1978. En 1981, Roger Fisher y William Ury, reconocidos como prestigiosos negociadores-mediadores en todo el mundo, publicaron su libro Obtenga el sí. El arte de negociar sin ceder, referente principal de las negociaciones llamadas win-win (ganar-ganar). En él afirman que la manera previa de regatear posturas no era productiva y era innecesariamente hostil. La mejor opción era desvincular a los oponentes del problema a resolver, focalizar en los intereses comunes en lugar de las posturas encontradas con el fin de generar opciones que beneficiaran a ambas partes.

 

Negociar en la vida diaria

 

Hay expertos que afirman que habría que pensar en la negociación como « una interacción entre uno o más puntos de vista». Así, hasta es posible negociar con uno mismo. Una negociación de principios es una estrategia que cambia la defensa de posturas polarizadas por la idea de lograr los intereses, intentando que la relación entre los oponentes no se deteriore. Negociar bien implica que ninguna de las partes engañe, haga trampa, manipule o se aproveche de la otra. Cada vez que surge un desacuerdo en el ámbito familiar, laboral o social, las relaciones corren el riesgo de deteriorarse si no se hace algo al respecto. Hay distintas maneras de resolver los inevitables conflictos. Una de ellas es callarse y hundirse de morros en la rabia pasiva, otra, el modo agresivo y hostil que no tiene en cuenta la supervivencia de la relación y, por último, la negociación efectiva en la que todos obtienen algo positivo para sus intereses. Existen tres maneras de negociar:

•La competitiva. El problema es planteado con escasez de recursos, con pocas salidas. Por eso debe haber un ganador y un perdedor (ganar-perder). Si uno siente que tiene que ser el ganador, utilizará todo su poder sin miramientos para que así sea. La táctica puede incluir manipulación, esconder la verdad, no admitir errores y enviar mensajes agresivos verbales y no verbales. El riesgo de este enfoque es que no suele llevar a la mejor solución y se obtiene un triunfo a corto plazo con un precio bastante alto.

• La complaciente. En este caso una de las partes o ambas no sabe defender sus derechos, no es asertiva (capacidad para manifestar lo que se piensa y siente sin ofender a los demás, buscando siempre el respeto de los derechos propios y de los otros). No se afrontan los problemas de la relación con la falsa idea de mantener la paz por miedo a la perturbación psicológica que esto supone. Las dos partes salen defraudadas. Esto conduce a evitar los temas conflictivos o a que uno de los dos ceda todo el tiempo.

• La colaboradora. En este caso prevalece el respeto mutuo. Se trabaja como equipo tanto para evitar conflictos innecesarios como para llegar a acuerdos mutuamente satisfactorios en conflictos reales. Ninguno desea imponer sus deseos al otro. Se persigue el ganar-ganar. Yo gano y tú ganas también. Con esto se maximizan las ganancias y se minimizan los costes para cada uno y para la relación.

 

Principios básicos para una buena negociación

 

La negociación es una habilidad de comunicación muy importante entre las destrezas básicas de una pareja, familia, entorno laboral y cualquier convivencia. La armonía de cualquier asociación depende sobre todo de la capacidad de resolver conflictos, incluso más que de la personalidad de sus componentes. Para eso se han propuesto unas reglas básicas a tener en cuenta al prepararse correctamente para una negociación.

• Aceptar que el conflicto es inevitable. Esto no significa que una relación esté en peligro.

• No insultar, no amenazar, no etiquetar; no humillar, no culpabilizar; no dar golpes bajos, no traer al presente antiguas disputas.

• Ser empático. Ponerse en el lugar del otro para poder entender sus intereses.

• Escuchar activamente. Resumir, preguntar para entender correcta mente el punto de vista del otro.

• La negociación implica a dos o más personas que tienen intereses importantes, legítimos, pero opuestos. No todas las diferencias requieren negociación. Valores básicos, integridad, espiritualidad, sentimientos, actitudes y confianza no pueden ser negociados. Habría que intentar separar intereses y preocupaciones de lo que son los valores, la integridad y los sentimientos. Lo único realmente negociable son las conductas y las decisiones.

• Desvincular en lo posible las emociones del problema.

• Focalizar en los intereses, no en las posiciones. Ver los conflictos como intereses que hay que explorar y estudiar y no posiciones rígidas que se deben defender. Esto es un tema clave en las buenas negociaciones.

• Recordar siempre el objetivo: buscar opciones mutuamente satisfactorias. La idea es encontrar un compromiso justo que beneficie a ambas partes, no llevar al oponente al propio terreno.

• Ser flexible. Suele haber siempre diversas soluciones que pueden ser provechosas. No fijarse en nociones preconcebidas con un solo resultado aceptable.

• Ser persistente. A menudo la solución final comprende varios períodos de ensayo y mejoras. No desanimarse ni llegar a conclusiones antes de tiempo.

 

Pasos a seguir en la solución de un conflicto

 

Primer paso: afrontar el conflicto. El conflicto forma parte del proceso de fortalecimiento de una relación siempre que se gestione bien. Hay personas que se asustan del conflicto porque no saben negociar. Aprendiendo a negociar se pierde el temor. En el caso de la pareja, las negociaciones pueden parecer más arriesgadas por la intensidad de apertura emocional que conlleva. Además, las negociaciones en la pareja pueden tener consecuencias importantes que alteran el modo de vida, como decidir dónde vivir, por ejemplo. Aceptar el riesgo de afrontar el conflicto en pareja impide que este forme un sedimento que pueda conducir a la larga a la destrucción de la pareja. Una vez se ha decidido plantearlo abiertamente, se recomienda lo siguiente:

• Mantener la calma. No portarse de una manera innecesariamente hostil si se desea ser tenido en cuenta.

• Elegir bien el momento.

• Ser asertivo, es decir, ni inhibido ni agresivo.

• Invitar al otro a trabajar conjuntamente.

 

Segundo paso: entender la postura del otro. Pactar un tiempo «sin interrupción» para plantear la postura de cada uno; el otro podrá pedir aclaraciones. En este paso se puede descubrir si solamente se trata de un malentendido, indica que hay un compromiso para gestionar el conflicto de un modo colaborador, se demuestra el respeto por el otro, se reduce la agresividad al poder explicarse cada uno y se piensa más racionalmente. En este punto se recomiendan estas tácticas:

• Hablar en primera persona, no en segunda, culpando al otro.

• Expresar sentimientos y deseos de forma clara, pero con tacto. De forma asertiva.

• No salirse del tema de discusión. No tocar temas del pasado.

• Escuchar atentamente, dando muestras al otro de que se ha entendido.

• Si ha habido algún malentendido, hacerlo saber.

 

Tercer paso: definir el problema. En el paso anterior cada una de las partes tiene su propia definición del problema. En este punto la tarea es in tentar llegar a una definición mutuamente aceptable. Estas son las habilidades requeridas para definir problemas:

• Evitar tácticas injustas como: adjudicar motivaciones negativas al otro, atacar puntos vulnerables, machacar de modo despiadado, monologar y dominar la conversación, utilizar amenazas, enviar mensajes corporales o verbales agresivos, usar opiniones de terceras personas para afirmar la propia idea, llanto para causar culpabilidad, encerrarse, o fingir colaborar mientras se frustra cualquier definición aceptable del problema.

• Identificar áreas de común acuerdo. Hacerlas explícitas.

• Plantear el problema de un modo simple y claro. En este punto, este es el único objetivo.

 

Cuarto paso: buscar y evaluar soluciones alternativas.

• Generar soluciones es un proceso creativo y debe deslindarse de la evaluación. Es decir, solo se deberían encontrar ideas en modo «tempestad de ideas». El requisito aquí es descartar la crítica y la valoración. Lo que importa es la cantidad de ideas más que la calidad.

• Evaluar las soluciones. Siempre sobre la base de lo que es mejor para ambas partes.

• Hacer pactos y compromisos realistas. Hacer concesiones y apreciar las concesiones del otro.

 

Quinto paso: llegar a acuerdos, implementarlos y probar la mejor solución. Si fuera necesario, volver a negociar.

• Plantear los acuerdos clara y concretamente. Cómo, dónde y cuándo. Por escrito. Situarlos en lugar visible.

*Antes que romper el acuerdo, renegociar. Romper el acuerdo provoca pérdida de confianza. Además la otra parte se puede sentir libre de su compromiso. A la larga, se daña la relación.

*Modificar y cambiar los acuerdos siempre que sea necesario. Pero siempre con el acuerdo de ambas partes.

 

La negociación tendrá éxito si ambas partes:

*Reconocen el valor de una relación y comparten el deseo de mantenerla.

*Participan activamente en el proceso.

*Aprecian y aceptan las perspectivas, valores, creencias y objetivos uno del otro.

*Deslindan la personalidad del punto a tratar.

*Trabajan en conjunto para desarrollar una solución aceptable para ambos.

 

Siete mandamientos para un buen resultado:

*Comunicar de modo claro.

*Respetar al otro.

*Reconocer y definir claramente el problema.

*Buscar soluciones en diversas fuentes.

*Colaborar para una solución mutua.

*Ser confiable.

*Preservar la relación.

Ser feliz

Articulo publicado por Borja Vilaseca en la revista “El pais semanal”, el domingo  08/08/2010.

Pilarín Romero de Tejada

“Si tu objetivo es el amor, tu resultado será la felicidad”

 

89 años. Viuda. Jubilada. Gracias a su marido, con quien estuvo casada 60 años, aprendió a “amar incondicionalmente”.

 

“Recuerdo haber sufrido mucho en mi infancia. Mi madre murió cuando yo tenía dos años. Ya en el colegio, les preguntaba a mis amigas qué sentían al abrazar a sus mamás. Y a los 10 años perdí a mi padre, que era mi referente. Además, por aquel entonces estaba llena de carencias y complejos. Me veía muy fea. En comparación con mis hermanas, que eran todas rubias y guapas, me sentía un bicho raro. Y así, huérfana y sin autoestima, me sentía tan triste que lo veía todo negro. Pero esta visión distorsionada cambió a los 17 años, cuando conocí a Alberto, el hombre de mi vida. A su lado comprendí que yo no era feliz porque no me quería a mí misma. Por eso era tan dependiente del amor y la aprobación ajena. Empecé a mimarme y a verme con otros ojos. Dejé de decirme cosas feas y comencé a sentirme más bonita. Y en la medida que me fui sintiendo mejor conmigo misma, me di cuenta de que este bienestar se multiplicaba cuando amaba a las personas que me rodeaban. Así fue como poco a poco mi egoísmo murió de inanición. Alberto falleció en mis brazos hace casi dos años. Entonces pensé que no sería capaz de soportarlo. Que me marchitaría como una flor a la que le han quitado su agua y su luz. Pero no. Viví el duelo con agradecimiento por la maravillosa vida que pasamos juntos. Él ha sido mi gran maestro y mi gran amor. Junto a él aprendí que nadie ni nada puede hacernos tanto daño como nuestros pensamientos. Y que lo importante no es qué pueden hacer los demás por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por los demás. La vida es tan sabia y generosa que no nos da lo que queremos, sino lo que necesitamos para aprender a ser felices por nosotros mismos. Además, si encuentras el bienestar dentro de ti, todo lo demás viene por añadidura. Y esto que es muy fácil de decir, da para unos cuantos años de aprendizaje. Y por favor, no me creas… Experiméntalo por ti mismo”.

 

Reflexionar acerca del sufrimiento y la felicidad es un asunto tan delicado como sobreexplotado. A ninguno de nosotros nos gusta reconocer que no sabemos cómo liderar nuestra vida emocional de una forma más sana y constructiva. Y nos cuesta todavía más que otras personas señalen nuestros defectos y carencias, tratando de guiarnos para aprender a gestionarla mejor. De ahí que el desarrollo personal suela ser ridiculizado y actualmente tenga tantos detractores.

 

Sin embargo, la arrogancia de creer que lo sabemos todo y de demonizar cualquier información que nos sea molesta o desconocida tan solo limita nuestra capacidad de ver y comprender las cosas desde una nueva perspectiva. En vez de ponernos a la defensiva, podemos adoptar una actitud más humilde y madura, basada en el reconocimiento de que no sabemos y de que estamos abiertos a aprender. Asumir la propia ignorancia es un trago amargo, pero necesario para poder crecer y evolucionar como seres humanos.

 

Eso sí, lejos de caer en el dogma y la imposición, es importante que no nos creamos nada de lo que nos digan ni de lo que leamos, incluyendo, por supuesto, la información detallada en este reportaje. Tal y como nos anima Pilarín Romero de Tejada, hemos de verificarla a través de nuestra experiencia. Solo entonces podremos ir más allá de nuestros prejuicios, determinando si dichas reflexiones son útiles o inútiles para mejorar nuestra competencia en el arte de vivir.

 

Marc Dufraisse

 

“Tenemos de todo, pero ¿nostenemos a nosotros mismos?”

 

50 años. Casado, con dos hijos. Consultor. Padecer y superar un cáncer le ha conducido a replantearse su manera de vivir.

 

“Tras licenciarme en Empresariales, comencé una prometedora carrera profesional como ejecutivo. Durante mucho tiempo, lo que yo creía que era la felicidad estaba vinculado a lo que tenía y a lo que deseaba tener. Y lo cierto es que fui consiguiendo aquello que me proponía. Tenía una familia. Tenía éxito profesional. Tenía estatus social. Y tenía dinero, mucho dinero. Sin darme cuenta, había entrado en una rueda materialista que me proporcionaba seguridad, confort y reconocimiento. Pero tan solo era un espejismo. Vivía dormido, sin darme cuenta de por qué hacía las cosas que hacía. A raíz de un cáncer que casi termina con mi vida, desperté del profundo sueño en el que me encontraba. El proceso médico, las operaciones y los tratamientos me hicieron sentir la fragilidad y la precariedad de la vida en mi propia carne. El sufrimiento destapó mis necesidades, angustias y miedos escondidos. Me conectó con mis emociones y sentimientos reprimidos. Por primera vez desde que era niño fui capaz de llorar. Sobrevivir a esta grave enfermedad me transformó. Me hizo ver la vida como un regalo. Cambié mi escala de valores y prioridades. Abandoné el control y me permití ser diferente. Ya no llevo una existencia puramente materialista. Me he dado cuenta de que las cosas esenciales de la vida son las que no se ven, pues tan solo pueden sentirse cuando vivimos conectados con nuestro corazón. La felicidad no tiene nada que ver con lo que tenemos ni conseguimos. De ahí que jamás la encontraremos en la posesión de bienes materiales ni en la consecución de logros profesionales. La auténtica felicidad está dentro de nosotros mismos. El reto es aprender a conectar con ella. Por eso ya no me distraigo con prioridades erróneas. Sé que suena a tópico, pero he vuelto a nacer. A mis 50 años he redescubierto la vida”.

 

Al igual que le sucedía a Marc Dufraisse, a día de hoy seguimos creyendo que la felicidad está vinculada con lo que tenemos y hacemos, marginando por completo lo que somos. Por eso formamos parte de una sociedad materialista, construida sobre tres pilares: el trabajo, el consumo y el entretenimiento. Sin embargo, esta manera de pensar y de actuar está resultando del todo ineficiente e insostenible. La paradoja es que tenemos más riquezas que nunca, pero somos mucho más pobres. Prueba de ello es que el vacío existencial se ha convertido en la enfermedad contemporánea más extendida, y el Prozac y el Tranquimacín, en dos compañeros de viaje de muchos españoles.

 

Al guiarnos por una serie de creencias erróneas -como que nuestra felicidad depende de algo externo-, dedicamos casi todo nuestro tiempo, dinero y energía a conseguir todo tipo de metas y objetivos, desatendiendo nuestro mundo interior. Y con el tiempo, esta huida de nosotros mismos suele pasarnos factura. Aunque no se suela hablar de ello en las noticias, al menos seis millones de personas sufren depresión en España, según un reciente estudio del hospital Puerta de Hierro de Madrid.

 

En paralelo, se han disparado las ventas de antidepresivos en este país. En 1994 se despacharon 7,2 millones de unidades. A finales de 2003, esta cifra creció hasta los 21,2 millones. Y en 2009 superó los 33 millones. La ingesta de tranquilizantes, por otra parte, ha seguido la misma línea ascendente. El año pasado alcanzó los 52 millones de unidades vendidas, según el Ministerio de Sanidad.

 

Lo alarmante de estos datos es que tan solo se corresponden a las compras realizadas por pacientes del sistema público. No contabilizan las prescripciones efectuadas por las consultas privadas. Eso sí, cabe decir que este espectacular uso de ansiolíticos no siempre guarda relación con los estados depresivos de los pacientes. Estos medicamentos también se emplean para abordar la ansiedad, las fobias, los trastornos alimentarios, el dolor y las adicciones.

 

Otra estadística tabú en nuestra sociedad es la referente al número de suicidios, una cifra que crece anualmente. Así, la prestigiosa revista de medicina británica The Lancet publicó en 2009 un estudio realizado por los Centros de Investigación sobre el Suicidio de las universidades de Oxford, en el Reino Unido, y de Gand, en Bélgica, que estimaba que un millón de seres humanos se quitan la vida cada año. Y según la Organización Mundial de la Salud, al menos otros 15 millones lo intentan sin conseguirlo.

 

En España, el suicidio ya es la primera causa externa de muerte (con 3.421 casos en 2008), desbancando a las defunciones por accidentes de tráfico, cuya cifra se situó en 3.021 víctimas mortales, según el Instituto Nacional de Estadística. Algunos sociólogos afirman que estos datos son solo la punta de un gigantesco y oscuro iceberg. A pesar de haberse convertido en un fenómeno normalizado, nuestra sociedad padece una grave enfermedad llamada “infelicidad”.

 

Marta Mariñas López

 

“Aquello que no somos capaces de aceptar es la única causa de nuestro sufrimiento”

 

31 años. Soltera. Psicóloga social. Trabajar en países en vías de desarrollo le llevó a cuestionar sus creencias acerca de la felicidad.

 

“Mi forma de comprender la vida y de concebir la felicidad cambió a raíz de salir de mi burbuja social. La experiencia de trabajar en países en vías de desarrollo, así como en barrios en riesgo de exclusión, me ha permitido ver y conocer gente en contextos violentos, teniendo que afrontar situaciones vitales complicadas. Pero más allá de sus circunstancias, muchos de ellos mantienen un brillo de vitalidad en sus miradas y una gran sonrisa en sus rostros. Estas personas me han enseñado que la felicidad está relacionada con la aceptación de la realidad; con confiar en la vida, sacándole siempre la lección de aprendizaje y de superación personal que se esconde detrás de cualquier situación que nos toca afrontar. Eso sí, para alcanzar este nivel de comprensión tuve que pasar por un periodo de profundo sufrimiento. Tras una ruptura sentimental, experimenté mucho dolor, rabia y tristeza. Pero no me permitía sentir esas emociones. Después de presenciar situaciones vitales tan difíciles en otras personas, no me parecía legítimo sufrir por amor, con lo que rechazaba y reprimía lo que sentía. Me llevó varios meses comprender que el dolor forma parte de la experiencia de estar vivo. Así fue como dejé de luchar contra mí misma. Y al aceptarme, dándome el espacio que necesitaba, trascendí el sufrimiento. De pronto sentí una tranquilidad y una serenidad muy especiales. Ahora sé que el secreto de la felicidad reside en la conquista de nuestra responsabilidad y libertad personales, pues podemos ser dueños de la actitud que tomamos frente a nuestras circunstancias”.

 

El cambio realizado por Marta Mariñas López no es un caso aislado. Esta transformación también se está llevando a cabo a nivel colectivo. Existen varios movimientos en todo el mundo -todavía de carácter minoritario- que pretenden situar la búsqueda de la felicidad en el corazón del ámbito político y económico. Esta es una de las áreas de investigación del doctor en Filosofía Jordi Pigem, autor de Buena crisis. Hacia un mundo posmaterialista.

 

“Si bien para la mentalidad materialista el producto interior bruto (PIB) es la medida más fiable del progreso de un país, tan solo mide transacciones económicas y poco o nada sabe del verdadero bienestar de las personas”, sostiene Pigem. Desde hace unas décadas existen indicadores de progreso menos reduccionistas, que miden el bienestar no solo a través del flujo de dinero. Curiosamente, la alternativa más interesante al PIB no ha surgido de los ordenadores de una institución académica, sino de los tranquilos valles de Bután, un enclave budista en el corazón del Himalaya.

 

En este reino se creó la felicidad interior bruta (FIB), que combina siete ámbitos de bienestar: físico, mental, ambiental, laboral, económico, político y social. Su promotor fue el monarca Jigme Singye Wangchuck, que desde el día de su coronación, en 1974, está apostando por el desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo, la preservación y promoción de la cultura, la conservación del medio ambiente y el buen gobierno como pilares de la felicidad nacional.

 

Es evidente que no es fácil trasladar la experiencia de Bután al resto de economías industrializadas. Sin embargo, Pigem sostiene que este ejemplo nos lleva a reflexionar que “lo que medimos afecta a lo que hacemos”. De ahí que “mientras nuestros indicadores solamente midan y valoren lo material y tangible, seguiremos marginando lo verdaderamente esencial de la vida, relacionado con lo que somos y lo que sentimos en nuestro interior”.

 

Alberto Pérez Buj

 

“La vida recompensa aquienes hacen las paces con su pasado”

 

54 años. Casado, con tres hijos y dos nietas. Posibilitador de aprendizajes en la naturaleza. La quiebra de su empresa le hizo replantearse su vida.

 

“Tuve una infancia llena de amor. Pero un día, cuando tenía siete años, al volver de la escuela me sentí enfermo. Y aquella enfermedad me hizo pasar tres años en la cama, padeciendo dolor, miedo y soledad. En mi recuperación fue decisiva la ayuda de mi familia, que me transmitió la pasión por la vida y la naturaleza. Más adelante, durante mi juventud, imaginé la felicidad como un estado permanente y la busqué en todas partes. Pero no la encontré. A raíz de la ruptura de mi primer matrimonio, me adentré en la terapia psicoanalítica, lo que me llevó a conocerme más a fondo. Sin embargo, mi auténtico punto de inflexión se produjo al quebrar mi anterior empresa. Tras aquel batacazo me sentía tan desorientado que asumí que no podía seguir viviendo de la manera en la que lo venía haciendo. Fue entonces cuando comencé a comprender el lenguaje de la vida. Me di cuenta de que seguía en guerra con mi pasado. Seguía adoptando el papel de víctima, y esta actitud me llenaba el corazón de rencor. Mi clic llegó cuando dejé de quejarme y de luchar contra lo que me había sucedido y comencé a reinterpretar esos mismos hechos desde una nueva perspectiva. Al asumir esta responsabilidad sentí una gran liberación. Entonces tomé consciencia de que nuestro mayor enemigo para ser felices es nuestro egocentrismo. Es decir, querer que la realidad se adapte constantemente a nuestros deseos y expectativas. En aquel contexto, una persona que considero mi maestra me hizo tres preguntas: ¿cuál es tu pasión?, ¿en qué eres bueno? y ¿qué estás dispuesto a hacer con ello? Esta búsqueda me llevó a encontrar mi vocación de servicio hacia los demás. Así es como he descubierto la felicidad. Después de haber estado perdido y sin rumbo, a día de hoy me siento muy agradecido por todo lo que me ha sucedido. Ahora sé que ha sido lo que he necesitado para encontrar mi lugar en el mundo”.

 

“No puedo seguir viviendo conmigo”. A sus 29 años, este pensamiento se repetía una y otra vez en la mente enferma de Eckhart Tolle. Por aquel entonces “vivía en un estado de ansiedad casi constante, salpicado por periodos de depresión suicida”. Desquiciado por una “desgarradora angustia existencial”, finalmente tocó fondo. Aquella saturación de malestar fue lo que le hizo comprometerse con su “trabajo interior”.

 

Tres décadas más tarde, Tolle se ha convertido en un referente del desarrollo personal. Sus libros El poder del ahora y Un nuevo mundo ahora recogen sus experiencias de aprendizaje y transformación, mostrando a los lectores el camino para conocer el funcionamiento de la mente y el manejo constructivo de los pensamientos. A pesar de ser considerado un gran experto, Tolle afirma con humildad: “Soy un ser humano que a raíz de una insoportable insatisfacción emprendí una búsqueda para comprender la causa última de mi sufrimiento”.

 

Pero ¿qué es el sufrimiento? “Es tensión, vacío, ansiedad, estrés, negatividad, miedo, ira, tristeza y, en definitiva, cualquier emoción y sensación que nos deja un poso de malestar e insatisfacción”, explica Tolle. Y según sus investigaciones, el origen de todas estas desagradables experiencias no se encuentra en nuestras circunstancias, sino en nuestros pensamientos.

 

A juicio de Tolle, “nuestras emociones, sentimientos y estados de ánimo no tienen tanto que ver con lo que nos pasa, sino con la interpretación que hacemos de lo que nos pasa”.

 

La mala noticia es que “no es fácil abandonar el hábito mecánico de ver e interpretar lo que nos sucede de forma egocéntrica y reactiva”. La buena es que “cuando aceptamos que somos los únicos responsables de nuestro sufrimiento, nos damos cuenta de que podemos dejar de herirnos, cambiando nuestra manera de pensar y de relacionarnos con nuestras circunstancias”.

 

Eso sí, cabe diferenciar entre el dolor y el sufrimiento. Por ejemplo, si de pronto nos empieza a doler la cabeza, podemos quejarnos o incluso luchar contra él, lo que nos acarreará una dosis de sufrimiento. Por el contrario, podemos aceptar que nos duele la cabeza tumbándonos un rato o tomarnos una aspirina. Así, el dolor es físico, y el sufrimiento, emocional: lo creamos en nuestra mente en función de lo que pensamos acerca de lo que nos pasa. De ahí que el dolor sea inevitable, y el sufrimiento, opcional.

 

El quid de la cuestión radica en que “no somos dueños de nuestra mente, sino que esta suele operar automáticamente”. Y aquí es donde se revela la función biológica y psicológica del sufrimiento: “Hacernos tomar consciencia de que nuestra manera de autogestionarnos es ineficiente y disfuncional”. De ahí que, tal y como le sucedió a Alberto Pérez Buj, el malestar nos motive a cambiar. Y “esta necesidad de cambio es lo que generalmente nos lleva a crecer, evolucionar y madurar como seres humanos, alcanzando niveles de mayor bienestar y satisfacción”, concluye Tolle.

 

Albert Figueras

 

“El secreto de la felicidad consiste en valorar tu vida tal como es”

 

48 años. Vive en pareja y tiene dos hijos. Médico y divulgador. Durante años ha estudiado qué dice la ciencia sobre los pilares del auténtico bienestar.

 

“Antes solía creer que la felicidad era un estado de gracia que muy pocos podían alcanzar. Y que para ser uno de esos privilegiados tenía que seguir el modelo determinado por la sociedad: estudiar una carrera universitaria, conseguir un buen trabajo, comprar una vivienda, casarme, tener hijos… No es que me sintiera especialmente infeliz, pero mientras iba recorriendo ese camino tenía la sensación de no ocupar todavía ‘el podio de los felices’. Mis días estaban marcados por el hastío que te invade mientras esperas, sin saber demasiado bien el qué. Tal vez fue por eso por lo que empecé a interesarme por las bases neuronales de la felicidad. La ciencia dice que percibimos cómo nos sentimos gracias al contraste. Así, cuando alcanzamos cierta riqueza externa es más fácil darnos cuenta de nuestra pobreza interior. He aprendido que la felicidad -quizá provocada por una sustancia llamada oxitocina- consiste en apreciar las pequeñas grandes cosas que nos pasan cada día. Y que esos breves instantes se escapan fácilmente cuando aparece el deseo de querer que suceda algo que no está sucediendo. El deseo pone nuestro centro de atención en lo que no tenemos, en lo que nos falta, en lo que podría ser mejor, causándonos grandes dosis de sufrimiento. El deseo nos lleva a regodearnos en recuerdos pasados y a fantasear con ensoñaciones futuras, perdiéndonos por completo el momento presente, que es el único donde sí podemos conectar con la felicidad. El reto consiste en no dar nada por sentado, valorando todo lo que forma parte de nuestra vida. Más que nada, porque lo que se valora se disfruta mucho más, mientras que lo que no se valora se termina perdiendo”.

 

En la última década se han hecho incontables estudios sobre la felicidad. Y entre otros, Albert Figueras destaca el realizado en 2007 por la Universidad de Wisconsin. Un grupo de neurocientíficos se dedicó a hacer resonancias magnéticas a cientos de voluntarios, conectando sus cerebros a 256 sensores para detectar su nivel de bienestar. La puntación más alta, y con una abultada diferencia, la obtuvo el francés Matthieu Ricard, a quien se le declaró “el hombre más feliz del mundo”.

 

Lo cierto es que esta simpática etiqueta no tiene nada que ver con la casualidad. Este biólogo molecular dejó su carrera profesional hace 30 años para convertirse en un monje budista. Actualmente, a sus 64 años, Ricard es uno de los asesores personales del Dalai Lama y lleva una vida contemplativa en el monasterio nepalí de Shechen.

 

En su opinión, “solemos confundir la felicidad con el placer y la satisfacción que nos proporciona el consumo de bienes materiales”. Y también con “la euforia de conseguir lo que deseamos”. De hecho, “la felicidad no está relacionada con lo que hacemos ni con lo que poseemos”. Sobre todo porque “no tiene ninguna causa externa: es nuestra verdadera naturaleza”, afirma Ricard, autor de En defensa de la felicidad y El arte de la meditación.

 

Si bien no es fácil definirla con palabras, Ricard sostiene que “la felicidad es la ausencia de lucha, conflicto y sufrimiento”. Se dice que somos felices cuando “nos aceptamos tal como somos y sentimos que no nos falta de nada, una percepción subjetiva que está muy vinculada con nuestro estado de ánimo”. Por su experiencia, “el bienestar profundo y duradero que todos anhelamos surge como consecuencia de relajar la mente y conectar con el corazón”. De ahí que Ricard nos invite a adentrarnos en la meditación. “Nos pasamos la vida haciendo planes y poseyendo cosas, pero ¿cuánto tiempo dedicamos al día a estar solos, en silencio y sin distracciones?”.

 

La frenética actividad a la que muchos de nosotros estamos sometidos suele desgastar por completo nuestra energía vital. Y, a menos que aprendamos a recuperarla, “solemos vivir de forma inconsciente, cayendo en las garras de un peligroso círculo vicioso”. No en vano, “en este estado funcionamos con el piloto automático y somos guiados por nuestro instinto de supervivencia, cuyos rasgos más distintivos son el egocentrismo, el miedo, el victimismo y la reactividad emocional”. Es entonces cuando, saturados por el malestar, muchos concluyen que el negro es el color de la existencia o que hemos venido a este mundo a sufrir.

 

Pero nada más lejos de la realidad. Al igual que cargamos el móvil cuando se le agota la batería, los seres humanos podemos cargarnos de energía, y no solo por medio de la meditación. Si bien cada ser humano es único, a todos puede beneficiarnos el ejercicio físico, la naturaleza y el baile, así como quedar con personas alegres y positivas e incorporar en nuestra dieta alimentos más sanos y naturales. El reto es encontrar el equilibrio entre la actividad, el descanso y la relajación.

 

Anna Sánchez Turné

 

“Cuando eres feliz surge la vocación de hacer felices a los demás”

 

52 años. Vive con su hijo y tiene pareja. ‘Coach’ ejecutiva. Su ‘despertar’ comenzó a raíz de la crisis en su matrimonio.

 

“Hace 12 años, a raíz de la crisis y posterior ruptura de mi matrimonio, sentí que tocaba fondo y que debía reinventarme. Movida por esta inquietud empecé a hacerme las típicas preguntas existenciales: ¿quién soy?, ¿cómo quiero vivir la vida?, ¿cuál es mi misión?… Por el camino he conectado con mi autenticidad y con mis valores esenciales, lo que me ha llevado a cambiar lamanera de relacionarme con mi entorno. Este proceso de autoconocimiento me ha regalado la oportunidad de desarrollar una actitud más positiva y optimista frente a la vida. Ylo mejor de todo es que también me ha revelado mi propósito vital. Así fue como decidí cerrar la empresa que había creado años atrás y que me permitía vivir cómodamente. Movida por algo que nutriera mi verdadera esencia, empecé a formarme para ejercer una profesión que me hace vibrar y que me apasiona. A día de hoy me siento en paz conmigo misma y con la existencia. He aprendido la importancia de desarrollar el amor y la confianza hacia uno mismo, para luego poder compartirlos con los demás. Y que la mayor causa de mi sufrimiento se encuentra en mis pensamientos negativos y limitantes. He integrado en mi rutina la meditación, que me ayudaa vivir más conscientemente. He comprobado que cuando cambias tú, cambia todo lo demás. Y que cuando uno aprende a ser feliz por sí mismo ya no se mueve solamente por el interés personal, sino que se embarca en proyectos que persiguen el bien común”.

 

Si la felicidad es nuestra verdadera naturaleza y ya está en nuestro interior, ¿por qué nos cuesta tanto ser felices? ¿Por qué nos empeñamos una y otra vez en seguir los dictados de nuestros deseos? ¿Por qué nos aferramos a hacer realidad nuestras expectativas? “Si no somos felices es porque ahora mismo, debido a cómo hemos sido condicionados por la sociedad, este verdadero bienestar no es nuestra principal prioridad”. Son palabras del reconocido doctor en psicología Martin Seligman, uno de los impulsores del movimiento conocido como psicología positiva.

 

Avalado por estudios científicos, Seligman ha descubierto que “el primer paso para conectar más a menudo con la felicidad es asumir la responsabilidad y cultivar la sabiduría”. Y esta pasa por comprender que “nuestra felicidad solo depende de nosotros mismos”. Dado que es un aspecto tan intangible, este experto nos invita a concebirla como un “músculo” que podemos ejercitar cada día. Y no hay mejor gimnasio que nuestra propia vida.

 

“Las personas que se responsabilizan de lo que piensan y de la actitud que toman frente a sus circunstancias suelen desarrollar una mayor comprensión de quiénes son y de cómo pueden relacionarse más constructivamente con lo que les pasa”, sostiene Seligman, autor de La auténtica felicidad. Y como en cualquier otra área de conocimiento, existen técnicas, métodos y herramientas que favorecen y aceleran este proceso de aprendizaje. Por eso cada vez más personas, como Anna Sánchez Turné, están interesándose por el desarrollo personal.

 

“Tras la asunción de la responsabilidad personal, empezamos a ejercitar el músculo de la aceptación, que, a diferencia de la resignación, está basada en una profunda comprensión de las leyes que rigen la existencia”, señala Seligman. “Así es como gradualmente dejamos de luchar y de entrar en conflicto con lo que nos sucede, preservando un estado de paz en nuestro interior”.

 

Según sus investigaciones, “no hay mayor experiencia de felicidad que la que podemos sentir cada uno cuando fluimos con el momento tal y como es”. Este aprendizaje nos lleva a ejercitar otro músculo, seguramente el más importante de todos: “la consciencia”. Al darnos cuenta de que todo lo que necesitamos para ser felices ya está dentro de nosotros, empezamos un nuevo y apasionante entrenamiento, que Seligman define como “dar lo mejor de nosotros mismos frente a cualquier situación”.

 

En caso de no saber todavía cómo hacerlo, por lo menos ya sabemos lo que nos falta por aprender. “La felicidad no es una meta a conseguir, sino un camino a recorrer”, afirma este científico de la psique humana. Y concluye: “Y por más que nos lo sigan haciendo creer, se trata de un viaje de aprendizaje donde no caben las trampas ni los atajos”.

 

IMPRESCINDIBLES

1. LIBRO. ‘Fluir’. Una psicología del felicidad’, de Mihaly Csikszentmihalyi (Kairós). Un ensayo escrito para un público exigente, crítico y escéptico, en el que se describe, desde un punto de vista científico, de qué manera podemos desarrollar nuestra capacidad de fluir con nuestras circunstancias. Según las investigaciones y los estudios presentados en este libro, todos podemos crear esta experiencia óptima en nuestro interior. Para lograrlo es imprescindible asumir la responsabilidad personal y entrenar el músculo de la consciencia.

 

2. PELÍCULA. ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra. Este clásico del cine narra la historia de George Bailey, un joven cuyo mayor sueño es abandonar el pequeño pueblo en donde nació para viajar por todo el mundo y estudiar una carrera universitaria. Sin embargo, por su camino se cruzan una serie de circunstancias que le llevarán a trascender su propio interés personal en favor del bien común de su familia y de los habitantes de su pueblo. Después de vivir para y por los demás, George terminará recogiendo los frutos de su altruismo, siendo recompensado con la mayor riqueza de todas: su propia felicidad 

Pilarín Romero de Tejada

“Si tu objetivo es el amor, tu resultado será la felicidad”

 

89 años. Viuda. Jubilada. Gracias a su marido, con quien estuvo casada 60 años, aprendió a “amar incondicionalmente”.

 

“Recuerdo haber sufrido mucho en mi infancia. Mi madre murió cuando yo tenía dos años. Ya en el colegio, les preguntaba a mis amigas qué sentían al abrazar a sus mamás. Y a los 10 años perdí a mi padre, que era mi referente. Además, por aquel entonces estaba llena de carencias y complejos. Me veía muy fea. En comparación con mis hermanas, que eran todas rubias y guapas, me sentía un bicho raro. Y así, huérfana y sin autoestima, me sentía tan triste que lo veía todo negro. Pero esta visión distorsionada cambió a los 17 años, cuando conocí a Alberto, el hombre de mi vida. A su lado comprendí que yo no era feliz porque no me quería a mí misma. Por eso era tan dependiente del amor y la aprobación ajena. Empecé a mimarme y a verme con otros ojos. Dejé de decirme cosas feas y comencé a sentirme más bonita. Y en la medida que me fui sintiendo mejor conmigo misma, me di cuenta de que este bienestar se multiplicaba cuando amaba a las personas que me rodeaban. Así fue como poco a poco mi egoísmo murió de inanición. Alberto falleció en mis brazos hace casi dos años. Entonces pensé que no sería capaz de soportarlo. Que me marchitaría como una flor a la que le han quitado su agua y su luz. Pero no. Viví el duelo con agradecimiento por la maravillosa vida que pasamos juntos. Él ha sido mi gran maestro y mi gran amor. Junto a él aprendí que nadie ni nada puede hacernos tanto daño como nuestros pensamientos. Y que lo importante no es qué pueden hacer los demás por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por los demás. La vida es tan sabia y generosa que no nos da lo que queremos, sino lo que necesitamos para aprender a ser felices por nosotros mismos. Además, si encuentras el bienestar dentro de ti, todo lo demás viene por añadidura. Y esto que es muy fácil de decir, da para unos cuantos años de aprendizaje. Y por favor, no me creas… Experiméntalo por ti mismo”.

 

Reflexionar acerca del sufrimiento y la felicidad es un asunto tan delicado como sobreexplotado. A ninguno de nosotros nos gusta reconocer que no sabemos cómo liderar nuestra vida emocional de una forma más sana y constructiva. Y nos cuesta todavía más que otras personas señalen nuestros defectos y carencias, tratando de guiarnos para aprender a gestionarla mejor. De ahí que el desarrollo personal suela ser ridiculizado y actualmente tenga tantos detractores.

 

Sin embargo, la arrogancia de creer que lo sabemos todo y de demonizar cualquier información que nos sea molesta o desconocida tan solo limita nuestra capacidad de ver y comprender las cosas desde una nueva perspectiva. En vez de ponernos a la defensiva, podemos adoptar una actitud más humilde y madura, basada en el reconocimiento de que no sabemos y de que estamos abiertos a aprender. Asumir la propia ignorancia es un trago amargo, pero necesario para poder crecer y evolucionar como seres humanos.

 

Eso sí, lejos de caer en el dogma y la imposición, es importante que no nos creamos nada de lo que nos digan ni de lo que leamos, incluyendo, por supuesto, la información detallada en este reportaje. Tal y como nos anima Pilarín Romero de Tejada, hemos de verificarla a través de nuestra experiencia. Solo entonces podremos ir más allá de nuestros prejuicios, determinando si dichas reflexiones son útiles o inútiles para mejorar nuestra competencia en el arte de vivir.

 

Marc Dufraisse

 

“Tenemos de todo, pero ¿nostenemos a nosotros mismos?”

 

50 años. Casado, con dos hijos. Consultor. Padecer y superar un cáncer le ha conducido a replantearse su manera de vivir.

 

“Tras licenciarme en Empresariales, comencé una prometedora carrera profesional como ejecutivo. Durante mucho tiempo, lo que yo creía que era la felicidad estaba vinculado a lo que tenía y a lo que deseaba tener. Y lo cierto es que fui consiguiendo aquello que me proponía. Tenía una familia. Tenía éxito profesional. Tenía estatus social. Y tenía dinero, mucho dinero. Sin darme cuenta, había entrado en una rueda materialista que me proporcionaba seguridad, confort y reconocimiento. Pero tan solo era un espejismo. Vivía dormido, sin darme cuenta de por qué hacía las cosas que hacía. A raíz de un cáncer que casi termina con mi vida, desperté del profundo sueño en el que me encontraba. El proceso médico, las operaciones y los tratamientos me hicieron sentir la fragilidad y la precariedad de la vida en mi propia carne. El sufrimiento destapó mis necesidades, angustias y miedos escondidos. Me conectó con mis emociones y sentimientos reprimidos. Por primera vez desde que era niño fui capaz de llorar. Sobrevivir a esta grave enfermedad me transformó. Me hizo ver la vida como un regalo. Cambié mi escala de valores y prioridades. Abandoné el control y me permití ser diferente. Ya no llevo una existencia puramente materialista. Me he dado cuenta de que las cosas esenciales de la vida son las que no se ven, pues tan solo pueden sentirse cuando vivimos conectados con nuestro corazón. La felicidad no tiene nada que ver con lo que tenemos ni conseguimos. De ahí que jamás la encontraremos en la posesión de bienes materiales ni en la consecución de logros profesionales. La auténtica felicidad está dentro de nosotros mismos. El reto es aprender a conectar con ella. Por eso ya no me distraigo con prioridades erróneas. Sé que suena a tópico, pero he vuelto a nacer. A mis 50 años he redescubierto la vida”.

 

Al igual que le sucedía a Marc Dufraisse, a día de hoy seguimos creyendo que la felicidad está vinculada con lo que tenemos y hacemos, marginando por completo lo que somos. Por eso formamos parte de una sociedad materialista, construida sobre tres pilares: el trabajo, el consumo y el entretenimiento. Sin embargo, esta manera de pensar y de actuar está resultando del todo ineficiente e insostenible. La paradoja es que tenemos más riquezas que nunca, pero somos mucho más pobres. Prueba de ello es que el vacío existencial se ha convertido en la enfermedad contemporánea más extendida, y el Prozac y el Tranquimacín, en dos compañeros de viaje de muchos españoles.

 

Al guiarnos por una serie de creencias erróneas -como que nuestra felicidad depende de algo externo-, dedicamos casi todo nuestro tiempo, dinero y energía a conseguir todo tipo de metas y objetivos, desatendiendo nuestro mundo interior. Y con el tiempo, esta huida de nosotros mismos suele pasarnos factura. Aunque no se suela hablar de ello en las noticias, al menos seis millones de personas sufren depresión en España, según un reciente estudio del hospital Puerta de Hierro de Madrid.

 

En paralelo, se han disparado las ventas de antidepresivos en este país. En 1994 se despacharon 7,2 millones de unidades. A finales de 2003, esta cifra creció hasta los 21,2 millones. Y en 2009 superó los 33 millones. La ingesta de tranquilizantes, por otra parte, ha seguido la misma línea ascendente. El año pasado alcanzó los 52 millones de unidades vendidas, según el Ministerio de Sanidad.

 

Lo alarmante de estos datos es que tan solo se corresponden a las compras realizadas por pacientes del sistema público. No contabilizan las prescripciones efectuadas por las consultas privadas. Eso sí, cabe decir que este espectacular uso de ansiolíticos no siempre guarda relación con los estados depresivos de los pacientes. Estos medicamentos también se emplean para abordar la ansiedad, las fobias, los trastornos alimentarios, el dolor y las adicciones.

 

Otra estadística tabú en nuestra sociedad es la referente al número de suicidios, una cifra que crece anualmente. Así, la prestigiosa revista de medicina británica The Lancet publicó en 2009 un estudio realizado por los Centros de Investigación sobre el Suicidio de las universidades de Oxford, en el Reino Unido, y de Gand, en Bélgica, que estimaba que un millón de seres humanos se quitan la vida cada año. Y según la Organización Mundial de la Salud, al menos otros 15 millones lo intentan sin conseguirlo.

 

En España, el suicidio ya es la primera causa externa de muerte (con 3.421 casos en 2008), desbancando a las defunciones por accidentes de tráfico, cuya cifra se situó en 3.021 víctimas mortales, según el Instituto Nacional de Estadística. Algunos sociólogos afirman que estos datos son solo la punta de un gigantesco y oscuro iceberg. A pesar de haberse convertido en un fenómeno normalizado, nuestra sociedad padece una grave enfermedad llamada “infelicidad”.

 

Marta Mariñas López

 

“Aquello que no somos capaces de aceptar es la única causa de nuestro sufrimiento”

 

31 años. Soltera. Psicóloga social. Trabajar en países en vías de desarrollo le llevó a cuestionar sus creencias acerca de la felicidad.

 

“Mi forma de comprender la vida y de concebir la felicidad cambió a raíz de salir de mi burbuja social. La experiencia de trabajar en países en vías de desarrollo, así como en barrios en riesgo de exclusión, me ha permitido ver y conocer gente en contextos violentos, teniendo que afrontar situaciones vitales complicadas. Pero más allá de sus circunstancias, muchos de ellos mantienen un brillo de vitalidad en sus miradas y una gran sonrisa en sus rostros. Estas personas me han enseñado que la felicidad está relacionada con la aceptación de la realidad; con confiar en la vida, sacándole siempre la lección de aprendizaje y de superación personal que se esconde detrás de cualquier situación que nos toca afrontar. Eso sí, para alcanzar este nivel de comprensión tuve que pasar por un periodo de profundo sufrimiento. Tras una ruptura sentimental, experimenté mucho dolor, rabia y tristeza. Pero no me permitía sentir esas emociones. Después de presenciar situaciones vitales tan difíciles en otras personas, no me parecía legítimo sufrir por amor, con lo que rechazaba y reprimía lo que sentía. Me llevó varios meses comprender que el dolor forma parte de la experiencia de estar vivo. Así fue como dejé de luchar contra mí misma. Y al aceptarme, dándome el espacio que necesitaba, trascendí el sufrimiento. De pronto sentí una tranquilidad y una serenidad muy especiales. Ahora sé que el secreto de la felicidad reside en la conquista de nuestra responsabilidad y libertad personales, pues podemos ser dueños de la actitud que tomamos frente a nuestras circunstancias”.

 

El cambio realizado por Marta Mariñas López no es un caso aislado. Esta transformación también se está llevando a cabo a nivel colectivo. Existen varios movimientos en todo el mundo -todavía de carácter minoritario- que pretenden situar la búsqueda de la felicidad en el corazón del ámbito político y económico. Esta es una de las áreas de investigación del doctor en Filosofía Jordi Pigem, autor de Buena crisis. Hacia un mundo posmaterialista.

 

“Si bien para la mentalidad materialista el producto interior bruto (PIB) es la medida más fiable del progreso de un país, tan solo mide transacciones económicas y poco o nada sabe del verdadero bienestar de las personas”, sostiene Pigem. Desde hace unas décadas existen indicadores de progreso menos reduccionistas, que miden el bienestar no solo a través del flujo de dinero. Curiosamente, la alternativa más interesante al PIB no ha surgido de los ordenadores de una institución académica, sino de los tranquilos valles de Bután, un enclave budista en el corazón del Himalaya.

 

En este reino se creó la felicidad interior bruta (FIB), que combina siete ámbitos de bienestar: físico, mental, ambiental, laboral, económico, político y social. Su promotor fue el monarca Jigme Singye Wangchuck, que desde el día de su coronación, en 1974, está apostando por el desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo, la preservación y promoción de la cultura, la conservación del medio ambiente y el buen gobierno como pilares de la felicidad nacional.

 

Es evidente que no es fácil trasladar la experiencia de Bután al resto de economías industrializadas. Sin embargo, Pigem sostiene que este ejemplo nos lleva a reflexionar que “lo que medimos afecta a lo que hacemos”. De ahí que “mientras nuestros indicadores solamente midan y valoren lo material y tangible, seguiremos marginando lo verdaderamente esencial de la vida, relacionado con lo que somos y lo que sentimos en nuestro interior”.

 

Alberto Pérez Buj

 

“La vida recompensa aquienes hacen las paces con su pasado”

 

54 años. Casado, con tres hijos y dos nietas. Posibilitador de aprendizajes en la naturaleza. La quiebra de su empresa le hizo replantearse su vida.

 

“Tuve una infancia llena de amor. Pero un día, cuando tenía siete años, al volver de la escuela me sentí enfermo. Y aquella enfermedad me hizo pasar tres años en la cama, padeciendo dolor, miedo y soledad. En mi recuperación fue decisiva la ayuda de mi familia, que me transmitió la pasión por la vida y la naturaleza. Más adelante, durante mi juventud, imaginé la felicidad como un estado permanente y la busqué en todas partes. Pero no la encontré. A raíz de la ruptura de mi primer matrimonio, me adentré en la terapia psicoanalítica, lo que me llevó a conocerme más a fondo. Sin embargo, mi auténtico punto de inflexión se produjo al quebrar mi anterior empresa. Tras aquel batacazo me sentía tan desorientado que asumí que no podía seguir viviendo de la manera en la que lo venía haciendo. Fue entonces cuando comencé a comprender el lenguaje de la vida. Me di cuenta de que seguía en guerra con mi pasado. Seguía adoptando el papel de víctima, y esta actitud me llenaba el corazón de rencor. Mi clic llegó cuando dejé de quejarme y de luchar contra lo que me había sucedido y comencé a reinterpretar esos mismos hechos desde una nueva perspectiva. Al asumir esta responsabilidad sentí una gran liberación. Entonces tomé consciencia de que nuestro mayor enemigo para ser felices es nuestro egocentrismo. Es decir, querer que la realidad se adapte constantemente a nuestros deseos y expectativas. En aquel contexto, una persona que considero mi maestra me hizo tres preguntas: ¿cuál es tu pasión?, ¿en qué eres bueno? y ¿qué estás dispuesto a hacer con ello? Esta búsqueda me llevó a encontrar mi vocación de servicio hacia los demás. Así es como he descubierto la felicidad. Después de haber estado perdido y sin rumbo, a día de hoy me siento muy agradecido por todo lo que me ha sucedido. Ahora sé que ha sido lo que he necesitado para encontrar mi lugar en el mundo”.

 

“No puedo seguir viviendo conmigo”. A sus 29 años, este pensamiento se repetía una y otra vez en la mente enferma de Eckhart Tolle. Por aquel entonces “vivía en un estado de ansiedad casi constante, salpicado por periodos de depresión suicida”. Desquiciado por una “desgarradora angustia existencial”, finalmente tocó fondo. Aquella saturación de malestar fue lo que le hizo comprometerse con su “trabajo interior”.

 

Tres décadas más tarde, Tolle se ha convertido en un referente del desarrollo personal. Sus libros El poder del ahora y Un nuevo mundo ahora recogen sus experiencias de aprendizaje y transformación, mostrando a los lectores el camino para conocer el funcionamiento de la mente y el manejo constructivo de los pensamientos. A pesar de ser considerado un gran experto, Tolle afirma con humildad: “Soy un ser humano que a raíz de una insoportable insatisfacción emprendí una búsqueda para comprender la causa última de mi sufrimiento”.

 

Pero ¿qué es el sufrimiento? “Es tensión, vacío, ansiedad, estrés, negatividad, miedo, ira, tristeza y, en definitiva, cualquier emoción y sensación que nos deja un poso de malestar e insatisfacción”, explica Tolle. Y según sus investigaciones, el origen de todas estas desagradables experiencias no se encuentra en nuestras circunstancias, sino en nuestros pensamientos.

 

A juicio de Tolle, “nuestras emociones, sentimientos y estados de ánimo no tienen tanto que ver con lo que nos pasa, sino con la interpretación que hacemos de lo que nos pasa”.

 

La mala noticia es que “no es fácil abandonar el hábito mecánico de ver e interpretar lo que nos sucede de forma egocéntrica y reactiva”. La buena es que “cuando aceptamos que somos los únicos responsables de nuestro sufrimiento, nos damos cuenta de que podemos dejar de herirnos, cambiando nuestra manera de pensar y de relacionarnos con nuestras circunstancias”.

 

Eso sí, cabe diferenciar entre el dolor y el sufrimiento. Por ejemplo, si de pronto nos empieza a doler la cabeza, podemos quejarnos o incluso luchar contra él, lo que nos acarreará una dosis de sufrimiento. Por el contrario, podemos aceptar que nos duele la cabeza tumbándonos un rato o tomarnos una aspirina. Así, el dolor es físico, y el sufrimiento, emocional: lo creamos en nuestra mente en función de lo que pensamos acerca de lo que nos pasa. De ahí que el dolor sea inevitable, y el sufrimiento, opcional.

 

El quid de la cuestión radica en que “no somos dueños de nuestra mente, sino que esta suele operar automáticamente”. Y aquí es donde se revela la función biológica y psicológica del sufrimiento: “Hacernos tomar consciencia de que nuestra manera de autogestionarnos es ineficiente y disfuncional”. De ahí que, tal y como le sucedió a Alberto Pérez Buj, el malestar nos motive a cambiar. Y “esta necesidad de cambio es lo que generalmente nos lleva a crecer, evolucionar y madurar como seres humanos, alcanzando niveles de mayor bienestar y satisfacción”, concluye Tolle.

 

Albert Figueras

 

“El secreto de la felicidad consiste en valorar tu vida tal como es”

 

48 años. Vive en pareja y tiene dos hijos. Médico y divulgador. Durante años ha estudiado qué dice la ciencia sobre los pilares del auténtico bienestar.

 

“Antes solía creer que la felicidad era un estado de gracia que muy pocos podían alcanzar. Y que para ser uno de esos privilegiados tenía que seguir el modelo determinado por la sociedad: estudiar una carrera universitaria, conseguir un buen trabajo, comprar una vivienda, casarme, tener hijos… No es que me sintiera especialmente infeliz, pero mientras iba recorriendo ese camino tenía la sensación de no ocupar todavía ‘el podio de los felices’. Mis días estaban marcados por el hastío que te invade mientras esperas, sin saber demasiado bien el qué. Tal vez fue por eso por lo que empecé a interesarme por las bases neuronales de la felicidad. La ciencia dice que percibimos cómo nos sentimos gracias al contraste. Así, cuando alcanzamos cierta riqueza externa es más fácil darnos cuenta de nuestra pobreza interior. He aprendido que la felicidad -quizá provocada por una sustancia llamada oxitocina- consiste en apreciar las pequeñas grandes cosas que nos pasan cada día. Y que esos breves instantes se escapan fácilmente cuando aparece el deseo de querer que suceda algo que no está sucediendo. El deseo pone nuestro centro de atención en lo que no tenemos, en lo que nos falta, en lo que podría ser mejor, causándonos grandes dosis de sufrimiento. El deseo nos lleva a regodearnos en recuerdos pasados y a fantasear con ensoñaciones futuras, perdiéndonos por completo el momento presente, que es el único donde sí podemos conectar con la felicidad. El reto consiste en no dar nada por sentado, valorando todo lo que forma parte de nuestra vida. Más que nada, porque lo que se valora se disfruta mucho más, mientras que lo que no se valora se termina perdiendo”.

 

En la última década se han hecho incontables estudios sobre la felicidad. Y entre otros, Albert Figueras destaca el realizado en 2007 por la Universidad de Wisconsin. Un grupo de neurocientíficos se dedicó a hacer resonancias magnéticas a cientos de voluntarios, conectando sus cerebros a 256 sensores para detectar su nivel de bienestar. La puntación más alta, y con una abultada diferencia, la obtuvo el francés Matthieu Ricard, a quien se le declaró “el hombre más feliz del mundo”.

 

Lo cierto es que esta simpática etiqueta no tiene nada que ver con la casualidad. Este biólogo molecular dejó su carrera profesional hace 30 años para convertirse en un monje budista. Actualmente, a sus 64 años, Ricard es uno de los asesores personales del Dalai Lama y lleva una vida contemplativa en el monasterio nepalí de Shechen.

 

En su opinión, “solemos confundir la felicidad con el placer y la satisfacción que nos proporciona el consumo de bienes materiales”. Y también con “la euforia de conseguir lo que deseamos”. De hecho, “la felicidad no está relacionada con lo que hacemos ni con lo que poseemos”. Sobre todo porque “no tiene ninguna causa externa: es nuestra verdadera naturaleza”, afirma Ricard, autor de En defensa de la felicidad y El arte de la meditación.

 

Si bien no es fácil definirla con palabras, Ricard sostiene que “la felicidad es la ausencia de lucha, conflicto y sufrimiento”. Se dice que somos felices cuando “nos aceptamos tal como somos y sentimos que no nos falta de nada, una percepción subjetiva que está muy vinculada con nuestro estado de ánimo”. Por su experiencia, “el bienestar profundo y duradero que todos anhelamos surge como consecuencia de relajar la mente y conectar con el corazón”. De ahí que Ricard nos invite a adentrarnos en la meditación. “Nos pasamos la vida haciendo planes y poseyendo cosas, pero ¿cuánto tiempo dedicamos al día a estar solos, en silencio y sin distracciones?”.

 

La frenética actividad a la que muchos de nosotros estamos sometidos suele desgastar por completo nuestra energía vital. Y, a menos que aprendamos a recuperarla, “solemos vivir de forma inconsciente, cayendo en las garras de un peligroso círculo vicioso”. No en vano, “en este estado funcionamos con el piloto automático y somos guiados por nuestro instinto de supervivencia, cuyos rasgos más distintivos son el egocentrismo, el miedo, el victimismo y la reactividad emocional”. Es entonces cuando, saturados por el malestar, muchos concluyen que el negro es el color de la existencia o que hemos venido a este mundo a sufrir.

 

Pero nada más lejos de la realidad. Al igual que cargamos el móvil cuando se le agota la batería, los seres humanos podemos cargarnos de energía, y no solo por medio de la meditación. Si bien cada ser humano es único, a todos puede beneficiarnos el ejercicio físico, la naturaleza y el baile, así como quedar con personas alegres y positivas e incorporar en nuestra dieta alimentos más sanos y naturales. El reto es encontrar el equilibrio entre la actividad, el descanso y la relajación.

 

Anna Sánchez Turné

 

“Cuando eres feliz surge la vocación de hacer felices a los demás”

 

52 años. Vive con su hijo y tiene pareja. ‘Coach’ ejecutiva. Su ‘despertar’ comenzó a raíz de la crisis en su matrimonio.

 

“Hace 12 años, a raíz de la crisis y posterior ruptura de mi matrimonio, sentí que tocaba fondo y que debía reinventarme. Movida por esta inquietud empecé a hacerme las típicas preguntas existenciales: ¿quién soy?, ¿cómo quiero vivir la vida?, ¿cuál es mi misión?… Por el camino he conectado con mi autenticidad y con mis valores esenciales, lo que me ha llevado a cambiar lamanera de relacionarme con mi entorno. Este proceso de autoconocimiento me ha regalado la oportunidad de desarrollar una actitud más positiva y optimista frente a la vida. Ylo mejor de todo es que también me ha revelado mi propósito vital. Así fue como decidí cerrar la empresa que había creado años atrás y que me permitía vivir cómodamente. Movida por algo que nutriera mi verdadera esencia, empecé a formarme para ejercer una profesión que me hace vibrar y que me apasiona. A día de hoy me siento en paz conmigo misma y con la existencia. He aprendido la importancia de desarrollar el amor y la confianza hacia uno mismo, para luego poder compartirlos con los demás. Y que la mayor causa de mi sufrimiento se encuentra en mis pensamientos negativos y limitantes. He integrado en mi rutina la meditación, que me ayudaa vivir más conscientemente. He comprobado que cuando cambias tú, cambia todo lo demás. Y que cuando uno aprende a ser feliz por sí mismo ya no se mueve solamente por el interés personal, sino que se embarca en proyectos que persiguen el bien común”.

 

Si la felicidad es nuestra verdadera naturaleza y ya está en nuestro interior, ¿por qué nos cuesta tanto ser felices? ¿Por qué nos empeñamos una y otra vez en seguir los dictados de nuestros deseos? ¿Por qué nos aferramos a hacer realidad nuestras expectativas? “Si no somos felices es porque ahora mismo, debido a cómo hemos sido condicionados por la sociedad, este verdadero bienestar no es nuestra principal prioridad”. Son palabras del reconocido doctor en psicología Martin Seligman, uno de los impulsores del movimiento conocido como psicología positiva.

 

Avalado por estudios científicos, Seligman ha descubierto que “el primer paso para conectar más a menudo con la felicidad es asumir la responsabilidad y cultivar la sabiduría”. Y esta pasa por comprender que “nuestra felicidad solo depende de nosotros mismos”. Dado que es un aspecto tan intangible, este experto nos invita a concebirla como un “músculo” que podemos ejercitar cada día. Y no hay mejor gimnasio que nuestra propia vida.

 

“Las personas que se responsabilizan de lo que piensan y de la actitud que toman frente a sus circunstancias suelen desarrollar una mayor comprensión de quiénes son y de cómo pueden relacionarse más constructivamente con lo que les pasa”, sostiene Seligman, autor de La auténtica felicidad. Y como en cualquier otra área de conocimiento, existen técnicas, métodos y herramientas que favorecen y aceleran este proceso de aprendizaje. Por eso cada vez más personas, como Anna Sánchez Turné, están interesándose por el desarrollo personal.

 

“Tras la asunción de la responsabilidad personal, empezamos a ejercitar el músculo de la aceptación, que, a diferencia de la resignación, está basada en una profunda comprensión de las leyes que rigen la existencia”, señala Seligman. “Así es como gradualmente dejamos de luchar y de entrar en conflicto con lo que nos sucede, preservando un estado de paz en nuestro interior”.

 

Según sus investigaciones, “no hay mayor experiencia de felicidad que la que podemos sentir cada uno cuando fluimos con el momento tal y como es”. Este aprendizaje nos lleva a ejercitar otro músculo, seguramente el más importante de todos: “la consciencia”. Al darnos cuenta de que todo lo que necesitamos para ser felices ya está dentro de nosotros, empezamos un nuevo y apasionante entrenamiento, que Seligman define como “dar lo mejor de nosotros mismos frente a cualquier situación”.

 

En caso de no saber todavía cómo hacerlo, por lo menos ya sabemos lo que nos falta por aprender. “La felicidad no es una meta a conseguir, sino un camino a recorrer”, afirma este científico de la psique humana. Y concluye: “Y por más que nos lo sigan haciendo creer, se trata de un viaje de aprendizaje donde no caben las trampas ni los atajos”.

 

IMPRESCINDIBLES

1. LIBRO. ‘Fluir’. Una psicología del felicidad’, de Mihaly Csikszentmihalyi (Kairós). Un ensayo escrito para un público exigente, crítico y escéptico, en el que se describe, desde un punto de vista científico, de qué manera podemos desarrollar nuestra capacidad de fluir con nuestras circunstancias. Según las investigaciones y los estudios presentados en este libro, todos podemos crear esta experiencia óptima en nuestro interior. Para lograrlo es imprescindible asumir la responsabilidad personal y entrenar el músculo de la consciencia.

 

2. PELÍCULA. ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra. Este clásico del cine narra la historia de George Bailey, un joven cuyo mayor sueño es abandonar el pequeño pueblo en donde nació para viajar por todo el mundo y estudiar una carrera universitaria. Sin embargo, por su camino se cruzan una serie de circunstancias que le llevarán a trascender su propio interés personal en favor del bien común de su familia y de los habitantes de su pueblo. Después de vivir para y por los demás, George terminará recogiendo los frutos de su altruismo, siendo recompensado con la mayor riqueza de todas: su propia felicidad

 

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/portada/soy/feliz/elpepusoceps/20100808elpepspor_9/Tes

Una persona realmente educada…

John Taylor Gatto.


Una persona realmente educada …

1. Establece un conjunto individual de valores, pero reconoce los de su comunidad circundante y los de las diversas culturas del mundo.
2. Explora su propia ascendencia, su cultura y lugar.
3. Se siente cómoda estando a solas, sin embargo, entiende la dinámica entre las personas y forma relaciones sanas.

4. Acepta la mortalidad, sabiendo que cada decisión afecta a las generaciones venideras.
5. Crea cosas nuevas y encuentra nuevas experiencias.
6. Piensa por sí misma, observa, analiza y descubre la verdad sin recurrir a las opiniones de los demás.
7. Es partidaria del amor, la curiosidad, el respeto y la empatía en lugar de la riqueza material.
8. Elige una vocación que contribuye al bien común.
9. Disfruta una variedad de nuevos lugares y experiencias, pero identifica y aprecia al lugar al cual llamar hogar.
10. Expresa su propia voz con confianza.
11. Añade valor a cada encuentro y a cada grupo del que forma parte.

12. Siempre se pregunta: “¿Quién soy yo? ¿Dónde están mis límites? ¿Cuáles son mis posibilidades?”

 

 

 

Desiguales ante la enfermedad

 

DESIGUALES TAMBIÉN ANTE LA ENFERMEDAD

Por Flora Sáez

¿Sabía que la isquemia de corazón es la segunda causa de muerte entre las españolas? ¿Y que, tras un infarto, la mortalidad femenina es 30 veces más elevada? Probablemente no: hasta hace poco se pensaba que los problemas de corazón eran casi exclusivamente masculinos. Lo cierto es que unos y otras tienen una salud diferente y que la de ellas ha sido “invisible” para la Medicina durante mucho tiempo. Ahora se investiga cómo la carga y las condiciones de trabajo les afectan.

Nuria Orduña no guarda una buena opinión del que hasta ı999 fue su médico de cabecera. “¿Qué voy a pensar, si se rió de mí?”, argumenta. Al médico en cuestión le costaba admitir que detrás del cansancio permanente, la falta de concentración y el malestar generalizado pero poco definido de aquella mujer de 44 años, camarera de planta del Hotel Hilton de Barcelona, hubiera otra cosa que su propia cabeza. Pero la había: una combinación fatal de sustancias químicas destinadas a matar chinches.
“Habían desinsectado el hotel de mala manera, a lo bruto, con unos plazos de seguridad muy justos y, para colmo, era un edificio inteligente”. En un primer momento, cuatro camareras más –a la postre serían un total de ı7 casos– habían resultado afectadas.
“Al principio a todas nos pasó lo mismo: nos trataban de histéricas. Menos mal que a través de CCOO nos pusieron en contacto con la doctora Carme Valls, que había tratado poco antes a otras afectadas por un problema similar en el Hospital Vall d’ Hebron y ya conocía muy bien de qué se trataba. En un mes, ya tenía el diagnóstico”. Hoy Nuria –con una invalidez total por accidente laboral (hipersensibilidad a los agentes químicos) y todavía a la espera de juicio– es una de las integrantes más activas de la Asociación de Personas Afectadas por Productos Químicos y Radiaciones Ambientales (Adquira), una entidad que agrupa a algo más de 60 afectados, mujeres en su inmensa mayoría.
A Carme Valls, diputada en las Cortes catalanas por el Grupo Parlamentario Socialistas-Ciutadans pel Canvi y directora del Programa Mujer, Salud y Calidad de Vida del Centro de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS), la etiqueta de “histéricas” que alguno de sus colegas otorgó a estas pacientes no le cogió por sorpresa. “Ante la enfermedad, las mujeres han sido invisibles a la atención sanitaria, a los procedimientos diagnósticos e incluso a los tratamientos. Se tiende a considerar que sus enfermedades son menores, y se las suele reducir a causas psicológicas. Rara vez se piensa que detrás puede haber cuestiones biológicas o químicas. Es verdad que, en su caso, estos diagnósticos son más sutiles y difíciles. Pero eso ya se sabe”, asegura Valls.
Así es que, también en cuestiones de salud, hombres y mujeres son diferentes. A mediados de los 80, el investigador Lois M. Verbrugge, de la Universidad de Michigan (EEUU), fue uno de los primeros en demostrar que unos y otras padecen enfermedades diferentes y que, aunque ellas tienen mayor esperanza de vida, sufren sobre todo males crónicos y hacen mayor uso de los servicios sanitarios. En resumidas cuentas: tienen peor estado de salud. Y señalaba también que todo ello se debe tanto a su propia biología, como a riesgos adquiridos y aspectos psicosociales como el sedentarismo, el paro y el estrés físico y mental.
Biológicamente, nuestras diferencias están marcadas por las hormonas, la reproducción y una bioquímica distinta. Esta última sería precisamente la razón que explica por qué más del 90% de los integrantes de una asociación como Adquira son mujeres: ellas tienen una distribución de la grasa corporal que contribuye a que determinadas sustancias químicas se depositen sobre su tejido adiposo y resulten más difíciles de eliminar. Es decir, ellas tienen más riesgo químico. Por el contrario, y dado que el organismo masculino tiene tendencia a acumular colesterol malo, ellos tienen más riesgo cardiovascular. Según el INE, las cinco primeras causas de muerte entre los españoles son las enfermedades isquémicas del corazón, el cáncer de bronquios y pulmón, las enfermedades cerebrovasculares, los problemas crónicos de las vías respiratorias inferiores y las insuficiencias cardiacas, mientras que para las mujeres serían los males cerebrovasculares, las isquemias del corazón, la insuficiencia cardiaca, la demencia y la diabetes.
Pero la biología no basta para explicarlo todo. “Es verdad que hombres y mujeres somos diferentes por biología y por fisiología, pero además somos desiguales. Y somos desiguales, sobre todo, por el modo desigual en que está distribuido el trabajo en nuestra sociedad y el impacto tan importante que esto tiene en nosotros y en nuestra salud”, explica la doctora especialista en Salud Pública y Epidemiología Izabella Rohlfs, coordinadora del Grupo de investigación en Género y Salud de la Universidad de Girona.
Aunque es generalizado que las mujeres manifiesten tener peor estado de salud que los hombres en todas las edades, en la realidad presentan muchas diferencias entre sí. Diferencias que se fundamentan, sobre todo, en la carga del trabajo doméstico que soportan, en el tipo de trabajo remunerado que realizan y en la clase social a la que pertenecen. Así, las mujeres con trabajo remunerado tienen por lo general mejor salud que las que no lo tienen y, entre ellas, las menos saludables son aquellas cuyos empleos hacen más difícil conciliar la vida familiar y la laboral. La carga familiar también tiene mucho que decir en todo esto. Un estudio realizado en ı999 entre la población de Cataluña demostró que el riesgo de mal estado de salud en las trabajadoras con más de dos hijos era 2,35 veces superior al de las que vivían sólo con su pareja, mientras que para la salud de los hombres tal circunstancia resultaba indiferente.
Pero si hubo algo que llamó la atención de los investigadores fue constatar que, entre todas las mujeres, las amas de casa son las que tienen peor estado de salud. ¿Por qué, si ellas no cargan el pesado fardo de la doble jornada? “Porque la dimensión del apoyo social y del reconocimiento influye muchísimo en la salud”, explica Neus Moreno, responsable de Salud Laboral de CCOO de Cataluña y colaboradora del Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud (Istas).
Todos estos hallazgos no tienen más de tres lustros. Hasta los años 70, si exceptuamos el tema de la reproducción, es como si las mujeres no hubieran existido para la investigación médica. La Medicina ha prestado mucha más atención a las enfermedades mortales que a las crónicas –precisamente las que más sufren las mujeres– y su historia se ha elaborado a partir de los signos y síntomas que mostraban los hombres. Por ello muchas de las dolencias femeninas han acabado siendo etiquetadas como “indeterminadas”. Prácticamente hasta comienzos de los años 90 han sido exluidas de los ensayos clínicos (aún hoy sólo están presentes en algo menos de un 25% de las investigaciones), por lo que se desconoce el efecto que muchos medicamentos tienen en ellas.
Las enfermedades cardiovasculares son uno de los ejemplos más ilustrativos: hace sólo ı5 años se consideraba que las mujeres no podían sufrirlas, que sus hormonas y su genética las protegía de la posibilidad de que sus arterias coronarias enfermasen. Hoy se sabe, sin embargo, que la realidad es completamente distinta: como ya hemos visto en el caso de España, la segunda causa de mortalidad entre las mujeres –la isquemia de corazón– es de origen cardiovascular. Más aún: se ha comprobado que, después de un infarto, la mortalidad femenina es 30 veces más elevada que la masculina. ¿Cómo ha sido posible que la ciencia cometa semejante metedura de pata? No es difícil de explicar. Porque esa creencia estaba basada en suposiciones y no en datos científicos. Y porque en ninguno de los ensayos clínicos que se habían realizado hasta entonces había participado ninguna mujer. Ninguna.
La doctora Izabella Rohlfs, adscrita al servicio de cardiología del hospital Josep Trueta de Girona, explica otras razones: “La idea que se tiene del infarto es la del cuadro típico masculino, el dolor agudo en pecho que se extiende al brazo… Aunque las mujeres también pueden presentar esos síntomas, en ellas el infarto cursa más como una fuerte sensación de opresión en el pecho, casi de angustia, con mareo, sudoración, malestar general… en fin, como un ahogo mal definido. Y el problema es que eso, ni las propias mujeres todavía hoy, ni los médicos hace unos pocos años lo identificaban como un infarto. ¿Qué ocurre entonces? Que llegan tarde al hospital, y la medicación ya no es tan efectiva”.

[i]nota mia: comentado con victor me ha confirmado que todo esto es cierto. que se pensaba ademas que al tener la protección de los estrogenos, los medicamentos no iban a funcionar igual (suposiciones) y por eso no se metian mujeres en los ensayos clinicos. tambien me ha confirmado que algunos cardiologos tuvieron que poner en su consulta un cartel: “las mujeres, amas de casa y deprimidas tambien tienen infartos de miocardio”.

La peripecia vivida en este sentido por Paula Upshaw, una terapeuta de afecciones respiratorias en Laurel (Marylane, Estados Unidos) ocupó un espacio en las páginas de The New York Times Magazine: “Cuando en ı99ı Paula sufrió un ataque al corazón, como profesional de la salud tenía muchos más conocimientos sobre sus síntomas, que eran los denominados clásicos de un ataque al corazón: un dolor torácico, hormigueo en el brazo izquierdo, sudación y nauseas. Paula dijo: “Nunca consideraron que fuera el corazón, siempre estuvieron seguros de que era mi estómago. Gracias a mi insistencia, me hicieron tres electrocardiogramas. Pero los médicos de urgencias dijeron que los síntomas eran los normales en los problemas de estómago”. La enviaron a casa con antiácidos y medicación antiulcerosa. Su problema cardiaco no fue diagnosticado hasta que hizo una tercera visita a urgencias y se negó a volver a casa. Aunque fue admitida en el hospital, nadie pensó en el corazón. Al día siguiente, un cardiólogo del fin de semana estuvo analizando electrocardiogramas, entre ellos el de Paula. Sin hacer caso del sexo que venía consignado, preguntó: ‘¿Quién es el paciente de 36 años con un ataque de corazón masivo?’”.
Este marcado sesgo de género que todavía hoy tiene la Medicina no sólo afecta al músculo cardiaco. Explicaría también por qué a las mujeres se les prescribe con mayor frecuencia psicofármaccos sin que exista un diagnóstico previo que así lo indique o por qué en el mundo del trabajo la cultura de la prevención se ha centrado casi exclusivamente en las condiciones de seguridad –que son las que provocan accidentes, mucho más frecuentes entre los varones–, descuidando casi por completo otras condiciones como la ergonomía o la organización del trabajo, que son las que más afectan a las trabajadoras.
¿Supondrá la progresiva equiparación de hábitos entre hombres y mujeres (tabaco, alcohol y sedentarismo) mayor igualdad entre sus enfermedades? Es posible que sea así en algunos casos. El de pulmón, que ha quintuplicado el número de casos, es el tipo de cáncer que más ha crecido entre las mujeres en Europa. “Yo no creo que se estén igualando los problemas de salud, sino que está cambiando el perfil de las enfermedades que sufren las mujeres. Siempre ha habido la creencia de que los hábitos eran los determinantes, pero lo cierto es que en la pérdida de la salud hay factores mucho más influyentes como las condiciones de trabajo, la clase social y el género. Y en esto, las cosas no han cambiado tanto”, sentencia Neus Moreno.
Que no piensen los hombres que son ajenos al sesgo de género. Es probable que si alguno de ellos acude a la consulta con cansancio, dolor en las piernas y desgana general su médico no caiga en la cuenta de que puede estar deprimido. Al fin y al cabo, la depresión es una enfermedad femenina.

Otras dolencias

ESTRÉs. Según las estadísticas de la Unión Europea, entre el total de trabajadores que manifiestan padecer problemas de salud relacionados con el trabajo o con las condiciones en las que éste se realiza, un 17% de hombres y un 20% de mujeres hablan del estrés, de la depresión o de la ansiedad como principal problema. Cada vez se conoce más sobre los efectos de la doble jornada laboral y doméstica. Las mujeres con una posición baja en las escalas de ocupación, y que están más a merced de ritmos que escapan a su control tanto en el trabajo doméstico como en el asalariado corren mayor riesgo de sufrir ansiedad. Una dolencia frecuente, la contractura del músculo trapecio (entre cuello y hombro), está relacionada con el estrés físico y mental.

PULMONARES. El cáncer de bronquios y pulmón es la segunda causa de muerte entre los hombres españoles, con 16.234 fallecimientos en 2001, según el INE. Las agrupadas bajo la etiqueta de enfermedades crónicas de las vías respiratorias inferiores, con 11.293 defunciones, fueron la cuarta. Estas mismas dolencias ocupan, sin embargo, los últimos puestos en la escala de la mortalidad femenina: el cáncer pulmonar costó la vida a 1.956 mujeres en 2000. Los diferentes índices de tabaquismo explican esta diferencia, pero la progresiva modificación de los hábitos de consumo está introduciendo algunos cambios significativos: el de pulmón, que ha quintuplicado el número de casos en los últimos años, es el tipo de cáncer que más ha crecido entre las europeas.

CARDIOVASCULARES. Son las que, en conjunto, dan lugar a más defunciones en España: un 34,5% del total. Entre las patologías cardiovasculares más frecuentes, las enfermedades isquémicas del corazón (infarto agudo de miocardio, angina de pecho, etcétera) son la primera causa de muerte entre los hombres (22.186 fallecimientos en 2001) y la segunda entre las mujeres (16.602). Sin embargo, las insuficiencias cardiacas resultan mucho más mortales entre ellas que entre ellos, con una diferencia de más del doble de defunciones: 12.519 frente a 6.052. Hasta hace tres lustros se pensaba que las mujeres no sufrían, en general, este tipo de enfermedades porque las hormonas protegían a sus arterias coronarias.

DEPRESIÓN. Ser hombre o mujer supone distinto riesgo frente a esta enfermedad. En un ratio de 2:1, ellas tienen más probabilidades de sufrirla. Sin embargo, y aunque se considera una de las principales causas de discapacidad femenina, “su etiología no está claramente comprendida”, afirma la doctora Carme Valls. En estudios realizados entre la población anciana española, se han encontrado síntomas de depresión mayor en el 19,6% de los varones y en el 46% de las mujeres. Pero, según los investigadores, “los factores de riesgo estudiados no justifican esta diferencia de prevalencia”. Por ello, cada vez más se apunta la necesidad de estudiar el efecto conjunto de las características biológicas y las experiencias vividas por razón de género.

MUSCULOESQUELÉTICAS… Como refleja Carme Valls en su estudio sobre morbilidad diferencial entre hombres y mujeres, el dolor en todas sus manifestaciones articulares y musculoesqueléticas es la principal causa de limitación crónica de la actividad en España y la primera causa de discapacidad física a largo plazo. El dolor crónico es más prevalente entre el sexo femenino. En estudios desarrollados en Cataluña, un 28,2% de las mujeres dice tener dolor crónico frente a un 17,5% de la población masculina. En la encuesta realizada por la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y de Trabajo en la UE, las mujeres también se mostraban más afectadas por la carga osteomuscular.

…Y LABORALES. Los hombres tienen más riesgo de ser víctimas de accidentes en el trabajo. En 1998, una media de 5.300 varones por cada 100.000 empleados los sufrieron, mientras que la media entre las mujeres fue de 1.900. Sin embargo, ellas tienen más probabilidad (1,5 veces más) de padecer enfermedades o problemas de salud relacionados con el trabajo. Los problemas musculoesqueléticos son los más frecuentes para ambos sexos (más de un 50% del total de víctimas), aunque suelen afectar a distintas zonas corporales: zona baja de la espalda, zona lumbar en los hombres; cuello, zona dorsal y miembros superiores, en las mujeres. Ellas resultan más afectadas, también, por la utilización de sustancias químicas.

Puedes comentarlo aquí

http://www.entrecomadres.org/phpBB2/viewtopic.php?t=7996&sid=140e393c467d90e4c794ea8d68aade35

Potenciar la conciliación

Poc nos propuso este debate, a partir de un documento llamado “los diez no de la mujer trabajadora”

 

Existe una Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles que en el año 2009 presentó un Decálogo con los diez NO aconsejables que las mujeres deben decir para que puedan conciliar mejor la vida laboral, personal y familiar.
El presidente de la Comisión reivindica que “Es hora de que la mujer se plante y diga ¡basta! La mujer hoy en día es la principal perjudicada, junto a los niños, por los actuales usos horarios españoles, y para que esto cambie la sociedad debe mentalizarse de que hombres y mujeres deben ser iguales en todos los ámbitos”.

http://www.entrecomadres.org/phpBB2/viewtopic.php?t=8344

Autoestima y relaciones

AUTORA: ESTIBALIZ VEGA

ARTICULO ORIGINAL EN: http://www.adorepsicoterapia.net/

 

Autoestima: Definición y Formación:

La autoestima es una palabra que, procedente del campo de la psicología, en poco tiempo se ha vuelto muy popular y ha llegado a formar parte de nuestro lenguaje cotidiano, con lo que todos tenemos al menos una idea intuitiva de su significado. La autoestima es el amor que yo siento por mí mismo, lo que yo me estimo.
La autoestima es uno de los temas que junto a otros como la responsabilidad, las drogas, la sexualidad,… preocupa a padres y educadores una vez llegada la adolescencia. Sin embargo, el establecimiento de la autoestima se da mucho antes, en el periodo de formación de nuestro carácter, que va desde el embarazo hasta aproximadamente nuestros 6-7 primeros años de vida, y depende de la satisfacción de las necesidades primarias. Las necesidades primarias hacen referencia al alimento, el descanso, la satisfacción sexual y a una vivencia de seguridad afectiva que brinda el afecto, la atención al llanto, el contacto corporal,…
Cuando las necesidades primarias no se cubren adecuadamente el niño vivencia al mundo que le rodea como un lugar hostil, las relaciones con los demás como algo frustrante y negativo, y a sí mismo como poco merecedor de atenciones, sentando las bases de una baja autoestima (niños duros: desde fuera parecen sufrir menos, pero lo han logrado a costa de endurecerse a consecuencia de la resignación). Sin embargo, cuando estas condiciones se cumplen, el niño percibe al medio externo como un lugar bueno, agradable, positivo, se da cuenta de que relacionarse con los demás es algo que merece la pena, y se siente a sí mismo como digno de dichos cuidados, lo que permite sentar un base sólida de cara al adulto que mañana será (niños fuertes: no han perdido su sensibilidad natural, pero disponen de otras capacidades apoyadas en la seguridad en sí mismos, que les ayudan a afrontar las dificultades que puedan presentárseles).

Autoestima y Amor:

De esta manera vamos conformando una forma de comportarnos con nosotros mismos y con los demás, de amarnos y de amar. Si yo me aprecio y me cuido, apreciar y cuidar a los demás será algo natural. Si soy exigente conmigo mismo, lo seré también con las personas de mi entorno. No puedo dar a los demás lo que no me doy a mí mismo, porque no puedo dar lo que no tengo. Y estas tendencias aprendidas en el inicio de nuestra existencia, y que forman parte de nuestro carácter (forma estereotipada de actuar, pensar y sentir con la que nos identificamos, y a la que han quedado reducidas todas nuestras potencialidades innatas iniciales), se ven de una manera mas evidente en nuestros vínculos privilegiados: en la relación de pareja y en la relación con nuestros hij@s. A través de estos vínculos tendemos a repetir nuestra historia familiar, es decir, hacemos con nuestros hij@s y nuestras parejas lo que de pequeños hicieron con nosotros. Pero también tenemos la gran oportunidad de utilizar estas relaciones para sanarnos, y en el caso de las relaciones madre/padres-hij@s, podemos además romper de esta manera la cadena intergeneracional de transmisión de pautas familiares (esquemas rígidos de cómo creo que han de ser las cosas que condicionan mi forma de comportarme y el modo en que interpreto las respuestas de los demás). Nuestras vivencias tempranas nos condicionan en gran manera, pero no nos determinan totalmente. Es decir, el cambio es posible.

Hay una serie de pensamientos negativos, diferentes para cada persona, acerca de las mujeres (“todas son unas chismosas”, “sólo quieren atrapar a un hombre”, …), los hombres (”todos son iguales”, “sólo piensan en ellos mismos”, …), las relaciones de pareja (“el matrimonio mata el amor”, “para que una relación de pareja funcione hay que aguantar mucho”, …), e incluso acerca de uno mismo (“no soy digno de amor”, …) que condicionan mis expectativas, y por lo tanto mis actitudes y comportamientos. Estos pensamientos negativos fueron introducidos en la infancia a través de comentarios, actitudes y comportamientos de personas de nuestro entorno (principalmente transmitidos inconscientemente por nuestros padres y madres, ya que ellos también vivieron conforme a ellos, porque también a su vez recibieron en su infancia esos mismos mensajes).

Autoestima y Relación de pareja:

Cuando una relación de pareja comienza, cada uno ve al otro totalmente idealizado, no le ve defectos. Además esa imagen idealizada suele estar muy condicionada por las expectativas propias (es muy fácil que vea en esa persona lo que estoy buscando, y no atienda a lo demás, es decir, veo lo que quiero ver). La naturaleza contribuye en mucho a ello: hay un pico hormonal (adrenalina, oxitocina, endorfinas, …) que hace que nuestra forma de pensar, sentir y actuar esté alterada. La duración de este periodo es variable, pero no suele llegar más allá de los tres meses. Mientras dura apenas podemos pensar en otra cosa que en la persona amada, todo lo demás pasa a un segundo plano, vemos el mundo mas bello, … En esos momentos damos lo mejor de nosotros mismos (cuidamos lo que decimos, la ropa que llevamos puesta, tenemos detalles, …) y vemos lo mejor de la otra persona. Es una etapa maravillosa, pero tiene un fin. Y es una suerte que lo tenga, porque sería muy difícil mantenerse así toda la vida “en babia”, tendríamos muchos mas accidentes o acabaríamos enfermando porque es una situación que requiere de muchísima energía. Desgraciadamente la idea del AMOR que nos venden, suele identificarse exclusivamente con esta etapa, y este falso mito hace que no se valoren otras etapas de la relación de pareja que pueden llevarnos a un mayor crecimiento personal (porque a partir de aquí hay que “currárselo” mas).
Pasada esta primera fase de “borrachera emocional”, uno comienza a ver por primera vez a la otra persona tal cual es, con sus defectos, sus momentos no tan buenos, … y puede aparecer un pequeño o gran desencanto. A veces la necesidad de una pareja (por el miedo a estar solo) y las expectativas ocupaban tanto espacio, que uno se decepciona enormemente. En cualquier caso, y de una forma bastante general, es aquí cuando empezamos a ver en la otra persona cosas que no nos gustan, y además intentamos cambiarlas. Vemos muchas veces no lo que es, sino en lo que se podría convertir. No le aceptamos tal cual es y esperamos llegar a cambiarlo.

La pareja es en realidad el espejo en que me miro, y donde veo de una manera evidente lo que me niego a ver en mí mismo. Su presencia supone la oportunidad de aumentar nuestro grado de conciencia, y por lo tanto de seguir creciendo y madurando. Aunque desgraciadamente en muchas ocasiones no ocurre así. En cada conflicto creemos ver con claridad la parte de responsabilidad de nuestra pareja, y le culpabilizamos de nuestro malestar. Pero … qué fácil es señalar con el dedo!!
Olvidamos frecuentemente que en cada conflicto de pareja una parte es mía. Olvidamos frecuentemente que cualquier tipo de relación de pareja la establecen ambos. Recuerda que introdujiste a tu pareja en tu vida. Es mas, una vez establecida una situación o relación, yo y sólo yo decido si permanezco o no en ella.

Ocurre que el amor saca fuera todo lo que no es amor, es decir, hace limpieza general y aparecen todos nuestros miedos, nuestras pautas, emociones reprimidas, pensamientos negativos, … (como cuando hacemos una dieta de limpieza y comienzan a aparecer un montón de síntomas físicos).
Como ya hemos dicho, existe una tendencia a repetir los patrones familiares. Esto quiere decir que en la familia que creo tiendo a repetir las formas de relación de mi familia de origen, y que al mismo tiempo me relaciono con mi pareja de una forma sospechosamente familiar a la que me relacionaba con uno de mis progenitores. Todo esto puede verse muy claramente en casos de maltrato (mujeres maltratadas en su infancia acaban casándose con maltratadores, hij@s de alcohólicos eligen como parejas a adictos al alcohol u otras sustancias, …). Personas que han cambiado de pareja en diversas ocasiones se sorprenden muchas veces al darse cuenta de que las diferentes relaciones establecidas habían muchos puntos en común (el tipo de conflictos, cómo se sentían en la relación, …). En otras muchas ocasiones ni siquiera aparece este tipo de conciencia, pero se quejan de su mala suerte por haber topado siempre con un mismo tipo de persona, y de que “todos los hombres (o mujeres) son iguales. Lo cierto es que si una y otra vez me encuentro en la misma situación es hora de pensar que algo tendrá que ver conmigo. Y si nos encontramos una vez mas en el mismo lugar es porque algo tenemos que aprender de esa situación para poder superarla; y si no aprendo de ella, si no adquiero la comprensión y desarrollo la capacidad necesaria para resolverla, me la seguiré encontrando una y otra vez, con la misma persona, o con otras.

Cuando uno logra aumentar su autoestima cambiar una pauta es mucho mas sencillo. Alguien se atasca cuando siente que no se merece nada mejor que lo conocido (el trato al que se acostumbró cuando era un niñ@ o un bebé), y si se encuentra con alguien que supera sus expectativas (que no corrobora sus pensamientos negativos) intentará inconscientemente boicotear la relación para confirmarlas, o saldrá corriendo.
“Si te amas a ti mismo, automáticamente les das a los demás la oportunidad de que te quieran. Si te odias, no permites que los demás te quieran. Si tienes poco amor propio y una persona te quiere y te acepta, la rechazas (“es demasiado bueno para mí”), intentas que cambie o piensas que miente.” (SONDRA RAY; Relaciones con amor.)

Todos arrastramos carencias, todos llevamos un niño o niña “herid@” en nuestro interior, al que le faltó quizás cariño, quizás atención, contacto físico, … y buscamos frecuentemente a alguien que llene mis huecos. Esto es muy evidente con la pareja, a quien suelo responsabilizarle de ello (muchas veces ni siquiera pido, sino que exijo o doy por hecho que él o ella ha de hacer algo al respecto). Por supuesto que todo niñ@ necesita de un adulto que se ocupe de él, pero si quiero tomar las riendas de mi vida, sólo yo puedo de ocuparme de mi bebé. Yo he de ser consciente de mis necesidades y he de responsabilizarme de que queden cubiertas, de mi bienestar. Sólo de esta manera puedo dejar de sentirme una víctima.

La relación de pareja puede ser un hermoso lugar de crecimiento y disfrute si nos lo proponemos y nos esforzamos para ello. Para que una pareja funcione hay que “currárselo” y el trabajo pasa por reasumir lo que ponemos en el otro (por ejemplo, estando muy atento en cuando se producen los conflictos: recuerda que nunca nos enfadamos por la razón que creemos y piensa “realmente, ¿por qué me molesta esto tanto?”), por disculparnos cuando nos damos cuenta de que hemos cometido un error y por agradecer a mi compañer@ todo lo que aprendo a su lado (porque hasta sus comportamientos desafortunados me colocan justamente en la situación que necesito para aprender). El objetivo principal debiera ser estar en paz, y para ello hemos de abandonar la pretensión de tener la razón (todo el mundo la tiene, cada está en posesión de una parte de la verdad).

Autoestima y Maternidad/Paternidad:

En cuanto a la relación con nuestr@s hij@s, muchas de las cosas ya dichas pueden aplicarse aquí. Os recomiendo que os toméis un tiempo para pensar: ¿Cuál es mi idea mas negativa acerca de la maternidad/paternidad?, ¿Cuál es la idea mas negativa que tengo acerca de los hijos?.
Está claro que si parto de la idea de que “cría cuervos y te sacarán los ojos”, o de que la maternidad es una carga, es mas difícil que pueda disfrutar realmente de la relación con mis hij@s.

Por otro lado, como dice SONDRA RAY, “los niños siempre representan tus factores negativos para que puedas verlos con mayor claridad”. Así que si tu hij@ está triste, asustado, rabioso o enfermo, trata de darte cuenta de cómo estás tú.

Si tu hij@ grita, tiene una pataleta o comienza a comportarse “mal” (pega, rompe cosas, …), no le grites, no le castigues, respira y trata de darte cuenta qué te ocurre a ti mism@, cómo te sientes y de qué manera has contribuido a su comportamiento (es muy probable que esté desahogando algo que te pasa a tí, l@s niñ@s son como esponjas), y haz algo para cambiar la situación (dale amor, “quiéreme mas cuando menos lo merezca, que será cuando mas lo necesite”).

Además en la manera en que nos comportamos con ellos, ellos se comportarán con los demás. Ellos aprenden mas de lo que ven que de lo que oyen. No son necesarios discursos sobre moralidad y respeto a los demás si nuestra actitud con ellos es congruente a dichos principios. Escúchales si quieren que aprendan a escuchar, ten en cuenta su criterio si quieres que tengan en cuenta el tuyo y el de los demás, discúlpate si has metido la pata si quieres que aprendan a hacerlo, diles siempre la verdad y no mentirán, demuéstrales tu amor y aprenderán a amar, … Cuando un niñ@ es respetado aprende a respetar a los demás, y también a la Naturaleza (no es casualidad que en nuestro entorno se maltrate tanto a nuestro entorno natural).

Os invito también a preguntaros: ¿Qué le pido a mi hij@?, ¿qué quiero o espero que mi hij@ me de? . Muchas veces hay una inversión de papeles y el hij@ acaba ocupándose de su madre o su padre, cogiendo una responsabilidad que no le corresponde. Nosotros hemos decidido traer a nuestros hij@s y somos los que hemos de dar, a ellos les corresponde tan sólo recibir. Un hij@ no puede ser jamás desagradecid@ porque no nos debe nada, nosotros hemos dado y es un regalo que halla podido recibir. Si espero algo a cambio de lo que doy, no estoy dando, estoy invirtiendo. Nuestr@s hij@s no son nuestros, han venido a través de nosotr@s y somos l@s responsables de su bienestar.

Para concluir os diré que podemos quejarnos y sentirnos víctimas en nuestras relaciones, o tomar las riendas de nuestra vida y mirarnos en el espejo que nos proporcionan nuestros hijos y nuestra pareja para aprender y crecer con el objetivo de vivir en paz.

Bibliografía

- Osho; Hombre y mujer, Ed. Edaf
- Daphne Rose Kingma; La química de las relaciones amorosas, Ed. Urano
- Sondra Ray; Relaciones con amor, Ed. Neo Person
- Sondra Ray; Yo merezco amor, Ed. Neo Person
- John Gray; Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus
- Jonh Gray; Marte y Venus comienzan de nuevo
- Robin Norwood; Las mujeres que aman demasiado

Inteligencia social.

Este documento es parte del libro “INTELIGENCIA MATERNAL”, de la autora Katherine Ellison, editado en España por Imago mundi. En el nos habla de la capacidad que tenemos las mujeres de conectar unas con otras a traves de la maternidad.

 

QUIMICA SOCIAL

 

Al margen de cuidar de los demás, otra de las características que más llaman la atención en lo que Daniel Stern profesora de psicología de Ginebra, ha bautizado como «actitud maternal», es el deseo de estar en contacto con otras madres expertas que puedan aportar apoyo práctico y psicológico. Tu vida social se transforma de la noche a mañana. De pronto, tu madre o tu suegra te parecen mucho más interesantes, no sólo por lo que te pueden enseñar ( es su punto débil? ¿Debe dormir bocabajo o boca arriba? ¿No debería haber empezado a hablar ya?) si no por lo bien que comprenden por lo que estás pasando. También notarás un fuerte vínculo con otras madres; pero los hombres, y eso incluye a tu marido, ya no son tan cautivadores. Como dijo un viejo amigo de mi marido: «nos mandan a pastar!».

En un estudio que Stern llevó a cabo en Boston, preguntó a madres primerizas qué contacto tuvieron con otras madres a partir del nacimiento de sus hijos y le sorprendió la «enorme» frecuencia con la que las madres primerizas hablaban con madres con experiencia cada día. «En promedio, cada madre tenía más de diez contactos que iban desde visitas hasta llamadas telefónicas, lo que implica, aproximadamente, uno por hora», escribe.

Eleanor Bigelow, una mujer que a los cuarenta y pico tenía dos hijos de menos de tres años, descubrió su propio círculo de madres cuando dejó su estresante puesto de vicepresidenta de una empresa de corretaje líder en su sector en la ciudad de San Francisco, trabajo que había desempeñado durante años. Estaba acostumbrada a relacionarse con hombres todo el día, y disfrutaba de la camaradería masculina. Sin embargo, ahora, su vida social tiene que ver con otras madres con las que queda, en su casa o en la de ellas, para que los niños jueguen mientras ellas charlan. «Poder hablar con otra madre que entiende mi situación hace que me sienta menos rara y menos sola», comenta. «Nuestras conversaciones giran sobre asuntos familiares, sobre la educación de los niños, la religión, la escuela, etc…, es decir, la clase de temas de los que no hablan las mujeres que no son madres, de ahí que haya buscado nuevas amistades más orientadas a la familia y al cuidado de los demás. Siento que vamos en el mismo barco y que nos ayudamos la una a la otra. Los grupos de madres dan fuerza y apoyo.»

¿Dan fuerza? Es posible que, salvo en la niñez o en una vejez con mala salud, no haya otro momento en la vida de una mujer en la que ésta dependa tanto de otras personas; y como afirma la escritora Fay Weldon «admitir la debilidad es la base de una buena amistad.»

Admitir la debilidad es tabú en la mayoría de los en- tornos laborales, sin embargo, es una canción que se repite dolorosamente en las madres que se exigen demasiado a sí mismas. Poder hablar de lo mucho que hay en juego, de lo exigentes que somos con nosotras mismas y de la frecuencia con la que fracasamos en el empeño crea fuertes vínculos entre nosotras. Simplemente, no me cabe en la cabeza que exista ningún hombre o ninguna mujer soltera que tengan una relación de amistad tan profunda y estrecha como la que me une a Elizabeth Share, una madre trabajadora que vive a cuatro manzanas de mi casa con sus dos hijos y a la que casi nunca veo. Sin embargo, nos escribimos correos electrónicos con frecuencia y, en contadas ocasiones, logramos la proeza de hablar por teléfono. A continuación, describiré una escena típica: yo estoy preparando la cena, mi marido aún está en la oficina, uno de mis hijos está en la bañera y el otro delante de su ordenador. El mío estará encendido porque, en un alarde hilarante, no he perdido la esperanza de poder trabajar un poco minutos más tarde, cuando los niños estén ocupados. Aproximadamente cada dos minutos, alguno de los niños grita algo como «;Mamá, tráeme una toalla!», « quiero zumo!», «Mamá, se me ha caído…!», ¡Mamá, ya me acabé el zumo!», «;Mamá!», «;Mamá!», «Mamá!», « Entonces, llamo a Elizabeth y mientras hablamos, oigo de fondo los gritos de sus dos hijos.

—;Ahora no puedo hablar! —gritó.

—;Yo tampoco! —me contesta también gritando.

Deja pasar diez minutos y me llama. Repetimos la misma escena. Es como si nos estuviésemos ahogando y viésemos que la otra también está agitando las manos en el agua. Sin embargo, de algún modo, la experiencia nos consuela y volvemos a nuestros respectivos desafíos (ella, al igual que yo, tiene el ordenador encendido con la misma risible esperanza) con algo más de fuerza. Y durante el resto de la tarde-noche, ninguna de las dos se siente ya aislada.

Los círculos o grupos femeninos ayudan a las mujeres a volverse más inteligentes y eficaces en su tarea de madres. Cuando los niños empiezan en el colegio, un reguero de útiles chismorreos sobre los profesores, niños que acosan a otros en el patio y sobre quién se va a apuntar a qué equipo corren como la pólvora. Pero lo mejor de los contactos no son los chismorreos sino los favores y los consejos que te sacan de un apuro e, incluso, la ayuda en momentos críticos. Entre nuestros compañeros los primates, la labor de grupo marca la diferencia: en 2003, se publicaron los resultados de un estudio en el que los investiga dores, tras dieciséis años observando a babuinos en libertad, concluían que el grado de sociabilidad de las hembras adultas tenía una influencia directa sobre las posibilidades de supervivencia de sus crías. Cuanto más sociable era la babuina, dicho de otro modo, cuanto más tiempo pasaba con otras hembras enfrascada en labores comunes, por ejemplo, el sacarse ramitas del pelo las unas a las otras, mayores eran las probabilidades de que su hijo superase el primer año de vida, que es el más duro. «Los animales sociables tienen buenas razones para serlo», apunta Susan Alberts, bióloga de la Duke University que participó en esa investigación.

Los científicos piensan que la red de contactos de la:madre creaba un entorno positivo para las crías y las protegía de posibles depredadores. En el caso de las madres humanas, parece que la conciencia de que contar con un círculo de amigas puede marcar una gran diferencia está grabada en nuestros huesos, lo que explicaría por qué tantos estudios destacan la tendencia de las mujeres a buscar ayuda en situaciones estresantes y a considerar el hecho de dar a luz como «una de las principales diferencias de género».

Y esas diferencias, como el hecho de atender en situaciones de estrés, encajan con una división del trabajo que se ha perpetuado a lo largo de casi toda la historia de la humanidad. Mientras los hombres salen a cazar mastodontes, las mujeres cooperan estrechamente y cuidan de sus hijos y de los de otras, como ocurre aún en nuestros días, para que las otras madres puedan vigilar que no exista peligro, recoger bayas o simplemente sentarse y respirar hondo varias veces para recuperar fuerzas.

En la medida en que ese comportamiento se convirtió en una forma de vida, es de suponer que el cerebro evolucionase para reforzarlo, creando una serie de cambios a nivel químico que impulsan a las mujeres a establecer amistades estrechas entre sí. Gracias a los escáneres cerebrales de Jeffrey Lorberbaum sabemos que las madres, contrariamente a lo que les ocurre a los padres, activan su centro de recompensa cuando oyen llorar a su bebé, algo que refuerza su actitud de cuidadora. Con la amistad entre mujeres ocurre algo parecido, según se afirma en un curioso estudio, aún por publicar, que se presentó en el congreso anual de la Sociedad de medicina de la conducta en 1999. En ese estudio, LarryJamrier, psicólogo de la Universidad de California en Irving, y sus colegas dieron a un grupo de 24 mujeres y 20 hombres pastillas con naltrexona, un producto químico que limita, durante al me nos veinticuatro horas, el nivel de opioides placenteros en sangre. Todos los participantes en el estudio escribieron diarios cuya lectura reveló las espectaculares diferenciasde reacción entre hombres y mujeres. El comportamiento de los hombres era, en esencia, el mismo, mientras que las mujeres redujeron su contacto con otras personas, no llamaban por teléfono a amigos ni pasaban tiempo con ellos y afirmaban no sentir tanto placer al estar con otras personas. Así mismo, mientras las mujeres dijeron sentir- se menos alerta, los hombres no comentaron nada sobre ese particular.

Al saber que, en los animales, ese comportamiento social liberaba opioides endógenos que era de suponer tendrían como fin vincular el contacto social con una sensación de recompensa, Jamner se interesó aún más por el asunto. Su investigación plantea la cuestión de si para las mujeres las relaciones sociales son una cuestión innata mucho más gratificante que para los hombres.

Hasta la fecha, no disponemos más que de pequeños atisbos de comprensión de lo que suponemos podría ser el trasfondo neuroquímico de los vínculos afectivos entre mujeres. La cuestión no ha despertado el suficiente inte rés de los investigadores. Pero Barry Keverne, profesor de neurociencia conductista en la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, un experto que ha investigado en profundidad la bioquímica del instinto maternal de ovejas y monas así como sus vínculos sociales, escribe: «La biología es increíblemente conservadora. Si un mecanismo potencia el vínculo entre madre e hijo, lo más probable es que aparezca en muchos casos».

CONFÍA EN TU OXITOCINA

Interviene la oxitocina en las amistades entre mujeres? En el momento de escribir este ensayo, no existe prueba clara de ello. Sin embargo, a medida que investigadores de distintas disciplinas empiezan a prestar más atención a esta hormona, surgen teorías y descubrimientos circunstanciales fascinantes. Algunos investigadoresbarajan la hipótesis de que la carencia de oxitocina en el cerebro podría ser uno de los factores que intervienen en el autismo, una enfermedad genética que imposibilita las relaciones estrechas con otras personas. Y en un excelente experimento realizado en 2003 se comprobó que en adultos sanos se da una estrecha correlación entre los niveles de oxitocina en sangre, las relaciones sociales y la confianza.

En ese estudio, Paul Zak y sus colaboradores reclutaron a un grupo de voluntarios que no se conocían entre sí, les pagaron 10 dólares por acudir y le asignaron a cada uno una pareja. Cada pareja participaba en un juego de ordenador en el que uno de ellos tenía la posibilidad de enviar dinero a su compañero y podía elegir si no enviaba nada, si enviaba un poco o si lo enviaba todo. Les dijeron que hiciesen lo que hiciesen, la persona recibiría el triple, es decir que si envíaban 10 dólares, la pareja recibiría 30. El compañero podía entonces decidir qué hacía con esos 30 dólares, si quería enviar una parte podía hacerlo pero no estaba obligado a ello. Así, la primera persona tenía la oportunidad de enviar una señal de confianza en la relación temporal que acababa de entablar y la segunda podía hacer honor a esa confianza o no.

Zak y sus colaboradores tomaron muestras de sangre de los voluntarios cuando éstos ya habían tomado una decisión para medir su nivel de oxitocina en ese momento. Descubrieron que los jugadores que recibieron una mayor cantidad de dinero, una prueba de confianza, tenían mayores niveles de oxitocina en sangre y se mostraban, a su vez, más dignos de esa confianza porque compartían el dinero con sus compañeros de juego. Zak comenta que le sorprendió mucho lo fuerte que era la respuesta hormonal, sobre todo en un entorno estéril como es un laboratorio de pruebas en que los jugadores sólo se tratan a través del ordenador. «El efecto de la oxitocina en las relaciones cara a cara ha de ser muy intenso», apunta.

Zak llama a este vanguardista enfoque «neuroeconomía», que vendría a ser una disciplina que se centra en la función de los procesos neuronales en la toma de decisiones financieras. Cree que la mayor o menor calidad de vida de los habitantes de un país se puede medir en términos de confianza y de niveles de oxitocina. Opina que los líderes mundiales deben esforzarse por mejorar los niveles de oxitocina estimulando y apoyando la lactancia materna, siendo personas de fiar ellos mismos e invirtiendo más en causas nobles como la educación o la lucha contra la contaminación. «Por lo general, los países con mayor confianza son los que obtienen mejores resultados en sus mercados bursátiles», afirma Zak.

Vistas así las cosas, combinar confianza, relaciones sociales y oxitocina parece una idea inteligente. Pero yo tengo un ejemplo convincente y mucho más cercano. En 1961, mis padres se mudaron de Minniapolis a California con sus cuatro hijos. La decisión de dejar la ciudad en la que mi familia había echado raíces durante generaciones fue de mi padre, pero el trabajo de integrarnos en un nuevo entorno fue cosa de mi madre. Según me contó más tarde, se propuso que sus dos hijos varones, que tenían siete y nueve años, no celebrarían su bar mitzvah en una sinagoga vacía. Así que se puso manos a la obra: se unió a la hermandad de mujeres de la sinagoga, recaudó fondos, llevó a quien lo necesitó en su coche horneó deliciosos postres que regaló a otras mujeres. Y así, enseguida, consiguió un amplio círculo de amigas que, en su mayoría, tenían hijos de la edad de los suyos. Y además de conseguir que los bar mitzvah fuesen un éxito de asistencia, en la actualidad, cuando sus hijos ya tienen cuarenta y cincuenta años, sigue viendo y disfrutando de aquellas amigas que, en su día, buscó para ayudar a sus hijos mientras que nosotros, los niños en cuestión, hemos olvidado hace tiempo a nuestros compañeros de juegos de la época. Cada vez que veo que las mujeres viven un promedio de siete años más que los hombres, pienso en mi madre, en cómo disfrutaba indirectamente preparando comidas que engordan, en su religiosidad y, sobre todo, en su don de gentes.

¿Es posible que el hecho de que mi madre contase con buenas amigas la hiciese una mujer más tranquila y sabia? ¿O tiene razón Uvnas-Moberg al suponer que el hecho de tener cuatro hijos cambió su cerebro desde el punto de vista neuroquímico y la protegió contra el estrés? ¿No será una mezcla de ambas cosas? Por ahora, no podemos más que hacer conjeturas. Sin embargo, cada vez contamos con un mayor número de datos que indican que la respuesta al estrés basada en hacer amigos y atender a los demás es, junto con el marco hormonal que la acompaña, beneficioso para el cerebro y para el cuerpo. Muchos estudios han demostrado que las relaciones humanas reducen los peligros asociados con el estrés porque bajan la presión sanguínea y el ritmo cardíaco. De hecho, los beneficios físicos de las relaciones sociales son un hecho tan aceptado hoy en día que ya es habitual que muchos médicos internistas pregunten a sus pacientes con qué frecuencia ven a sus amistades.

Así, la vida social es una elección inteligente en lo que a salud se refiere, seas o no madre. Sin embargo, aun reconociendo la tendencia natural de las madres a mostrar se más sociables, serviciales y confiadas, no conviene olvidar que también pueden ser las criaturas más ferozmente motivadas y competitivas de la Tierra.

9.5

Llevo tiempo pensando en el 9.5, quizá porque siempre me ha resultado frustrante. No el 9.5 sino el 0.5 que falta para llegar al 10, para ser “perfecta” o para que el mundo que me rodea sea “perfecto”.

Una jugarreta burocrática me ha hecho reflexionar sobre el 9.5. Por cosas de la burocracia no voy a poder aspirar a una mención honorífica. No porque mi trabajo no valga sino por una cuestión secundaria meramente burocrática (cuestión de tiempos) que no tiene nada que ver con la calidad de mi trabajo. Es decir, ya no importa si mi trabajo es excelente o si no lo es, ni siquiera va a ser juzgado. Pero espera, ¿es necesario que mi trabajo sea juzgado por terceros para que yo sepa su calidad? Esa pregunta lleva semanas rondando en mi cabeza. ¿Es necesario ser reconocido por otros para ser “bueno” o para ser “mediocre”?

Las preguntas se han agolpado estos últimos tiempos y como siempre que comienzan, cada respuesta lleva a nuevas preguntas de tal forma que al final, algo banal como un 10 académico se convierte en una buena excusa para hablar de algo más profundo y más real: mi afán de perfección.

El afán de perfección me ha perseguido toda la vida, o lo he perseguido yo, que para el caso es lo mismo visto desde otro ángulo. Sin embargo, yo nunca he sido una chica 10. Siempre fui la segunda de la clase, nunca la primera. Cuando iba a llegar en primer lugar, algo más interesante que la meta me distraía y zas fallaba. En la Universidad se burlaban porque siempre era otro quien con mis apuntes saca la matrícula de honor. Algunos libros de autoayuda se empeñan en llamar a esto autosabotaje, es decir, que en realidad no nos creemos merecedores del éxito y por eso fallamos a última hora, como castigo. Yo no lo veo así. Veo el 9.5 como algo más real que el 10 porque ese 0.5 me da margen para equivocarme, para seguir caminando hacia algo, para buscar algo nuevo, para seguir caminando. Cuando algo lo tengo casi dominado volteo los esfuerzos hacia otro lado. Como me decía un buen jefe y buen amigo: “lo perfecto es enemigo de lo bueno”.

El 10 seguramente me dejaría estática porque si ya lo tengo todo ¿qué me falta? El 10 significa llegar a la meta de la vida, significa dejar de buscar, dejar de aprender, dejar de equivocarse. El 10 en realidad no significa tenerlo todo, significa más bien, quedarte sin nada que buscar.

El 9.5 puede hacer que el 0.5 que falta para la perfección absoluta me frustre, me ponga de malas, me haga sentir culpable y que al final ese 0.5 sea mucho más grande que el 9.5 que sí he logrado. Cuando veo así mi familia, pienso en el 10 como algo salido de las revistas y las telenovelas: una familia sin gritos, sin regaños, donde los niños ayudan sin que les digas nada, donde los maridos te traen rosas los domingos y te llevan a cenar y a bailar en cada aniversario, donde en fin, las cosas, marchan a ritmo de vals como música de fondo. Veo a los amigos como esas personas que siempre estarán a tu lado cuando ni siquiera sabemos qué significa siempre. Veo a mi compañero como ese ser que siempre va a saber qué decir cuando ni yo misma sé lo que quiero oír.

A ese 10 yo no puedo llegar, pero además no quiero llegar. Ese 10 no es mi 10. A veces me levanto de malas por la mañana, a veces quiero leer un buen libro y no volver a leer por enésima vez el “Alex quiere ser grande”, a veces me apetece bañarme sin que entren al baño cada 20 segundos a pedirme algo, a veces tengo ganas de tomarme un capuchino con las amigas o de ir al cine o de sentirme soltera y sin compromiso durante cinco minutos.

Pero si veo el 9.5 que sí tengo, el que si he logrado entonces puedo ver mucho más. Puedo ver el esfuerzo que hago cada día por hacer mejor las cosas, el esfuerzo para sentarme con mis hijos a esculpir pastillas de jabón o a elaborar pasteles. El 9.5 me permite cometer errores y me permite aceptar que los demás cometan errores (o lo que yo veo como errores que tampoco lo tengo muy claro). Me permite, por ejemplo, dejar que mis hijos busquen sus propias soluciones aunque no sean las mismas que yo tendría. Como cuando mi hijo mete la comida en el congelador para que se enfríe más rápido y se la pueda tomar o cuando mi hija decide quién es su mejor amiga aunque yo no esté de acuerdo o cuando mi marido decide leer una novela en la computadora aunque yo prefiera el papel. Pero más allá de eso me permite corregir mi propio rumbo, aprender a vivir mejor con menos, a disfrutar las cosas que hago en vez de pensar en lo siguiente que tengo que hacer.

Ese 10 que nos dan otros es tan irreal en la escuela como en la vida. ¿Cómo puedo enseñar a mis hijos que disfruten lo que aprenden porque es disfrutable y no porque les van a dar un 10? ¿Qué va a pasar cuando un maestro injusto les califique mal? En BUP tenía un compañero judío y un profesor de historia con toda la mala leche le puso un examen de un solo tema: la historia del cristianismo. Como no puso que Cristo resucitó casi lo reprueba. Mi amigo no se inmutó, ni siquiera se molestó con el maestro me dijo que la calidad de su trabajo era independiente de la opinión del maestro. Hacía muchos años que no recordaba eso.

En la vida, los 10 siempre los ponen otros pero ahí lo que sorprende es la rapidez con la que viajamos del 10 al 0 o del 0 al 10 como si fuera una cuenta atrás de algún lanzamiento al espacio. La gente nos califica como 10 o como 0 según sus muy personales criterios, según cómo opinan que hemos afectado a sus vidas o a vaya usted a saber qué. Y esas calificaciones nos tensan. Vivimos pensando en cómo nos calificará nuestra madre, nuestro marido, nuestros amigos, nuestros hijos…  Nos preocupa tanto la calificación que nos olvidamos de lo que en realidad estamos haciendo. Sobre nuestra cabeza siempre ronda una pregunta: ¿estoy haciendo lo mejor posible? Lo mejor posible,… ¿para quién? Para mi, para mi suegra, para mi ex, para mis hijos, para la vecina,…Y así nos luce el pelo de bien. Luego queremos que nuestros hijos tengan autoestima alta y no salimos a la calle sin preguntarle a alguien ¿cómo me veo? ¿Acaso no nos hemos visto en el espejo al arreglarnos? Buscamos el juicio de otro, el 10 de otro,… No nos basta con nuestro propio 10, con pensar que estamos bien, que hemos hecho lo mejor que hemos podido, con nuestras limitaciones.

Nos negamos a ese 9.5 que nos da la vida, porque la vida no es perfecta. A veces nos enfermamos el día de nuestra boda, a veces el hombre de nuestros sueños resultó ser el hombre de nuestras pesadillas. A veces el trabajo ideal nos quitaba demasiado tiempo y no lo disfrutábamos. A veces, en fin, es bueno darse ese 0.5 de margen para no ser perfectos y para permitir que los demás no sean perfectos.

El 10 es sólo la meta, una meta ilusoria y falsa la mayoría de las veces. Yo no quiero llegar a esa meta, no quiero llegar a ser la chica diez de la que “todos” hablan bien a la que muchos envidian y a la que algunos ponen en un pedestal.

Prefiero mi 9.5, con mi margen para mis errores, para seguir caminando y aprendiendo para disfrutar, frustrarme, cambiar el rumbo de ser necesario y en definitiva, vivir, aunque no sea perfecta.

 

 

 

 

 

En nuestra comunidad ENTRECOMADRES tambien se ha reflexionado sobre el tema de la perfección.

 

Si no intento SER perfecta, no importara que me equivoque,que necesite ayuda a veces,que tenga X kilos de mas, que no me guste cambiarde corte de pelo o que las zapatillas no combinen con lo demas.

Y si consigo todo esto, sere mas YO, mas fuerte,estare mas tranquila por que estare menos presionada, me sentire mas libre, mas valiente,mens decepcionada, mas querida, mas alegre y mas feliz y seguramente se refleje en mi cara, en mi sonrisa y mi actitud y sere entonces mas perfecta siendo imperfecta a ojos de los demas y de los mios propios.

 

Y tambien Mellisenero

Ayer lo pensaba, que bonita es la imperfeccion de mi familia. Que bonitos son por dentro y por fuera mis hijos. Somos una familia normal, con momentos felices normales, y momentos malos no se si muy normales, pero son los que hay. Pero la imperfeccion de mi familia es perfecta, porque la vida no nos trata mal aunque nos hace pasar ratos regulares, pero de todos salimos. Y se sale mas facil cuando se mira alrededor y se ven esas caras que anelan, que quieren, que buscan que se divierten y que lloran y que rien.

Y no pretendo ser perfecta, ni lo pretendo con ellos. Porque la imperfeccion es bella y es mia. un beso.