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Los Siete Significativos

Cada ser humano nace con el potencial de convertirse en la criatura más capaz del mundo, pero no con las capacidades en si mismas. A diferencia de la ameba, que es capaz de funcionar con todo su potencial desde la creación, los seres humanos adquieren sus capacidades primariamente a través del aprendizaje: los jóvenes seres humanos aprenden de aquellos que les han precedido. Cuando este aprendizaje es adecuado, sus cajas de herramientas para la vida, que estaban vacías en el nacimiento, se rellenan con las herramientas esenciales para una vida efectiva. En tiempos de cambio, estas herramientas, que podemos llamar recursos, son particularmente críticas. Por conveniencia, usualmente nos referimos a estos activos como “los siete significativos”. Irónicamente, los investigadores en un inicio los identificaron casi por su ausencia. La introspección profundizó lentamente, a medida que revisábamos la investigación en aquellos jóvenes que con más probabilidad serían clientes del sistema judicial, servicios sociales y servicios humanitarios, y aquellos que fallaron en alcanzar su potencial en la escuela. Muchas de estas personas, hemos descubierto, eran aquellas que mas pobremente se habían desarrollado en estas siete áreas. Inversamente, las personas que viven con eficacia, y que son fuera de serie en muchas facetas de la vida, se caracterizan por una fuerza inusual, y una gran adecuación en estos “siete significativos”.

 

Los niños y adultos que se encuentran en mayor riesgo para su salud en áreas del comportamiento tales como drogadicción, embarazo temprano, delincuencia, pandillas, problemas académicos crónicos y demás, se caracterizan por debilidad o inadecuación en varios o todos los “siete significativos”. Es interesante conocer como la investigación demuestra que las personas que han estado viviendo efectivamente, pero han sido dependientes de químicos (drogas o fármacos) durante un periodo de tiempo, normalmente sufren una regresión en muchas de estas áreas. Una vez desintoxicados, el proceso de recuperación se dirige a fortalecer o reconstruir estos “siete significativos” para ayudarles a mantener su recuperación y permitirles comenzar a crecer de nuevo. De hecho, se podría decir que los niños nacen con un problema de dependencia. Las percepciones y habilidades necesarias para la auto-confianza y la vida efectiva, requieren un desarrollo y un mantenimiento.

 

Los siete Significativos:

 

La investigación a nivel universal revela que los niños que se convierten en adultos exitosos, poseen las siguientes habilidades:

 

1-. Tengo confianza en mi capacidad personal cuando me enfrento a un desafío.

2-. Creo que soy personalmente significativo y puedo hacer contribuciones válidas

3-. Tengo una influencia positiva en mi vida. Tomo la responsabilidad de mis elecciones

4-. Tengo fuertes habilidades intra-personales y manejo mis emociones a través de la autoconciencia y autodisciplina.

5-. Tengo fuertes habilidades interpersonales, soy capaz de comunicar con eficacia, negociar y empalizar con los demás.

6-. Soy capaz de adaptarme con flexibilidad e integridad, tengo fuertes habilidades sistémicas.

7-. Tengo habilidades para juzgar y soy capaz de tomar decisiones con integridad.

 

Ahora consideremos las características de los individuos de bajo riesgo, personas que difícilmente caerán en áreas problemáticas y demuestran ser exitosas, productivas y capaces. Ellos han desarrollado lo que sigue:

 

-Percepción de capacidades personales: ser capaz de enfrentarse a los problemas y aprender de los desafíos.

 

-Percepción de significancia personal, capaz de contribuir en formas útiles y cree que su vida tiene un significado y un propósito.

 

-Percepción de la propia influencia en su vida: capacidad de entender que las acciones y elecciones de uno influyen en la vida de uno, y puede rendir cuentas.

 

-Habilidades intra-personales: capacidad de manejar sus emociones a través del auto-conocimiento, autocontrol y autodisciplina.

 

-Habilidades interpersonales: capacidad necesaria para tratar efectivamente con otros a través de la comunicación, cooperación, compartiendo, empalizando y escuchando.

 

-Habilidades sistémicas: capacidad de responder a los  límites, consecuencias e interrelaciones del sistema humano y los sistemas naturales con formalidad, adaptabilidad, flexibilidad e integridad.

 

-Habilidades para juzgar: capacidad de tomar decisiones y elecciones que reflejan los principios éticos y morales, sabiduría y valores.

 

Un primer objetivo de los procesos de paternidad y enseñanza, es fortalecer estas áreas de forma que las personas jóvenes puedan asumir la vida con una base adecuada de recursos y activos.

 

Para comprender la importancia crítica de esta labor, hay que entender que una persona joven que se considere incapaz, insignificante y que cree que cualquier cosa que le sucede está fuera de su control,  tiende a vivir por defecto y reacción. Son generalmente muy vulnerables sexualmente, químicamente, socialmente, legalmente y/o académicamente.

 

De todos modos, las personas jóvenes que creen firmemente que son capaces de iniciar un aprendizaje y cambiar sus vidas, no importan que circunstancias se encuentren, tienen con ellos la capacidad de influir en como ellos mismos responden y viven, y usualmente viven con acción e intención. Por ello son menos vulnerables.

 

Es posible ayudar a las personas de la primera categoría a progresar hacia la segunda en cualquier momento de su vida, pero cuanto mas jóvenes sean cuando desarrollan la base sólida, mayores beneficios obtendrán para toda su vida.

 

Esta es la base del libro “Raising self-reliant children in a self-indulgent world” escrito por Stephen Glenn en colaboración con Jane Nelsen.

Fuente: http://www.positivediscipline.com/articles/The_Significant_Seven.html

Traducido por: Sole González

La importancia de respetar distintas percepciones

En una era de diversidad, es importante que los profesores y los padres respeten la percepción única de cada ser humano. Necesitamos abolir los juicios a los estudiantes o evaluar sus respuestas sin tomarnos el tiempo de comprender su punto de vista.

 

Mucho del currículum y algunas asunciones de los profesores, reflejan un estilo de vida de clase  media, media-alta. Por eso, muchos educadores sin intención, descorazonan a los niños cuyas percepciones son diferentes de las del estudiante medio.

 

Willie es un pequeño muchacho que procede de un asentamiento de una minoría étnica, en el que su madre vive bajo el umbral de la pobreza, viviendo de la caridad. Willie atraviesa la ciudad en un autobús para ir al colegio con una profesora, miss jeferson, que tiene una experiencia vital muy diferente. Fue educada en una casa de clase media, se ha casado con una persona de alta clase media, y se formó como profesora en una de las partes mas aventajadas del pais. Miss jefferson no tenia ni idea de la realidad de este pequeño muchacho, willie. Ella ha sido enseñada que los niños tienen que responder de determinada manera. No ha aprendido a adaptar el currículo a la realidad de los niños.

 

Actualmente esta es la forma en la que muchos profesores se forman. En lugar de tomarse el tiempo de enseñar a artistas (y enseñar es un arte), los profesores son entrenados para ser tecnicos que implementan un curriculo.Los resultados son los que siguen:

 

Miss jefferson, estaba enseñando una lección sobre el alfabeto. Pregunta: willie, ¿Qué viene después de la A?

 

Willie dice: P (muy asertivamente y confiado)

 

Ella dice: no, eso es un error. ¿Qué viene después de la A? (ella estaba de pie, sobre el en una postura que era juzgadora, amenazadora y descorazonadora. Willie probablemente pensó, bueno, he errardo la primera vez, porque preocuparse ¿Quién quiere equivocarse siempre? Asi que dijo, con la mayor confianza y asertividad: NO LO SE.

 

 

Miss jeffersib dijo: te daré otra oportunidad: ¿Qué viene después de la B?

 

Willie no se daba cuenta de que toda su carrera en primer grado dependía del siguiente momento. Se sintió esperanzado porque le daban otra oportunidad. Estaba seguro de saber la respuesta. Dijo A. miss jefferson parecia muy enfadada cuando dijo: NO ESTAS ESCUCHANDO.

 

La primera pregunta que te hice era ¿Qué viene después de la A? ahora estoy preguntando ¿Qué viene después de la B?

 

Afortunadamente la escuela estaba trabajando en la instrucción cooperativa y en aumentar el dialogo en el aula, por lo que habia en el aula un mentor, para demostrar como trabajar con las percepciones de los alumnos. A este punto, la lección estaba atrasada.

 

El profesor mentor, se puso en cuclillas, de modo que estaba al nivel de willie y le preguntó: willie, hace un minuto, tu profesora dijo ¿Qué viene después de la A? y tu dijiste P. ¿en que estabas pensando?

 

El respondió: apple

 

¿¡oh! ¿quieres decir apple, como la fruta?

 

No, apple, como apple`s bar. Está al otro lado de la calle donde vivo. Nosotros no tenemos libros y cosas de esas, pero mi abuela nos está enseñando a leer con las señales todas las noches.

 

¿Cuál es la configuración de letras mas familiar para willie? Apples bar. ¿aclara esto sus respuestas? En apples bar, ¿Qué viene después de la a? ¿y que viene después de la B? El supervisor, comprobó esto: OK willie, entonces cuando el profesor dijo ¿ue viene después de la B y tu dijiste A en que estabas pensando? Willie respondio: bar.

 

El supervisor dijo: Willie, creo que tu problema es que no le has proporcionado a la profesora un marco de referencia en el que interpretar tus respuestas a sus preguntas.

 

¿Qué es un marco de referencia?

 

El mentor respondió: básicamente, cuando piensas en el apple bar, si hubieras compartido eso con tu profesora, “en apple es la p y en bar es la A” ella habria entendido en que estabas tu pensando.

 

El mentor casi dijo “lo entiendes?”. Lo cual no es una cosa que ayude mucho a una persona joven. Cuando dices eso desde una posición de autoridad, muchas personas de cualquier edad, no tienen la fuerza y la confianza para decir: no, en absoluto. Tu tienes mas experiencia que yo, yo solo estoy tratando de imaginarlo. En lugar de eso, habitualmente mueven la cabeza de arriba abajo diciendo uh cuando realmente no han entendido.

 

El mentor, considerando esto, dijo en su lugar: Ok, para ver si has entendido lo que te he dicho, ¿Qué me responderias si yo te dijera que viene después de la w?

 

Willie pensó un minuto y dijo: en willie, la I.

 

Por tanto lo habia comprendido. El mentor se giró hacia la profesora y le dijo: Un problema que estas teniendo es no darle a willie un marco de referencia en el cual interpretar tus preguntas.

 

Ella dijo ¿un marco de referencia? El problema real estaba expuesto: la profesora no habia sido entrenada para tratar con la diversidad.

 

El mentor dijo bromenado: bien, lo que podias haber dicho es: en el contexto del alfabeto o de la rima sinsentido “abcdefg”* que no tiene nada que ver con leer o con palabras, pero es el unico contexto posible en el que yo estoy deseando considerar tu respuesta ¿Qué viene después de la L? y el podria responder MNOP y volver a su casa libre, aunque sin entender que “mnop” no es una letra.

 

 

*es una cancioncilla inglesa para aprender el alfabeto (eibisidiiefgi…….)

Traducido por Sole González

Original en ingles:http://www.positivediscipline.com/articles/percept.html

Autor: H. Steven Glenn.

Del libro: Raising Self-Reliant Children in a Self-Indulgent World

 

Lectura recomendada al respecto de este mismo tema:

http://www.crefal.edu.mx/biblioteca_digital/coleccion_crefal/rieda/a2002_123/judithk.pdf

Lo que no saben hacer los imbéciles

Articulo publicado por Javier Cercas en su sección “palos de ciego” de la revista “el pais semanal” con fecha: 3-10-10

 

El número de septiembre de la revista Letras libres contiene una interesantísima correspondencia entre el escritor J. M. Coetzee y Arabella Kurtz, profesora de psicología en la Universidad de Leicester. El hilo conductor de ese diálogo es la vindicación que Coetzee hace de la empatía, entendiendo por tal cosa la capacidad de identificarnos imaginativamente con otra persona, de meternos en su cabeza y en su piel, de ver el mundo como ella lo ve: una capacidad que Coetzee parece valorar casi tanto como nuestra capacidad de razonar. Esa vindicación permite a los dos interlocutores discurrir acerca de asuntos diversos, sobre todo acerca de la paternidad y la educación, lo que resulta particularmente instructivo en el contexto español. Quiero decir que en España el debate sobre la educación parece a menudo encallado en el debate sobre la autoridad, o más bien sobre la crisis del concepto de autoridad, que se traduce en la falta de autoridad de padres y profesores; pero, formulado en esos términos, el debate es, me parece, desoladoramente pobre, si no inútil, porque el problema no es si padres y profesores deben ejercer la autoridad –cosa que debería darse por descontada–, sino cómo pueden o saben o quieren ejercerla. Pues bien, respondiendo a la visión trágica que Coetzee tiene de la paternidad –“Es parte de la tragedia de la paternidad que el amor de los padres no se reconozca como amor”, escribe; “es decir, que el amor entre padres e hijos es unilateral”–, afirma Kurtz: “Hablando como hija, pienso que cuando un padre ama a sus hijos, cuando intenta entenderlos y cuidarlos en sus propios términos y no se relaciona con ellos a partir de sus necesidades personales, esto es percibido como amor, incluso desde una edad muy temprana. Hablando como madre, pienso que algunas veces es tremendamente difícil amar a tus hijos de este modo”.

 

Me parece exactísimo: la cuestión no radica en ejercer la autoridad sobre un niño –esto sabe hacerlo hasta un imbécil–, sino en ejercerla después de identificarnos imaginativamente con él, de meternos en su cabeza y en su piel, de ver el mundo como él lo ve, y de hacerlo todo ello en función de sus necesidades y no de las nuestras; esa es sin duda una operación difícil, pero también una forma de que la paternidad se parezca un poco a lo que era para Kafka, que nunca tuvo un hijo: “Lo máximo a que, a mi parecer, puede aspirar una persona”. No todo el mundo tiene esa capacidad de empatía, sin embargo, o no todo el mundo está dispuesto a realizar ese esfuerzo. En 1966 el dramaturgo Arthur Miller tuvo un hijo con síndrome de Down; recién cumplidos los 51 años, Miller juzgó que aquel hijo, de nombre Daniel, desbarataba su proyecto vital, y a los cuatro días de su nacimiento lo ingresó en un orfanato, lo borró de su vida y no volvió a verlo hasta que 29 años más tarde, al terminar un acto público en el que él acababa de hablar en defensa de un discapacitado mental acusado de asesinato, su hijo abandonado subió al escenario, le dijo quién era y lo abrazó. La historia de Miller es conocida; no menos conocida es una historia opuesta. Tres años antes de que naciera el hijo deficiente de Miller, nacía el hijo deficiente del novelista Kenzaburo Oé; se llamaba Hiraki y era hidrocefálico y autista, y los médicos aconsejaron al padre dejarlo morir. Por entonces Oé acababa de cumplir 28 años y tenía una vida y una carrera literaria prometedoras por delante, pero no aceptó la sentencia de los médicos, y, tras una operación, su hijo siguió viviendo. A partir de aquel momento Oé dedicó exclusivamente su vida a cuidar a su hijo, y sus obras a tratar de entenderlo (y a tratar de entenderse a sí mismo a través de su hijo); a este doble empeño se debe quizá que Hiraki Oé sea ahora mismo un reconocido compositor musical y se debe sin duda que Kenzaburo Oé sea uno de los grandes narradores vivos, porque muchos de sus libros –entre ellos obras maestras como Una cuestión personal o como Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura– constituyen un salvaje esfuerzo moral por asumir su responsabilidad en el destino de su hijo y un esfuerzo imaginativo asombrosamente logrado por ponerse en la piel de su hijo.

Es dudoso que Kenzaburo Oé hubiera llegado a ser el enorme escritor que es sin haber aceptado con plenitud a Hiraki Oé; es un hecho que, a partir de mediados de los sesenta, cuando fue incapaz de aceptar a Daniel Miller, Arthur Miller entró en decadencia y dejó de ser el enorme escritor que había sido. Me disculpo: quizá es abusivo, o simplista, establecer una relación de causa y efecto entre la irresponsabilidad moral y la decadencia artística de un escritor. De hecho, quizá es irresponsable hablar de irresponsabilidad moral. Puede ser. Pero, si tiene razón Savater y todo lo que cuenta en la ética es el reconocimiento de lo humano por lo humano y el deber íntimo que nos impone, entonces quizá no lo es. Porque quizá no hay ética sin empatía.

Fuente:http://www.elpais.com/articulo/portada/saben/hacer/imbeciles/elpepusoceps/20101003elpepspor_2/Tes

Sobre la conversación via mail que origina este articulo, he encontrado la reproducción completa de las mismas.

http://akantilado.files.wordpress.com/2010/08/la-trama-del-hombre.pdf

Dejar libertad, un dialogo sobre la autonomia

DEJAR LIBERTAD:
UN DIÁLOGO SOBRE LA AUTONOMÍA
A Helen le rondaba algo por la cabeza. Me llamó para pregun tar si podía pasarse un rato. En cuanto entró por la puerta me di cuenta de que estaba alterada. Se quedó de pie con ci abrigo puesto y emprendió un largo monólogo.
“Jan, no sé si te diste cuenta, pero me costó mucho quedarme a toda la reunión de ayer. ¡Había algo en el debate que me hizo sentir muy incómoda! Sé que puede sonar un poco paranoico, pero no podía dejar de pensar que cada palabra que pronunciaba el doctor Ginott iba dirigida a mí.
»No reaccioné de esa forma al principio. Cuando dijo: ‘Uno de nuestros objetivos más importantes es ayudar a nuestros hijos a separarse de nosotros’, pensé: ‘Es evidente. ¡Nadie quiere tener un hijo de treinta años viviendo en casa!’. Pero luego continuó dicien do: ‘El baremo de un buen padre es qué está dispuesto a no hacer por su hijo’, y algo se contrajo en mi interior. ‘Dios mío —pensé—. Si ése es el baremo de un buen padre, yo no estoy a la altura’.”
Hizo una pausa durante un momento y luego continuó hablando, más para sí misma que para mí. “Por otra parte, si hago demasia das cosas por mis hijos, sólo es porque de verdad creo que es por su bien. Si Billy se olvida el almuerzo y no se lo llevo al colegio, se enfada y pasa hambre porque no se va a comer esos almuerzos del colegio… Si no practico con Laurie antes de los exámenes de ortografía, sus notas son muy malas y se desanima. Si no los llevo en coche al colegio cuando hace mal tiempo, los dos se resfrían; nunca falla.”
De repente, se giró hacia mí. “Pues bien, ¿qué tiene de terrible lo que hago? ¿No están los padres para eso: para ayudar y proteger alos hijos? Pero, después de oír al doctor Ginott repetir sin cesar:
‘La mejor ayuda es no ayudar’, ya no estoy segura. Quizás no sea bueno para ellos lo que hago.
Helen entró en la sala de estar y la seguí. “Pero quién puede decir que él tenga razón —farfulló—. No sería la primera vez que se equi voca un experto, ¡ya sabes! Bueno, quizás haya un par de cosas que hago por los niños y que ellos mismos podrían hacer. Billy tiene siete años y todavía viene a mi habitación todas las mañanas para darme su peine. Se puede peinar perfectamente solo, pero cuando acabo de peinarlo parece tan guapo y atractivo… ¡no me creo que algo tan inocente como peinar a un niño pueda hacerlo menos autónomo!
» Me encontraba en un estado tal después de la últi ma reunión que me fui al diccionario para comprobar si todavía sabía qué significaba la palabra. Supongo que esperaba que la definición literal me sacara de apuros de alguna manera. Pero fue un error. Según el diccionario María Moliner, autónomo, referido a personas, significa que tiene facultad para gobernar las propias acciones, sin depender de otro. Está claro que no es la descripción de mis hijos. Todavía me preguntan qué se van a poner para ir al colegio todos ios días, y lo que es peor, continúo diciéndoselo.”
“Helen —dije—, ¡eres demasiado dura contigo misma!”
No me hizo caso. “Una mejor descripción de mis hijos sería ‘que la madre los regula, la madre los gobierna y dirigidos a la madre’. Por lo que se refiere a ‘separado’, cuando pienso en ello no sé si echarme a reír o a llorar. A veces me siento tan unida a ellos que no estoy segura de dónde acabo yo y dónde comienzan ellos. Laurie saca un 10 en un examen y me siento como si yo sacara un 10. Billy no consigue entrar en el equipo y me siento comosi yo no consiguiera entrar en el equipo.”
Helen se hundió pesadamente en el sofá. “No es que no haya oído los principios de la autonomía suficientes veces. Simplemen te parece que no soy capaz de aplicarlos. ¿Cómo dice el doctor Ginott siempre? ‘El intelecto sólo puede absorber lo que las emociones permitan.’ Bien, está ciaro que mis emociones no han per mitido que lleguen muchas cosas a mi cerebro.”
Me senté a su lado. Las dos fruncimos el ceño y nos quedamos mirando fijamente al suelo. No sabía qué decir. “Helen —pregunté débilmente—, ¿quieres que traiga mis apuntes? ¿Crees que serviría de algo?”
“ apuntes! —exclamó—. Tú no necesitas apuntes. ¿Por qué crees que he recurrido a ti? Porque he visto con qué facilidad dejas que tus hijos asuman sus propias responsabilidades. Todavía recuerdo aquel día de invierno en que Jili llegó a casa vestida con nada más que los pantalones cortos de gimnasia y una camiseta. Si hubiera sido Laurie, me habría puesto frenética y habría exigido saber dónde estaba su abrigo. Tú no. Cuando Jili dijo: ‘Mamá, el conductor del autobús me ha dicho que me las ganaría cuando llegase a casa. ¿Qué vas a hacerme?’. Nunca olvidaré tu respuesta. Con toda tranquilidad, dijiste: ‘ un día de frío espero que tú seas responsable de ponerte tu propio abrigo!’
»Y hay otro incidente que jamás olvidaré. Fue el día en que David entró corriendo en la casa gritando: ‘He vuelto a olvidarme el violín hoy. ¡Es la tercera semana seguida! Tendrás que recordár melo a partir de ahora. Es ios martes’.
»iSabes qué hiciste? Simplemente asentiste con simpatía y dijiste algo como: ‘Es difícil recordar estas clases una vez a la semana, ¿verdad, David? Pero te conozco. De un modo u otro se te ocu rrirá una manera de recordarlo tú mismo’.
» qué habría hecho yo? Habría hecho una gran nota para mí misma para acordarme yo de recordárselo a él todos los martes. Lo que intento decir, Jan, es que eres así por naturaleza.”
Escuché a Helen con interés. ¿Era más natural para mí? ¿Por qué habría de serlo? Intenté recapitular cómo era cuando era pequeña. Mis padres eran inmigrantes, siempre trabajando duro y ocupa dos. Mi madre siempre estaba cocinando y limpiando; mi padre no dejaba de preocuparse por lograr que su pequeño negocio saliese adelante. Les resultaba difícil el simple hecho de alimentimos y vestirnos. Esperaban que hiciéramos el resto nosotros solos.
Y lo hacíamos. Devolvíamos nuestros propios libros de la biblio :eca, tomábamos el metro o el autobús cuando teníamos que ir
algún sitio y buscábamos soluciones a nuestros problemas esco lares. La única vez que implicábamos a nuestros padres en los isuntos del colegio era cuando necesitábamos que firmasen el boletín de notas. Aun entonces, la importancia no recaía sobre nuestras notas, sino sobre sus firmas. Todavía puedo ver a mi padre haciendo sitio en la mesa de la cocina, sentándose ceremo niosamente y escribiendo con orgullo y meticulosidad su nombre completo, en inglés.
Me imagino que mis padres realmente me hicieron un favor. No era su intención darme autonomía. Posiblemente ni siquiera supieran qué significaba la palabra; pero la recibí de todos modos:
no había alternativa.
Conté a Helen algunas de estas cosas.
“ das cuenta del regalo que te hicieron? —dijo—. Mi infancia fue tan diferente. Tenía que dar cuenta a mi madre de prácti camente todo: mi ropa, mis notas, mi paradero, mis amigos. Todavía recuerdo que regresaba a casa de una cita sabiendo que estarían encendidas todas las luces y que mis padres estarían esperándome levantados. No podían dormir hasta que les infor maba de todo. A veces creo que disfrutaban más de mis citas que yo misma.”
“Vaya, ¡tiene que haber sido difícil de aceptar!”
“No, en realidad no. No conocía otra forma. Pero veo en qué aspecto tu educación te da una ventaja clara. Ahora encajan las piezas. Te dieron muchísima independencia y por eso te resulta tan fácil transmitirla a tus hijos.”
“No tan deprisa —dije—. Quizás las condiciones de mi educación hayan sido útiles, pero las técnicas que utilizo ahora no proceden de mis padres. Por ejemplo, siempre había creído que cada pre gunta merecía una respuesta. Jamás se me habría ocurrido noresponder las preguntas de un niño. Hasta que el doctor Ginott no mencionó que un niño necesita espacio para explorar sus pen samientos, y que los adultos vulneran con sus respuestas instantá neas el derecho del niño a pensar, no empecé a contenerme.
»La primera vez que no respondí una pregunta intencionadamente me resultó muy extraño. Una mañana David preguntó: ‘ que Jimmy y Tommy se llevarán bien? Van a venir los dos a casa conmi go hoy’. Pues bien, ¡ésa fue la pregunta que más incitaba a reflexio nar de todas las que me habían hecho durante muchos días! Estaba dispuesta a embarcarme en un análisis del carácter de ios dos chicos y a rematarlo con una predicción del futuro de su relación, cuando me acordé de repente. Me mordí la lengua y dije: ‘Interesante pre gunta. ¿ Tr qué crees, David?’. Reflexionó un momento. Luego dijo:
‘Creo que primero se pelearán y después se harán amigos’.”
Pensé que Helen sonreiría, pero me miró con tal intensidad que me sentí obligada a continuar.
“, la historia que contó el doctor Ginott sobre un mari do que no permitía que su mujer aprendiese a conducir? ‘Cariño
—le decía—, no tienes por qué pasar por el quebradero de cabeza de conducir un coche. Si estoy por aquí, sólo tienes que pedírmelo y estaré encantado de llevarte adonde quieras.
»Me puse en la posición de la mujer y comprendí al instante lo frustrados que se deben de sentir los niños cuando los adultos se hacen cargo de todo y no les dejan hacer las cosas solos. Y pensé en las mil y una pequeñas formas en que una madre pue de hacer que su hijo se sienta inútil y dependiente. Pero siempre en nombre del ‘amor’
“Mamá abrirá el tarro para ti, cariño.
“Venga, deja que te abroche, cielo.”
“ ayuda con los deberes?”
“Te he preparado la ropa, tesoro.”
“Siempre suena tan inocente, y la madre tiene las mejores inten ciones, pero todo contribuye a lo mismo: necesitas a mamá. No te las puedes arreglar solo.” “Ahora pensarás que este nuevo conocimiento me inspiraría a irme directa a casa y hacerlo todo de otra manera. Pues no fue así. Tuve que escuchar ejemplo tras ejemplo de las demás mujeres antes de ser siquiera capaz de empezar a introducir cambios en mi propia casa.
»Helen, ¿sabías que solía organizar la marcha de los niños todas las mañanas? ¿De qué otro modo podrían reunir si no los almuer zos, libros, zapatillas de deporte, gafas, apuntes, dinero, mitones y botas? Tenía que estar allí para sostener los abrigos, cerrar las cre malleras, atar las capuchas, conseguir calzarles las botas, y meter les prisa recordándoles la hora.
»Entonces, una mañana, me obligué a salir de la habitación y dije en voz alta: ‘ cuando estéis listos para salir, chi cos!’. Durante diez minutos estuve sentada en mi cama como la pieza obsoleta de una máquina. Cuando finalmente llegaron dando fuertes pisadas para decir adiós, abrigados y encantados consigo mismos por esa muestra de autonomía, de repente me pareció que carecía totalmente de importancia que no estuviesen abrochados todos los botones y que el mayor llevase los mitones del pequeño.”
Helen seguía observándome con interés casi afligido. Intenté pen sar en otro ejemplo. “Te contaré otra cosa que jamás habría suce dido si no hubiera llegado a utilizar conscientemente mis nuevas técnicas.
»David tenía ocho años cuando me dijo que necesitaba dinero y quería buscar trabajo. Me resultó casi insoportable no decirle, tan amable como siempre, que nadie contrataría a un niño de ocho años. Pero era el día en que el doctor Ginott había recalcado: ‘No priven ele la esperanza; no preparen para las decepciones’. Así que simplemente dije: ‘Entiendo’. Cuesta creer cómo se desarrolló la hora siguiente. David arrastró las guías telefónicas, habló sobre la clase de trabajo que creía que podría hacer, buscó los nombres de comerciantes locales, hizo varias llamadas y habló con algunos encargados de almacén. Finalmente, me dijo: ‘iSabías que tienesque tener catorce años y los documentos de trabajo para que te den un empleo? Cuando tenga la edad voy a trabajar en la ferretería. El dueño es agradable y me gusta trabajar con las herramientas’
»Helen, ¿te das cuenta de lo poco que me faltó para inmiscuirme y privarle de vivir toda esa experiencia? Mi propia madre habría dicho: ‘ clase de tontería es ésa! ¿Quién permite que un niño de ocho años busque trabajo?’
Helen se estremeció. “Por favor, Jan, ¡basta! Antes estaba depri mida; ahora podría arrastrarme hasta meterme en un agujero.”
Se me pasó por la cabeza que estaba siendo insufrible, pero estaba demasiado animada como para parar. “Helen, ¿sabes qué es lo que más me gusta de todo? Haber dejado de ser un sargento. Solía repartir órdenes durante todo el día: ‘ las piezas de construcción! ¡Lavaos las manos! ¡Poneos las botas de goma! ¡Cerrad la puerta!’. Ahora es un placer inmenso poder describir un problema en lugar de ladrar una orden. Me encanta entonar:
‘ la puerta está abierta!’ o ‘ hombre del tiempo ha dicho que va a llover hoy!’
Helen se levantó y alcanzó su abrigo. “Jan, no puedo seguir escu chándote. ¿Te oyes a ti misma? ‘Me gusta’, ‘un placer’, ‘me encan ta entonar’. Pues bien, yo no entono órdenes. No sería típico de mí. No es mi estilo.”
“Mira —dije, un poco molesta—, no quiero ninguna medalla, pero ese ‘estilo’ que mencionas exigió esfuerzo. ¿Te haría sentir mejor escuchar lo estúpida y desanimada que me sentí a lo largo del proceso? ¿Te gustaría saber, por ejemplo, cómo al principio ni siquiera era capaz de quedarme callada cuando alguien hacía una pregunta a mis hijos?”
Helen volvió a sentarse.
“Sucedió el año pasado. Mi tía Sophie vino de visita y preguntó a Andy cuántos años tenía. Me dije a mí misma: ‘No vas a hablar por él. Es importante que un niño tenga la oportunidad de con testar él solo’. Pero cuando lo vi mirándola fijamente con la bocaabierta como el tonto del pueblo, no pude soportarlo. Antes de darme cuenta ya había soltado: ‘jSeis!’
“Me siento un poco mejor”, dijo Helen.
“Quizás te anime también saber que algunos de los principios más fáciles fueron los que más me costó aceptar. Casi me moles tó que el doctor Ginott hablara de depender más de otras perso nas para ayudarnos con nuestros hijos. Recuerdas cuando dijo:
‘Pregúntense: ¿en esta situación quién puede ser más eficaz con mi hijo: el dependiente, el profesor, el dentista, la monitora del centro juvenil?’
»No estaba en absoluto de acuerdo con esa teoría. ¿Qué persona de fuera podía igualarme en eficacia con mis hijos? Así que te puedes imaginar la impresión que supuso para mí descubrir que el enunciado más corriente procedente del mundo exterior, sólo porque venía del mundo exterior, tenía un impacto que yo jamás podría igualar.
»Por ejemplo, llevaba más de un mes intentando convencer a David con palabras para que fuese al peluquero. Nada funciona ba. Entonces llegó un día a casa tan campante diciendo: ‘Mamá, voy a cortarme el pelo esta tarde’. Helen, ¿sabes quién lo consi guió? El conserje del colegio. ¿Sabes qué le dijo? Dijo: ‘David, necesitas un corte de pelo’
»Y te diré algo más que fue difícil para mí y que sigue siendo una batalla: mantenerme al margen de los asuntos de mis hijos. Me muero por hacer preguntas y comentar cada pequeño detalle. ¿Te das cuenta de lo que no digo cuando Jill llega a casa? No digo: ‘, ha gustado tu redacción a la profesora? ¿Qué ha dicho? ¿Estaban bien los deberes de matemáticas con los que te ayudé? El vestido nuevo te queda tan bien. ¿Te han dicho algo?’
», qué esfuerzo supone decir únicamente: ‘Hola cielo’ y dejar que me cuente lo que ella considere importante?”
Por primera vez esa tarde Helen esbozó una sonrisa: “ fin! Finalmente has mencionado lo que yo no les hago a mis hijos. Tuve que soportar tanto tiempo los comentarios incesantes de mi madre, y en dosis tan grandes, que no tendría valor para impo nerlo a mis hijos.
»Todavía tengo que escucharlos todas las semanas cuando viene:
‘Pareces cansada, querida. ¿Descansas suficiente? ¿Vuelve Jack siempre tan tarde del trabajo? ¿Por qué esperas hasta el último minuto para sacar el rosbif del congelador? Jamás estará listo a tiempo. No es mi intención inmiscuirme, querida, pero creo que la carne sabe mejor cuando se ha descongelado antes’.
»Cuando oigo eso, Jan, me quedo anulada. De pronto, me descu bro diciendo que duermo muchísimo, explicando que Jack está en la temporada de más trabajo, defendiendo los méritos de coci nar la carne congelada, tranquilizando a mi madre y asegurándole que la cena se servirá a tiempo…
» Jan?, con sólo decirlo en voz alta me doy cuenta de lo desagradable que es. Es como decir a tu hijo: ‘Tengo que ser parte de todo lo que te sucede. Me gustaría husmear en cada detalle de tu vida. No podrías arreglártelas sin la opinión, la aprobación y la orientación de tu madre’. Y la peor parte es que los comentarios y las preguntas constantes roban tiempo al niño: tiempo para que se moldee su propia experiencia y pueda producir un significado propio”
“ dije entusiasmada. Luego la observé. Una persona que podía expresarse con tal elocuencia posiblemente supiera mucho más de lo que creía.
“Helen —dije–, tengo que rectificar. Durante un momento casi has logrado convencerme de que eres una madre sobreprotectora y dominante. Si me hubiera parado a pensar un segundo, me habría dado cuenta de que no es cierto.”
Helen parecía desconcertada.
“La vez con Laurie y también el concurso de carteles del centro juvenil”, apunté.
“Ah, aquella vez”, dijo Helen en tono despreciativo.
“ aquella vez! Tuviste veinte oportunidades de tomar ci mando. Laurie intentó a toda costa que tú decidieras por ella. Te seguíade habitación en habitación preguntando: ‘Mamá, ¿qué debería hacer? ¿Debería participar en el concurso o no? ¿Crees que podría ganar?’. ¿Recuerdas lo que le contestaste?”
Helen negó con la cabeza.
“Pusiste la decisión en el lugar que le correspondía: en manos de Laurie. Dijiste: ‘Estás considerando la idea de participar en un concurso. ¡Es emocionante! Y te preguntas si podrías ganar… Laurie, ¿tú qué crees?’. Contuvo la respiración y Laurie dijo: ‘Voy a intentarlo’.
» le dijiste: ‘Sabia decisión, cariño. Al fin y al cabo, quien nada arriesga, nada gana’? No, no le dijiste eso, sino que le diste la respuesta más útil posible; dijiste: ‘Ah’
Pero lo que realmente me sorprendió fue lo que sucedió varias semanas después cuando Laurie volvió a casa con un galón hono rífico. Yo me habría deshecho en elogios: ‘Laurie, eres maravillosa. ¡Estoy tan orgullosa de ti!’. Pero tú sólo la abrazaste y le dijiste:
‘Laurie, ¡tienes que estar tan orgullosa de ti misma!’. Y recuerdo cómo se la veía: tan alta, tan satisfecha de sí misma.
»Pues, caray, una mujer que puede disfrutar tan claramente del triunfo de su hija sin tener que convertirlo en el suyo propio, sabe mucho más de lo que admite.”
Helen parecía incómoda. “Posiblemente mi buen comportamien to se debiera a que tú estabas presente. Vale, puedo montar el espectáculo delante de los demás, pero tendrías que yerme cuan do no hay nadie. Jan, no sé por qué soy la única que tiene tantos problemas con la autonomía. Te digo que ayer fue una auténtica tortura aguantar sentada durante toda la reunión y escuchar todos esos relatos de éxito.
» a Roslyn? Parecía no preocuparle que su hija pueda llegar tarde al colegio. Estaba segurísima de que una buena repri menda de la profesora sería mucho más eficaz que sus recordato rios diarios.
»Yo no podría hacer eso. Tendría que proteger a Laurie del des agrado de la profesora.
»Y fíjate en Lee. Se negó a iniciar una pelea con sus hijos cuando estaban jugando en la nieve sin guantes. Nos dijo que estaba segu ra de que irían a por ios guantes cuando tuvieran frío, y que se alegraría de poder frotarles las manos o de prepararles una bebida caliente.
»Yo me habría preocupado porque hubieran podido llegar a con gelarse.
»Y Katherine encontró la fiambrera con el almuerzo de su hijo en la mesa de la cocina y no se sintió obligada a salir disparada hacia el colegio para llevársela. Supongo que pensó que pasara lo que pasara —que pidiera dinero prestado al profesor, que un amigo le diese la mitad de su bocadillo o incluso que pasara hambre— él llevaría la delantera de todos modos. Habría tenido una experien cia que le demostraría que podía sobrevivir sin mamá.
»Así que ya ves, Jan, no se trata de que no sepa lo que debería hacer, se trata de que no consigo hacerlo. Va en contra de mis ins tintos naturales: ayudar, proteger, organizar… Es mi problema.”
Quería sacudirla. “ hecho es que no es tu problema! Dices que dar autonomía no es natural para ti. Te diré lo que es natural para los padres. Es natural querer conservar, proteger, controlar, acon sejar, dirigir. Es natural querer sentirse necesitado, importante, vital para nuestros hijos.
»La otra actitud no es natural. Separar las esperanzas de nuestros hijos de las nuestras, separar sus decepciones de las nuestras. Per mitirles sus propias luchas. Convertirnos en prescindibles. Dejar les ser independientes. Que los padres consigan todo eso es un milagro.”
Helen se quedó callada durante mucho tiempo. Cuando final mente habló, lo hizo de una manera tan titubeante y en voz tan baja que me tuve que inclinar hacia delante para poder oírla.
“Supongo que podría decirse que dar autonomía es en realidad una forma de dar amor a tu hijo… Es más cariñoso dejarle utilizar su propio poder para seguir adelante, ¿verdad?… Ciertamente es más cariñoso dejarle experimentar, aun cosas desagradables, ¿ver-dad?… Casi podría decirse que cualquier otra actitud es odiosa. Es como no dejarle vivir.”
Helen se levantó de repente y caminó hacia la puerta. “ vas?”, pregunté.
“A casa —respondió—. Hay algo que debo dar a mis hijos.” “, inquirí.
Se dio la vuelta y sonrió. “Un poco de sano abandono”, contestó.

 

Es un fragmento del libro Padres liberados, hijos liberados. Editado por Medici y cuyas autoras son Adele farber y Elaine Mazlish

 

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