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Los deberes son cosa de niños

Desde el primer año de enseñanza primaria, las actitudes de los padres deben comunicar que los deberes son estrictamente responsabilidad del niño y la maestra. Los padres no deben dar la lata a los niños sobre los deberes. No deben supervisar ni verificar los deberes, excepto por invitación de los niños. (Esta política puede ser contraria a los deseos de la maestra.) Cuando los padres asumen responsabilidades en cuanto a los deberes, los niños se lo permiten, y los padres nunca más se libran de esa esclavitud. En manos del niño, los deberes pueden convertirse en un arma para castigar, chantajear y aprovecharse de los padres. Se podría evitar mucho sufrimiento, y añadir mucha alegría a la vida de la familia, silos padres mostraran menos interés en los detalles insignificantes de los trabajos del niño y en cambio comunicaran sin dejar lugar a dudas que: los deberes son tu responsabilidad. Los deberes son para ti lo que el trabajo es para nosotros.

En muchas y muy buenas escuelas no se ponen deberes a los niños más pequeños, y los alumnos parecen adquirir tanta sabiduría como aquellos que luchan con deberes a las edades de seis y siete años. El valor principal de los deberes es que proporcionar a los niños la experiencia de trabajar solos. Para que tengan este valor, sin embargo, los deberes deben ajustarse a la capacidad del niño, para que pueda trabajar independientemente con poca ayuda de otros. Las a directas pueden solo comunicar al niño que no puede hacer nada sin la participación de los padres. Las ayudas indirectas, sin embargo, pueden ser útiles. Por ejemplo, nos podríamos asegurar de que el niño tiene intimidad, un escritorio apropiado, libros de referencia y acceso a un ordenador. También podríamos ayudar al niño a decidir el momento más adecuado para hacer los deberes, de acuerdo con las estaciones. En las tardes apacibles de primavera y otoño, probablemente el niño preferirá jugar primero y luego hacer los deberes. En los días fríos de invierno, los deberes deben hacerse primero si después quieren ver la televisión.

A algunos niños les gusta estar cerca de adulto mientras trabajan. Necesitan que se le escuche cuando analizan un problema o intenta entender un pasaje de un libro. Quizá sea posible que utilicen la mesa de la cocina o del comedor. Sin embargo, no se debe hacer ningún comentario sobre formas de sentarse, pulcritud personal o trato del mobiliario.

Algunos niños trabajan mejor cuando puede morder un lápiz, rascarse la cabeza, mecer una silla o incluso escuchar música. Nuestros comentarios y restricciones aumentan la frustración e interfieren en su trabajo mental. Los niños se resisten menos cuando nuestras demandas comunican respeto y protegen la autonomía.

Los deberes del niño no deben interrumpidos con preguntas y recados que pueden esperar. Debemos permanecer en segundo plano dando consuelo y apoyo en lugar de instrucciones De vez en cuando, si el niño nos lo pide, podemos aclarar un punto o explicar una frase. Sin embargo deberíamos evitar comentarios como: «Si no ras tan atolondrado, recordarías lo que tienes hacer» y «Si escucharas al profesor, sabrías lo que tienes que hacer” y “si escucharas al profesor sabrías los deberes que tienes».

Debemos ayudar con moderación pero también con comprensión. Escuchar en lugar de lecciones. Mostrar el camino, pero esperar que el viajero llegue a su destino por su propio pie.

La escena siguiente ilustra la habilidad de una madre en impedir que un problema de deberes acabe en una acalorada discusión: Elena, de once años, se levantó de su mesa y desafió a su madre:

«No quiero hacer los deberes. Estoy demasiado cansada».

Una respuesta común habría sido: « que no quieres hacer los deberes? Nunca estás demasiado cansada para jugar. Solo te cansan los deberes. ¡Ya verás cuando traigas malas notas a casa!».

En cambio, la madre reconoció el punto de vista de su hija: «Veo que estás cansada. Has estado trabajando mucho. Vuelve a tus libros cuando estés lista».

La actitud de un padre hacia la escuela y el profesor puede influir en la actitud de un niño hacia los deberes. Si un padre habitualmente habla mal de la escuela y menosprecia a la maestra, el niño sacará las conclusiones obvias. Los padres deben reforzar la posición del profesor y apoyar sus decisiones sobre los deberes. Cuando el maestro es estricto, el padre tiene una oportunidad maravillosa para ser comprensivo:

«No está siendo un curso fácil…, ¡tanto trabajo!»

«Es duro este curso.»

«Sí que es estricta tu maestra.»

«Me han dicho que exige mucho.»

«Dicen que es especialmente dura sobre los deberes. Supongo que tendrás mucho trabajo este curso.»

Es importante evitar riñas diarias sobre los deberes, como: «Mira, Aurora, de hoy en adelante vas a trabajar la ortografia todos los días por la tarde, incluyendo sábados y domingos. Se acabó el jugar y la televisión también» o «iRoberto! Estoy harta de recordarte los deberes. Papá va a encargarse de que te centres en tu trabajo. Si no lo haces, te arrepentirás».

Las amenazas y las críticas son frecuentes por que hacen creer al padre que está haciendo algo para cambiar la situación. En realidad tales advertencias son más que inútiles. Sólo producen una atmósfera cargada, un padre irritado y un hilo enfadado.

Llegó una carta de la escuela. Iván, de catorce años, iba atrasado en sus estudios. La primera reacción de su padre fue llamar a su hijo, darle una paliza verbal y castigarlo: «Escucha, hijo, de hoy en adelante vas a hacer los deberes todos los días, incluso fines de semana y fiestas. Ni películas, ni tele, ni juegos de vídeo, ni ir a casa de tus amigos. Me voy a asegurar personalmente de que te pongas a trabajar en serio».

Este discurso se había dado muchas veces y siempre conducía a un padre furioso y un hijo desafiante. El aumento de presión solo aumentaba la resistencia de Iván. Se convirtió en experto en evasión y ocultación.

Esta vez, en lugar de recurrir a amenazas y castigos, el padre apeló al amor propio de su hijo. Le mostró la carta del profesor y dijo: «Hijo, nosotros contamos con que mejores para estar mejor informado y tener más conocimientos. El mundo necesita personas capaces. Todavía hay muchísimos problemas que necesitan soluciones. Tú podrias ayudar». A Iván las palabras y el tono de voz de su padre le gustaron tanto que dijo: «Prometo tomarme mi trabajo más en serio».

Muchos niños capaces se retrasan en sus deberes y rinden menos de lo que pueden como rebelión inconsciente contra las ambiciones de sus padres. Para crecer y madurar, necesitan alcanzar un sentido de individualidad y autonomía. Cuando los padres están demasiado pendientes emocionalmente del expediente escolar, la autonomía del niño está en peligro. Si los deberes y las buenas notas se convierten en la joya de la corona de los padres, el niño puede inconscientemente preferir traer a casa una corona de hierbajos que por lo menos sea suya. Al no alcanzar las metas de sus padres, el joven rebelde logra un sentido de independencia, por lo que la necesidad de individualidad singularidad puede empujar a un niño hacia el fracaso, a pesar de la presión y el castigo paternos. Como dijo un joven: «Me pueden quitar la televisión y la paga, pero no me pueden quitar mis suspensos».

Por supuesto que la resistencia a estudiar no es un problema sencillo que se pueda resolver siendo severo o indulgente con los niños. El exceso de presión puede aumentar la resistencia del niño, mientras que una actitud de laissez-faire puede comunicar la aceptación de la inmadurez y la irresponsabilidad. La solución no es ni fácil ni rápida. Algunos niños pueden necesitar psicoterapia para resolver su forcejeo con sus padres y para adquirir el sentimiento de satisfacción por el buen rendimiento, en lugar del bajo rendimiento.

Otros pueden necesitar una tutoría con una persona psicológicamente orientada, como un consejero escolar o un profesor sensible. Es fundamental que no sean los padres los que se encarguen de la tutoría. Nuestra meta es comunicar a los niños que son individuos, independientes de nosotros, y responsables de sus propios éxitos y fracasos. Cuando al niño se le permite experimentar el yo como un individuo con necesidades y metas autoengendradas, empieza a asumir la responsabilidad hacia su propia vida y las exigencias que presenta.

 

 

Del libro: entre padres e hijos, de Haim Ginott.

SOBRE LA MENTIRA: CÓMO APRENDER A NO ESTIMULARLA

Del libro “Entre padres e hijos” de Haim Ginnot.

 

Los padres les enfurece que los niños mientan, re todo cuando la mentira es obvia y el mentiroso inepto. Es exasperante oír a un niño insistir en que no tocó la pintura o no se comió el chocolate cuando la prueba se ve clarísimamente en su camisa o en su cara.

 

MENTIRAS PROVOCADAS

Los padres no deben hacer preguntas que tiendan a provocar mentiras defensivas. Los niños se molestan al ser interrogados por un padre, sobre todo cuando sospechan que ya se sabe la respuesta. Odian las preguntas trampa, preguntas que les fuerzan a escoger entre una mentira torpe y una confesión embarazosa.

Quique, de siete años, rompió un camión nuevo que le había regalado su padre. Se asustó y escondió los pedazos en el sótano. Cuando su padre encontró los restos del camión, lanzó una serie de preguntas inquisitivas que desataron una situación tensa.

Padre: ¿Dónde está tu camión nuevo?

Quique: En alguna parte.

Padre: No te he visto jugar con él.

Quique: No sé dónde está.

Padre: Encuéntralo. Lo quiero ver.

Quique. Quizá alguien robó el camión.

Padre: ¡Eres un mentiroso! ¡Rompiste el camión! No creas que esto va quedar así. ¡Si hay algo que no soporto es un mentiroso!

Esta fue una batalla innecesaria. En lugar de jugar furtivamente a detective y fiscal, y etiquetar a su hijo como mentiroso, el padre habría ayudado más a su hijo diciéndole: «Veo que tu camión nuevo está roto. No duró mucho tiempo. Qué pena. Te gustaba mucho jugar con él».

El niño podría haber aprendido varias lecciones valiosas: papá entiende. Puedo contarle mis penas. Debo tratar mejor sus regalos. Tengo que tener más cuidado.

Así que no es buena idea hacer preguntas cuyas respuestas ya conocemos. Por ejemplo: “¿Recogiste la habitación como te pedí?» mientras estamos mirando una habitación desordenada, o « fuiste al colegio hoy?» después de ser informados de que no ha ido. Es preferible una declaración: «Veo que la habitación todavía no está recogida» o «Nos han dicho que hiciste novillos hoy».

¿Por qué mienten los niños? A veces mienten por que no se les permite decir la verdad.

Guille, de cuatro años, entró en la sala como un huracán, enfadado, y se quejó a su madre:

« Odio a la abuelita!». La madre, horrorizada, contestó: «No es verdad. ¡Quieres a la abuelita! En esta casa no odiamos. Además, ella te hace regalos y te lleva a muchos sitios. ¿Cómo puedes decir una cosa semejante?».

Pero Guille insistió: «No, la odio, la odio. No quiero verla nunca más». Su madre, muy disgusta da ahora, decidió emplear un método educativo más drástico. Le dio un manotazo.

Guille, no queriendo que le castigaran más, cambió de parecer: «Quiero mucho a la abuelita, mamá», dijo. ¿Cómo respondió mamá? Le abrazó, le besó y le alabó por ser un buen muchacho.

¿Qué aprendió el pequeño Guille de este intercambio? Es peligroso decir la verdad, compartir tus verdaderos sentimientos con tu madre. Cuando eres veraz, te castigan; cuando mientes, te acarician. La verdad duele. Apártate de ella. Mamá ama a los pequeños mentirosos. A mamá sólo le gusta oír verdades agradables. Dile solo lo que ella quiere oír, no lo que realmente sientes.

¿Qué podría haber contestado la madre si que ría enseñar a Guille a decir la verdad?

Habría reconocido su disgusto: «Ay, ya no quieres a la abuela. ¿Te gustaría decirme lo que hizo para enfadarte tanto?». El puede haber contestado:

«Trajo un regalo para el bebé, y para mí, nada».

Si queremos inculcar honestidad, entonces debemos prepararnos para escuchar tanto las verdades amargas como las verdades agradables. Si los niños van a crecer y a ser educados en la honradez, no deben ser animados a mentir sobre sus sentimientos, ya sean positivos, negativos o ambivalentes. De nuestras reacciones a sus sentimientos expresados los niños aprenden si lo mejor es ser sincero o no.

Mentiras que dicen verdades. Cuando son castigados por decir la verdad, los niños mienten en defensa propia. También mienten para concederse en la fantasía lo que les falta en la realidad. Las mentiras dicen verdades sobre temores y esperanzas. Revelan lo que a uno le gustaría ser o hacer. Para un oído experto, las mentiras revelan lo que pretenden ocultar. Una reacción madura a una mentira debe reflejar entendimiento de su significado en lugar de rechazo de su contenido o condena de su autor. La información sacada de la mentira puede utilizarse para ayudar a un niño a distinguir entre la realidad y sus ilusiones

Cuando Carmina, de tres años, explicó a su abuela que había recibido un elefante vivo por Navidad, la abuela reflejó su anhelo en lugar de intentar demostrar a su nieta que era una mentirosa. Le contestó: «Te haría ilusión. ¡Te gustaría tener un elefante! ¡Te gustaría tener tu propio zoo! ¡Te gustaría tener toda una selva llena de animales!».

Roberto, de tres años, le dijo a su padre que había visto un hombre tan alto como el edificio Empire State. En lugar de contestar «Qué locura. Nadie es tan alto. No digas mentiras», este padre aprovechó la oportunidad para enseñar a su hijo algunas nuevas palabras mientras reconocía su percepción en lugar de negarla: «Ah, ¡debes de haber visto un hombre muy grande, un hombre gigantesco, un hombre enorme, un hombre inmenso!».

Mientras jugaba en la arena, haciendo un camino, Gregorio, de cuatro años, de repente miró a su madre, gritando: «Mi camino se está destrozando por una tormenta. ¿Qué hago?». «¿Qué tormenta?—preguntó la madre en un tono fastidiado—. No veo ninguna tormenta. No digas tonterías.»

La tormenta en la arena que la madre ignoró estalló en la vida real. Gregorio tuvo una rabieta como un huracán. Esta tempestad podría haberse evitado si la madre hubiera reconocido la percepción del niño entrando en su mundo imaginario y preguntando: «tormenta se está llevando el camino que tanto te costó construir? Vaya». Entonces, mirando al cielo, podría agregar: «Por favor, paren de diluviar allá arriba. Se está llevan do por delante el camino de mi hijo».

TRATAR CON LA FALSEDAD: UN POCO

DE PREVENCIÓN VALE MÁS QUE UN MONTÓN DE INVESTIGACIÓN

Nuestra política sobre la mentira está clara: por un lado, no debemos hacer de fiscal o pedir confesiones o convertir un acceso de imaginación en un caso criminal. Por otro lado, no debemos dudar en llamar al pan, pan y al vino, vino. Cuando encontramos que ha vencido el plazo de préstamo de un libro de la biblioteca pública, en lugar de preguntar: « has devuelto el libro a la biblioteca? ¿Estás seguro? ¿Cómo es que todavía está en tu escritorio?», debemos afirmar: «Veo que ha vencido el plazo de tu libro».

Cuando la escuela nos informa de que nuestro hijo ha suspendido una prueba de matemáticas, no debemos preguntar: «¿Aprobaste la prueba de matemáticas?… ¿Estás seguro?… Bien, ¡mentir no te sacará de apuros esta vez! Hemos hablado con tu profesor y sabemos que suspendiste escandalosamente».

En vez de eso, digamos directamente a nuestro hijo: «El profesor de matemáticas nos ha dicho que suspendiste la prueba. Estamos preocupados y queremos saber cómo podemos ayudarte».

En pocas palabras, no provocamos al niño para que recurra a la mentira defensiva, ni tampoco proporcionamos intencionadamente oportunidades para mentir. Cuando un niño miente, nuestra reacción no debe ser histérica y moralizadora, sino objetiva y realista. Queremos que nuestros h aprendan que no hace falta mentirnos.

Otra manera en que los padres pueden evitar que los niños mientan es evitando la pregunta «¿por qué?». Hubo un tiempo en que «¿por qué?» era un término interrogativo. Este significado desapareció hace mucho. Fue adulterado por el mal uso de «¿por qué?» como forma de crítica. Para los niños, «¿por qué?» representa desaprobación, decepción y disgusto paternos. Suscita ecos de reproche del pasado. Un simple « qué hiciste eso?» puede sugerir «¿Por qué hiciste semejante tontería?»’.

Un padre prudente evita las preguntas dañinas

«¿por qué eres tan egoísta?»

«¿Por qué te olvidas de todo lo que te digo – «¿Por qué nunca puedes ser puntual?»

«¿Por qué eres tan desorganizado?»

«¿por qué no puedes callarte?»

En lugar de hacer preguntas retóricas que n pueden responderse, hagamos declaraciones que muestren comprensión:

«Juan, estaría contento si pudierais compartir.

«Algunas cosas son difíciles de recordar.»

«Me preocupo cuando llegas tarde.»

«¿Qué puedes hacer para organizar tu trabajo? «Tienes muchas ideas.»

Propiciar la colaboración

El capítulo 2 del libro “como hablar para que sus hijos escuchen, y como escuchar para que sus hijos hablen”, de las escritoras Adele Faber y Elaine Mazlish

Editorial: HarperCollins Publishers
Fecha de publicación: 08/05
Encuadernación: Tapa blanda
Número de páginas: 264
ISBN: 0-06-073088-9 / 978-0-06-073088-8

CÓMO PROPICIAR LA COLABORACIÓN

PRIMERA PARTE

A estas alturas, sus hijos ya le habrán brindado numerosas oportunidades de poner en práctica su capacidad de escuchar. Los hijos, por regla general, saben cómo comunicarnos —alto y claro— que algo les inquieta. Recuerdo que en mi casa cualquier día con los niños era como un Festival de teatro. Un juguete perdido, un corte de pelo excesivo, una nota u gente para la escuela, unos vaqueros nuevos que no se ajustaban bien, una pelea con algún hermano; cualquiera de estas crisis podía generar suficientes lágrimas y pasiones para montar un drama en tres actos. Nunca nos faltó material.

La única diferencia es que en el teatro cae el telón y el público se va a casa. Los padres no pueden darse ese lujo. De un modo u otro debernos enfrentarnos a las ofensas, la cólera, la frustración, y conservar intacta nuestra salud mental.

Ahora sabernos que los antiguos métodos no son válidos. Ninguna de nuestras explicaciones y palabras tranquilizadoras aporta solaz a nuestros hijos, y a nosotros nos agotan. Sin embargo, los métodos nuevos pueden entrañar también problemas. Pese a haber aprendido cuánto más reconfortante puede ser una respuesta solidaria, no siempre nos es fácil darla.

Para muchos de nosotros el lenguaje es novedoso y ajeno. Hay padres que me dicen:

«Al principio me sentía raro —no era yo mismo—, como si estuviera representando un papel. »

«Me sentía muy poco natural, pero algo debí de hacer bien porque mi hijo, que nunca pasaba del monosílabo y del “ obligatorio?”, de repente ha empezado a hablar conmigo.»

«Yo me sentía cómodo, pero los niños parecían inquietos. Me miraban con recelo.»

«Descubrí que antes nunca había escuchado a mis hijos. Esperaba que terminasen de hablar para decir lo que tenía en mente. Escuchar de ver dad es una ardua tarea. Tienes que concentrarte si no quieres dar una respuesta estereotipada.»

Otro padre informó (le un fracaso. «Lo intenté y no dio resultado. Mi hija volvió de la escuela dominical muy desencajada. En vez del habitual “ qué pones esa cara?”, le dije: “Amy, pareces disgustada”. Estalló en llanto, fue hasta su habitación y cerró de un portazo.»

Le expliqué al padre en cuestión que, incluso cuando no da «resultado», de algo sirve. Amy percibió un tono distinto aquel día, un tono que le decía que a alguien le importaban sus sentimientos. Le insté a no rendirse. Dentro de un tiempo, cuando Amy se haya convencido de que puede contar con la aceptación de su padre, se decidirá a confesarle sin miedo io que la aflige.

Quiza la reacción más memorable que he oído es la de un adolescente que conocía la asistencia de su madre a mis talleres. El chico volvió a casa del colegio mascullando entre dientes:

—No tenían derecho a excluirme del equipo sólo porque había olvidado los pantalones de gimnasia. He tenido que ver todo el partido desde el banquillo. ¡Qué injusticia!

—Debes de haber pasado un mal rato —repuso la madre cariacontecida.

El chico le espetó:

—(Tú siempre te pones de su parte!

Ella le agarró por el hombro.

—Jimmy, me parece que no me has oído bien. He dicho que lo habrás pasado fatal.

El muchacho pestañeó y la miró fijamente. Luego exclamó:

—    debería ir también a esos cursos!

—     

En el capítulo anterior hemos estudiado la forma como los padres pueden ayudar a sus hijos a afrontar sus sentimientos negativos. Ahora querríamos centrarnos más en ayudar a los padres a asumir su propia negatividad.

Una de las frustraciones inherentes a la paternidad es la batalla diaria para que nuestros hijos se comporten de un modo aceptable para nosotros y para la sociedad. Puede ser un trabajo enloquecedor, muy laborioso. Una parte del problema radica en el conflicto de necesidades. La necesidad del adulto es una semblanza de pulcritud, orden, urbanidad y rutina. A los niños nada podría importarles menos. ¿Cuán tos de ellos se avendrían, por su propia voluntad, a bañarse, a decir «por favor» o «gracias» y a cambiarse la ropa interior? ¿Cuántos lleva rían siquiera esa ropa? Los padres invierten grandes dosis de energía en inducir a sus hijos a adaptarse a las normas Sociales. Y, por algún motivo, cuanto más nos apasionamos nosotros más activamente se nos resisten.

Sé que ha habido muchos momentos en los que mis propios hijos veían en mí a un enemigo, una persona que siempre les estaba obligando a hacer lo que no querían: «Lávate las ruanos.., lisa la servilleta… Baja la voz… Cuelga el abrigo… ¿has hecho los deberes?… ¿Estás seguro de que te has lavado los dientes?… Vuelve al lavabo y tira de la cadena… Pon te el pijama… Ve a acostarte…

También era yo quien les impedía hacer lo que más deseaban: «No comas con los dedos… No des puntapiés en la mesa… No eches arena a los ojos… No saltes en e sofá… No le estires la cola al gato… ¡No te metas los guisantes en la nariz!».

La actitud de los niños era: «Hago lo que me viene en gana». Mi actitud era: «Harás lo que yo te mande», y estalló la guerra. Llegó un momento en el que se me revolvían las tripas cada vez que tenía que encomendar a mis hijos la tarea más simple.

Tómese ahora unos minutos para pensar qué pone más empeño en que hagan. o no hagan, sus hijos en un día típico. A continuación indique en el espacio inferior los «deberes» y las «restricciones».

Ya sea Su lista larga o corta, ya sean realistas o falaces sus expectativas, cada punto señalado representa SU tiempo, su energía, y contiene todos los ingredientes necesarios para una guerra de voluntades.

¿Existe alguna solución?

Revisemos en primer lugar algunos de 1 métodos usados más frecuentemente por los adultos para que los niños colaboren. Al leer el ejemplo que ilustra cada método, retroceda en el tiempo e imagine que es un niño oyendo hablar a sus padres. Imprégnese bien de las palabras. ¿Qué le hacen sentir? Cuando tenga la respuesta, anótela. (Otra manera de realizar este ejercicio es pedirle a un amigo que le lea los ejemplos en voz alta y escuchar con los ojos cerrados.)

1. Reproches y acusaciones.

« he vuelto a encontrar huellas por toda la puerta! ¿Por qué has de ensuciarla siempre? Y en cualquier caso, ¿qué es lo que te pasa? ¿Es que no puedes hacer nada a derechas? ¿Cuántas veces tendré que decirte que uses e pomo? Tu problema es que no me escuchas.»

2. Insultos.

«Hoy estamos bajo cero y tú te pones una chaqueta de entretiempo. ¿Cómo puedes ser tan memo? ¡Mira que llegas a hacer idioteces!»

«Vamos, deja que te arregle yo la bicicleta. Ya sabes lo torpe que eres con la mecánica.»

«Pero ¿tú has visto cómo comes? Es repugnante.»

« que ser un marrano para tener la habitación tan sucia! Vives como las bestias.»

3. Amenazas.

«Vuelve a tocar esa lámpara y te daré un bofetón.»

«Si no escupes el chicle ahora mismo, re abriré la boca y te lo quitaré yo.»

«Si no has terminado de vestirte cuando cuente hasta tres, me iré

sin ti.»

4. Órdenes.

«Quiero que limpies tu habitación en este mismo instante.»

«Ayúdarme a entrar los paquetes. ¡Venga, date prisa

« no has sacado la basura? ¡Hazlo inmediatamente! Pero

¿qué estás esperando? ¡Muévete de una vez!»

5. Sermones moralizantes.

« te parece bonito lo que has hecho, arrancarme el libro de las manos? Veo que no has comprendido la importancia de tener buenos moda les. lo que intento inculcarte es que si prctendes que los demás sean educados contigo, tú a cambio habrás CIC ser educado con ellos. No te gustaría que te quitasen así uno de tus juguetes, ¿verdad? Pues procura ser respetuoso con las cosas ajenas. No hagas a otros lo que no quieras para ti mismo.»

6. Advertencias.

« no te quemes!»

«Si no andas con ojo te atropellará un coche.»

« te subas a ese árbol! ¿Es que quieres caerte?»

«Ponte la chaqueta o pillarás un resfriado.»

7. Victimismo.

« ya de armar escándalo! ¿Qué intentáis conseguir, que me ponga enferma? ¿Que me dé un ataque de corazón?»

«Ya veréis cuando tengáis hijos propios. Entonces sabréis lo que es la crispación.»

« ves estas canas? Pues las tengo por tu culpa. Estás cavando mi tumba.»

8. Comparaciones.

« qué no te parecerás más a tu hermano? El siempre acaba sus trabajos con antelación. »

« es tan delicada en la mesa! Nunca la he sorprendido comiendo con los dedos.»

« por qué no te vistes como Gary? Va siempre va pulido, con el pelo corto y la camisa por dentro.., Es un placer mirarle.»

9. Sarcasmos.

« que tienes un control mañana y te has dejado el libro en la escuela? Qué espabilado! Es todo un alarde de inteligencia.»

« es lo que vas a ponerte, lunares y cuadros escoceses? Bien, no hay duda de que te lloverán las felicitaciones.»

« son éstos los deberes que vas a presentar mañana en clase? En fin, quizá tu profesor sepa lee!’ chino; yo, no.»

10. Profecías.

«Así que me mentiste respecto a tus calificaciones. ¿Sabes lo que vas a ser cuando crezcas? Una persona en quien nadie podrá confiar.»

«Si continúas siendo tan egoísta, nadie querrá jugar contigo. A este paso vas a quedarte sin amigos.»

«Te pasas la vida quejándote. Ni una sola vez has intentado apañarte por ti mismo. Ya te veo dentro de diez años: encallado en los mismos problemas y sin parar de protestar.»

Ahora que ya sabe cómo reaccionaría ante estas premisas el «niño» que hay en usted, quizá le interese conocer las reacciones de otras personas. Evidentemente, dos niños distintos darán también respuestas distintas. Exponemos algunas muestras extraídas de un mismo grupo.

Reproches y acusaciones. «La es más importante que yo.» «Mentiré y diré que no he sido yo.» «Soy una nulidad.» «Estoy acobardado.» «Me gustaría poder insultarla.» «que no te escucho? Así será desde hoy.»

Insultos. «Tiene razón, soy un manazas y un burro.» «qué intentarlo siquiera?» «Yo le enseñaré. La próxima vez no llevaré ni el jersey.» «La odio.» « hombre, ya empezamos de nuevo!»

Amenazas. «Tocaré la lámpara cuando no mire.» «Tengo ganas de llorar.» «Estoy asustado.» «déjame en paz!»

Órdenes. <ObIígame si te atreves.» «Tengo miedo.» «No quiero moverme.» «Aborrezco ese genio.» «Haga lo que haga, habrá follón.» < puedo largarme de aquí?»

Sermones moralizantes. «Bla, bla, bla… ¿Quién te escucha?» «Soy un cretino.» «No valgo nada.» «Quiero huir muy lejos.» «Pero qué aburrimiento!»

Advertencias «El mundo es siniestro, peligroso » «no llegare a ser nunca autosuficiente? No puedo hacer nada sin meterme en líos.»

Victimismo «Me siento culpable » «Estoy aterrado Es culpa mia que haya

enfermado» <a quien le importa?”

C’omparaciones. «Quiere a cualquiera más que a mí.» « detesto a

Lisa!» «Soy un fracaso total.» «Odio a Gary.»

Sarcasmos. «No me gusta que se burlen de mí. Es mezquino.» «Me siento

humillado, desorientado.» «No merece la pena esforzarse.» «Esta me las

pagará.» «Por mucho que lo intente, nunca destacaré.» «Ardo en resentimiento.»

Profecías. «Tiene razón. Nunca valdré para nada.» « no se puede confiar en mí? Le demostraré que se equivoca.» «Soy un caso perdido.» «Abandono.» «Estoy predestinado.»

Si nosotros los adultos experimentamos esos sentimientos sólo por leer unas palabras impresas ¿qué sentirán los auténticos niños?

¿Existen alternativas? ¿Hay algún mecho de propiciar la colaboración de nuestros hijos sin menoscabar su autoestima ni dejarles una secuela de sentimientos nocivos? Se conocen métodos m asequibles para los padres, que no les exijan un tributo tan alto?

Queremos compartir con c lector cinco tácticas que nos han sido muy provechosas a nosotras y a los padres de nuestros talleres. Ninguna de ellas funcionará con todos los niños. Ninguna se ajustará a todas las personalidades. Y, por último, ninguna será eficaz en todo momento. Lo que hacen estas cinco tácticas, sin embargo, es crear un clima de respeto en el que podrá germinar el espíritu participativo.

TACTICAS PARA QUE LOS HIJOS COLABOREN

1. Describir. Describa lo que ve o describa el problema.

2 Dar información

3. Expresarse sucintamente.

4. Comentar los propios sentimientos.

5. Escribir una nota.

 

Aquí las tienen: son cinco tácticas que fomentan la colaboración y no dejan resquicios de animosidad.

Si por casualidad sus hijos están ahora mismo en la escuela, acostados o, milagrosamente, jugando sin alborotar mucho, ésta es su oportunidad de intercalar cinco minutos de práctica. Puede perfeccionar sus habilidades con unos niños hipotéticos antes de que le caigan encima los de carne y hueso.

Ejercicio 1. Entra en su dormitorio y descubre que su hija recién bañada ha dejado la toalla mojada sobre la colcha de la cama.

A- Escriba el típico comentario que haría un padre común sin obtener ningún resultado.

B. En la misma situación, señale cómo podrían utilizarse las técnicas

que aparecen a continuación para estimular la colaboración de su hija.

 1. Describir (describa lo que ve o describa el problema):

2. Dar información:

3. Expresarse sucintamente:

4. Comentar los propios sentimientos:

5. Escribir una nota

 

 

Acaba de aplicar cinco métodos diferentes a la misma situación.

En las situaciones siguientes, elija la técnica que cree que sería más eficaz con su propio hijo.

Ejercicio 2.

-Situación A. Está envolviendo un paquete y no encuentra las tijeras.

Su hijo tiene unas, pero le quita continuamente las suyas y no las devuelve.

Comentario inútil:

Actitud cabal:

Técnica utilizada:

-Situación B. Su pequeño se obstina en descalzarse y dejar las zapatillas

de deporte en la puerta de la cocina.

Comentario inútil:

Actitud cabal:

Técnica utilizada:

-Situacion C. Su hijo ha colgado en c armario el in totalmente empapado.

Comentario inútil

Actitud cabal:

Tíécnica utilizada:

___________________

Situación D. Ha reparado en que últimamente su hijo no se lava los dientes.

Comentario inútil:

Actitud cabal:

Técnica utilizada:

Recuerdo mis propias experiencias cuando empecé a ejercitarme en

esta prácticas. Estaba tan ansiosa por poner en vigor el nuevo enfoque

en mi fimilia que volví a casa de una reunión, tropecé con los patines de

mi hija en el recibidor y le dije dulcemente: «Cariño, los patines deben

guardarse en el armario». Me sentí como una heroína. Cuando la niña

me miró impertérrita y reanudó su lectura, le di un cachete.

Desde entonces he aprendido dos cosas:

1) Es capital ser auténtico. Fingirme tranquila cuando estoy encolerizada se vuelve forzosamente en mi contra. No sólo falla el contacto

sino que, al haber sido «demasiado comedida», acabo desfogándome con mi hija de todos modos. Hubiese sido más efectivo gritar: «el sitio de los patines es el armario!». Entonces la niña se hubiera movido al instante

2) No haber «salido airosa» la primera vez no significa que haya que revertir a los viejos métodos. Tengo más de una técnica a mi disposición. Puedo usar una combinación de varias y, si es necesario, con creciente intensidad. Por ejemplo, en el caso de la toalla mojada podría empezar recalcándole pausadamente a mi hija: ‘<Esa toalla está mojando la colcha».

Luego lo combinaría con un: «Las toallas usadas deben dejarse en el cuarto de baño».

Si la pequeña estuviese absorta en una de sus ensoñaciones y quisiera realmente infiltrarme en sus pensamientos, aumentaría el volumen: « la toalla!».

Supongamos que la niña no se inmuta y comienzo a impacientarme. Siempre puedo elevar un poco más el tollo: « no quiero dormir toda la noche en una cama húmeda y fría!».

Quizá no deseara desgastar mi voz. Si así fuese, lo idóneo sería deslizar una nota en su libro omnipresente: «Las toallas mojadas sobre mi cama me ponen a cien».

Incluso podría imaginarme a mí misma lo bastante iracunda como para decir: «No me gusta que me menosprecien. Estoy poniendo tu toalla en su sitio, así que ahora tienes una madre resentida».

Hay mil maneras de acomodar el mensaje al talante.

Ahora quizá desee aplicar estas tácticas a las realidades de su propio hogar. Si es así, dé un somero repaso a su lista (los «deberes» y «restricciones» de la página 51. ¿Es posible que algunos imperativos de dicha lista se les faciliten a usted y a sus hijos usando los métodos que acabamos de discutir? Tal vez las tácticas del capítulo 1 sobre cómo aceptar los sentimientos negativos del niño contribuyan asimismo a aligerar la situación.

Dedíquele un tiempo de reflexión y anote los métodos que le gustaría ensayar esta semana.

 

SEGUNDA PARTE:

 

COMENTARIOS, PREGUNTAS E HISTORIAS DE LOS PADRES

 

Preguntas

1. ¿No es «cómo» se dice algo a un niño igual de importante que «lo

que» se dice?

Por descontado que sí. La actitud que subyace a sus palabras es tan importante como las palabras mismas. La actitud con la que prosperan los niños es la que comunica poco mas o menos: «Eres basicamente una persona adorable y eficiente. Ahora mismo hay un problema que requiere tu atención. Una vez hayas tomado conciencia de él, lo más probable es que respondas responsablemente».

La actitud que derrota completamente a los niños es la que comunica:

«Eres básicamente irritante e inepto. Siempre te las ingenias para hacerlo

todo mal, y este último incidente es una prueba más de tu absoluta incapacidad».

2. Si la actitud es tan fundamental, ¿para qué preocuparse de las palabras?

Una mirada paterna de animadversión o un tono desdeñoso pueden

herir profundamente a un niño. Pero si además le llueven palabras como

«estúpido», «descuidado», «irresponsable», «todo lo haces mal» o «no

aprenderás nunca», se sentirá todavía más dolido. Las palabras tienen el

don de perdurar larga y venenosamente en la memoria. Y lo peor es que

algunos niños las resucitan más tarde para esgrimirlas como armas contra sí mismos.

3. ¿Qué hay de malo en pedirle a un niño «por favor» que haga lo que queremos?

Naturalmente, cuando solicitamos pequeños servicios como «por favor, pásame la sal» o «por favor, sujeta la puerta», este término es una cortesía común, un recurso para restar brusquedad a órdenes de otro modo tajantes: «pásarne la sal» o «sujeta la puerta».

Decimos «por favor> a nuestro hijos para asentar una manera socialmente aceptable de formular peticiones sencillas.

Pero esta expresión tan sólo se tercia en los momentos relajados. Cuan do estamos más tensos, un gentil «por favor» puede incluso generar conflictos. Medite el siguiente diálogo:

MADRE: (intentando ser amable) Por favor, no saltes en el sofá.

(continúa saltando)

(más alto) Te ruego que no lo hagas más.

(vuelve a saltar)

(da una súbita bofetada al niño,) ¿Acaso no te lo he pedido con buenas palabras?

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué ha pasado la madre de la Corrección a la violencia en tan pocos segundos? El hecho es que, siempre que alguien se esmera y recibe indiferencia, la ira surge instantáneamente. ‘Tiende a pensar: « se atreve a desafiarme ese enano después de lo amable que he sido? ¡Yo te enseñaré! ¡‘toma!».

Cuando quiera que algo se haga de inmediato, es preferible hablar enérgicamente en vez de suplicar. Un sonoro y contundente « los sofás no son para saltar!» cortaría sin duda esos saltos mucho más deprisa. (Si el pequeño persiste, siempre se le puede sacar en volandas, repitiendo con firmeza «iNo saltes en el sofá!».)

4. ¿Qué explicación tiene el hecho de que algunas veces mis hijos obedezcan cuando les pido que hagan algo, y en cambio otras es como si no existiera?

En una ocasión preguntamos a un grupo de escolares por qué en ciertos momentos no escuchaban a sus padres. Esto es lo que contestaron:

«Cuando salgo del colegio estoy muy cansado, y si al llegar a casa mi madre me manda algo intento hacerme el sordo.»

«A veces estoy tan enfrascado jugando o viendo la televisión, que real mente no la oigo.»

«Hay días en los que estoy malhumorado por algo que me ha pasado en la escuela y no me apetece acatar órdenes.»

Añadidas a las disquisiciones de los niños, le presentamos a continuación algunas preguntas que podría formularse a sí mismo cuando fracase en sus intentos:

¿Es lógica mi exigencia en función de la edad y las aptitudes de mi hijo? (¿Le estoy exigiendo a un niño de ocho años que guarde una perfecta compostura en la mesa?)

¿No creerá él que lo que le pido es irracional? ( qué siempre me incordia mi madre haciéndome lavar las orejas por detrás? ¡Pero si no lo ve nadie!»)

¿Puedo darle una opción sobre «cuándo» hacer algo, en lugar de insistir en que sea «ahora mismo»? ( bañarte antes o después del pro grama de la tele?»)

¿Puedo darle una opción sobre «cómo» hacer las cosas? ( bañarte con la muñeca o con el barquito?»)

¿Qué cambios fisicos podría efectuar en la casa para promover la colaboración? ( qué no instalar unos ganchos en el armario y eliminar la lucha con los colgadores? ¿Sería menos abrumadora la tarea de recoger si colocara más estantes en la habitación del niño?)

Por último, ¿me dedico a darle órdenes la mayor parte (le nuestro tiempo en común? ¿O me reservo algún rato para pasarlo a solas con él, únicamente para «estar los dos juntos»?

5. Confieso que en tiempos pasados le he dicho a mi hijo todo lo que no debía. Ahora intento cambiar pero él me pone trabas. ¿Qué puedo hacer?

El niño que ha recibido unas dosis abusivas de críticas puede ser hipersensible. Incluso un cariñoso «no te dejes la bolsa de la comida» se le antojará una denuncia más de su «carácter olvidadizo». Ese niño necesitará una tolerancia extrema y una gran cantidad de frases aprobatorias antes de empezar a no percibir nada que pueda parecerse a un amago de censura. En un capítulo ulterior encontrará algunas fórmulas para ayudar a su hijo a tener una imagen más halagüeña de sí mismo. Entretanto, probablemente se producirá un período de transición en el que reaccionará con resquemor e incluso con hostilidad al nuevo trato que recibe de sus padres.

En cualquier caso, no se deje desanimar por la actitud negativa de su hijo. Todas las tácticas que ha leído hasta ahora son otros tantos medios de demostrar respeto a los demás. No hay nadie que no responda favorablemente más tarde o más temprano.

6. El humor es lo que mejor funciona con mi hijo. Le encanta que le pida las cosas de una manera divertida. ¿Puedo hacerlo?

Si puede llegar a la mente de su hijo a través de la broma, ¡el mundo es suyo! No hay nada como una pizca de humor para impeler a los hijos a la acción y alegrar el ambiente doméstico. El problema de muchos padres es que su sentido lúdico natural se Socava por la irritación diaria que causa convivir con niños.

Un padre nos dijo que su sistema infalible para infundir un espíritu de juego a las órdenes urgentes era adoptar otra voz o acento. La favorita de su hijo era la VOZ de robot: «Aquí RC-3D 1a—próxima—persona—que—use—los— cubitos—de—hielo—y—no—llene—la—bandeja—será—propulsada—al—espacio—interga— láctico. Rogamos—emprendan—acción—pronta—y—afirmativa».

7. Algunas veces noto que me estoy repitiendo hasta la saciedad sobre un mismo asunto. Aunque utilice tácticas, parezco una madre impertinente. ¿Cómo podría evitarlo?

A menudo, lo que nos incita a repetirnos es que el niño actúa como si no nos hubiera oído. Cuando se sienta tentado de recalcarle algo a su hijo por segunda o tercera vez, conténgase. Compruebe antes si el pequeño se ha enterado de lo que le decía. Por ejemplo:

MADRE: Billy, nos iremos dentro de cinco minutos.

B1LLY: (no contesta y sigue leyendo su tebeo)

¿Podrías repetirme lo que acabo de decir?

Has dicho que saldremos dentro de cinco minutos. Muy bien, ahora que sé que me has oído no volveré a mencionarlo.

 

8. Mi problema es que cuando le encargo un trabajo a mi hijo, dice «Sí, papá, ahora mismo voy», y luego nunca cumple. ¿Qué debo hacer al respecto?

He aquí un ejemplo de Cómo resolvió esta cuestión otro padre:

PADRE: Steve, hace dos semanas que no se corta el césped. No puede pasar ni un día más.

HIJO: Sí, papá, ahora mismo voy.

PADRE: Me quedaría más tranquilo si supiera cuándo exactamente piensas hacerlo.

HIJO En cuanto termine el programa de la tele.

PADRE: ¿Y cuándo será eso?

HIJO: Dentro de media hora.

PADRE: Estupendo. Ahora sé q puedo contar con que cortarás la hierba dentro de media hora. Gracias, Steve.

 

 

Comentarios, advertencias y anécdotas sobre cada método

1. Describir (describa lo que ve o describa el problema).

Lo mejor de utilizar un lenguaje descriptivo es que anula la sentencia o el dedo acusador, y ayuda a toda la familia a centrarse en lo que hay que hacer.

«Se ha derramado la leche. Necesitamos una esponja.»

«Se ha roto la jarra. Necesitamos la escoba.»

«Se ha descosido el pijama. Necesitamos aguja e hilo,»

Ahora le sugiero que se dirija estos supuestos a sí mismo, pero empezando cada frase en segunda persona del singular. Por ejemplo: «Has derramado la leche», «Has roto la jarra», «Te has descosido el pijama». ¿Advierte la diferencia? Muchas personas sostienen que el «tú» les hace sentir acusadas y en consecuencia a la defensiva. Cuando describirnos meramente el percance (en vez de subrayarle lo que «ha hecho»), permitiremos al niño asimilar el problema y buscarle remedio.

 

Me sublevé cuando mis dos hijos varones se sentaron a la mesa embadurnados de pintura verde de acuarela, pero estaba decidida a no perder la calma y ponerme a bramar. Consulté la lista de tácticas que había colgado en la puerta de la despensa y usé la primera de todas: «Describa lo que ve». Esto fue lo que pasó.

Yo: Veo a dos chicos con pintura verde en las manos y en la cara.

Ellos se miraron, y fueron raudos al cuarto de baño para lavarse.

Unos minutos más tarde, entré en el baño y poco faltó otra vez para que lanzase un grito. ¡1os azulejos estaban cubiertos de pintura! Pero me ceñí a mi táctica.

Yo: ¡Ahora veo pintura verde en las paredes!

Mi hijo mayor corrió a buscar una bayeta diciendo: «¡Guerrilleros al rescate!». Pasados cinco minutos me llamó para que inspeccionase la tarea.

Yo: (fiel al método de la descripción) Veo que una persona muy diligente ha quitado la pintura de las paredes del baño.

Mi hijo mayor sonrió complacido. Entonces el pequeño anunció:

«voy a limpiar la pila!».

Si no lo hubiera visto con mis propios ojos no lo habría creído.

Advertencia. Es posible usar esta técnica de un modo que exaspere los ánimos. Por ejemplo, un padre nos explicó que estaba junto a la puerta de su casa en un día frío y le dijo a su hijo, que acababa de entrar: «La puerta ha quedado entreabierta». El niño replicó: «por qué no la cierras?». El grupo dedujo que el chico había recibido el comentario descriptivo del padre como un «Estoy intentado obligarte a rectificar. ¿Captas la indirecta?». El grupo convino también en que las frases descriptivas producen más efecto cuando el niño siente que necesitamos su ayuda.

2. Dar información.

Lo que más nos gusta de dar información es que, en cierta medida, le estamos haciendo al niño un regalo que podrá utilizar siempre. Durante el resto de su vida querrá saber que «la leche se echa a perder cuando no la guardamos en la nevera», que <los cortes abiertos deben desinfectarse», que <los discos se deforman por causa del calor», o que «las galletas se vuelven rancias si dejamos la caja abierta». Los padres nos han ratificado que la táctica de informar no es difícil. Lo que cuesta, dicen, es renunciar a la coletilla insultante, como: «La ropa sucia hay que ponerla en ci cesto del lavadcro. ¿Es que nunca vas a aprender?».

También nos gusta dar información a los niños porque parecen concebirla como un acto de confianza. Se dicen a sí mismos: «Los mayores piensan que actuaré responsablemente una vez conozca los datos».

Monique regresó de la reunión con las niñas guía vistiendo el uniforme. Salió a jugar al jardín. Debí de insistirle unas tres o cuatro veces para que se pusiera unos pantalones de chándal. Ella no paraba de decir: « por qué?».

«Porque puedes desgarrarte la tela», respondía yo.

Finalmente le dije: “El chándal es para jugar en el jardín; el uniforme de explorador sólo se lleva en los encuentros con las niñas guía”.

Para mi asombro, dejó lo que estaba haciendo y se cambió enseguida.

 

Un padre nos relató la experiencia vivida con su hijo coreano de cinco años recién adoptado: Kim y yo habíamos recorrido media manzana para visitar a un vecino y devolverle una escalera. Cuando nos disponíamos a llamar al timbre, un grupo de chavales que estaban jugando en la calle le señalaron y gritaron:

«iEs chino! ¡La peste amarilla!». Kim se quedó perplejo y consternado, pese a que no conocía el significado de aquellas palabras.

Cruzaron por mi mente un sinfín de elucubraciones: «Esos pequeños canallas ni siquiera han acertado el país. Me gustaría cantarles cuatro verdades y llamar a sus padres, pero acabarían desquitándose con Kim. Para bien o para mal, es nuestro vecindario, y tenemos que encontrar la manera de vivir en él».

Me acerqué a aquellos niños y les dije con mucho aplomo: «Insultar puede herir los sentimientos».

Mis palabras parecieron desconcertarles. (Quizá ellos esperaban una regañina.) Al fin, entré en casa (le mi vecino, pero dejé la puerta abierta. No obligué a Kim a acompañarme. Cinco minutos más tarde me asomé a la Ventana y vi a mi hijo jugando con los otros niños.

 

Al alzar la mirada vi a Jessica, de tres años, en el triciclo siguiendo a su hermano de ocho, que pedaleaba calle abajo. Afortunadamente no había coches a la vista. Grité: « con dos ruedas se puede circular por la calzada! Los que llevan tres deben subir a la acera».

Jessica desmontó del triciclo, contó solemnemente las ruedas y lo arrastró hasta la acera, donde reanudó su marcha».

Advertencia, Absténgase de dar al niño una información ya sabida. Por ejemplo, si le dijese a una jovencita de diez años «La leche puede agriarse si no se mete en la nevera», ella llegaría a la conclusión de que o bien la considera mema o bien está siendo sarcástico.

3. Expresarse sucintamente.

Muchos padres nos han comentado cuánto aprecian esta táctica. Afirman que ahorra tiempo, sofocones y explicaciones tediosas.

Los adolescentes con los que hemos trabajado nos han dicho que ellos también prefieren el aviso escueto: «Esa puerta», «El perro» o «Los platos», en el que hallan una grata liberación de las arengas usuales.

Según nuestro criterio, el valor de estas indicaciones lacónicas estriba en que en vez de una orden acuciante, damos al niño la oportunidad de ejercer su propia iniciativa y su propia inteligencia. Cuando nos oye decir «El perro», tiene que pensar: « ocurre con el perro? ¡Ah, claro! Esta tarde no lo he llevado a pasear. Será mejor que lo saque ahora».

Advertencia. No use el nombre de su hijo como palabra clave. Cuando un niño oye muchas veces al día un «Susie» reprobatorio, empieza a asociar su nombre con la censura paterna.

4. Comentar los propios sentimientos.

A la mayoría de los padres les quitan un peso de encima cuando averiguan que puede ser edificante compartir sus sentimientos con los hijos, y que no es necesario tener un aguante ilimitado. Los niños no son frágiles. Son perfectamente capaces de afrontar declaraciones como:

«Ahora no es un buen momento para repasar tu redacción. Estoy tensa y aturdida. Después de cenar podré dedicarle la atención que merece.»

«harás bien rehuyéndome durante un rato. Estoy muy irritable y no tiene nada que ver contigo.»

Una madre que educaba sola a sus dos hijos nos dijo que solía enfadarse consigo misma porque a veces no tenía suficiente paciencia con ellos. Al fin decidió luchar para asumir mejor sus sentimientos y dejar que los niños penetrasen en dios, en términos que pudieran comprender.

Empezó a establecer símiles como: «En estos momentos tengo la misma paciencia que una sandía». Al poco rato decía: «Ahora tengo la paciencia de un pomelo». Y más tarde: «Vaya, se ha reducido al tamaño de un guisante. Creo que deberíamos parar antes de que se consuma».

Comprobó que sus hijos se la tomaban seriamente, porque una noche uno de ellos le dijo: «Mamá, ¿cómo es de grande tu paciencia ahora? ¿Te permitirá leernos un cuento?».

 

Otros padres nos han expresado su renuncia a revelar su estado anímico. Si compartían las emociones, ¿no serían más vulnerables? Tal vez le dirían a su hijo: «Esto o aquello me trastorna», y él respondería inmutable: « a quién le importa?».

La experiencia nos ha confirmado muchas veces que los niños cuyos sentimientos son respetados tienen más tendencia a respetar a su vez los de los adultos. Pero bien podría haber una fase transitoria en la que acabe oyéndose un expeditivo « quién le importa?». Si eso sucede alguna vez, no dude en puntualizar: «A mí. Me importa mucho lo que siento. Y también me importa lo que sientes tú. ¡Confío en que ésta sea una verdadera familia en la que todos nos preocupemos por los sentimientos del otro!»

Advertencia. Algunos niños son muy susceptibles a la desaprobación de los padres. Para ellos las frases terminantes como «Estoy indignado» o «Eso me pone furioso” son más de lo que pueden resistir. A modo de venganza, contestarán en tono beligerante: «¡yo tambien estoy enfadado contigo!». Con estos niños es mejor limitarse a manifestar nuestras expectativas. Por ejemplo, en vez de decir: «Me disgusta que le tires de la cola al gato», sería más productivo un simple «Debes tratar amablemente a los animales».

5. Escribir una nota.

A la inmensa mayoría de los niños ies encanta que les envíen notas, sepan o no leer. A los más pequeños les emociona mucho recibir un mensaje impreso de sus padres. Les incita a escribir o dibujar respuestas para sus autores.

A los hijos mayores también les gusta esta forma de comunicación. Un grupo de adolescentes con los que trabajamos nos comentaron que una nota puede ser motivo de alegría, «como si recibieras carta de un amigo». Les conmovía especialmente que sus padres pensaran lo bastante en ellos como para tomarse el tiempo y la molestia de escribirles. Un muchacho dijo que lo que más agradecía de los mensajes escritos era que «no suben de volumen».

Los padres se han declarado, por su parte, muy a favor de las notas. Es un medio rápido y fácil de acercarse a los hijos, que además deja casi siempre un buen sabor de boca.

Una madre nos explicó que en el mostrador de su cocina tiene un bloc de papel y un viejo tazón de café con media docena de lápices. Muchas veces se suscita una situación en la que, o bien sus hijos la han oído hacer la misma demanda tantas veces que hacen oídos sordos, o bien está a punto de abandonar la lucha y realizar la tarea ella misma.

En esos momentos, dice que le cuesta menos esfuerzo armarse con Un lápiz que abrir la boca.

Presentamos un breve muestrario de sus notas:

QUERIDO BILLY

NO HE SALIDO DESDE LA MAÑANA

DAME UN DESAHOGO

‘TU PERRO,

HARRY

 

QUERIDA SUSAN,

ESTA COCINA NECESITA UN POCO DE ORDEN

HABRÍA QUE RETIRAR

1  LOS LIBROS DE LOS FOGONES

2 LOS ZAPATOS DE LA PUERTA

3 LA CAZADORA DEL SUELO

4. LOS RESTOS DE GALLETA DE LA MESA.

GRACIAS ANTICIPADAS,

MAMÁ

 

NOTA:

ESTA NOCHE, LECTURA DE CUENTOS A LAS 8:30 H

SE INVITA A TODOS LOS NIÑOS QUE LLEVEN

PUESTO EL PJJAMA Y LOS DIENTES LIMPIOS. CON CARIÑO,

MAMÁ Y PAPÁ

 

El tono chistoso no es imprescindible, pero obviamente puede ayudar. A veces, sin embargo, la situación no es divertida y el humor resultaría inapropiado. Pensarnos en el padre que nos contó que su hija le había estropeado un disco recién comprado al ponerlo en su tocadiscos portátil con la aguja ya inservible. Dijo que si no hubiera podido desahogar su cólera en el papel, la habría castigado. Lo que escribió fue:

Alison:

¡ESTOY QUE ECHO HUMO!

Alguien cogió mi disco nuevo sin mi permiso, y ahora se ha rayado y no suena.

UN PADRE ENFADADO

 

Al cabo de un rato el padre recibió la siguiente respuesta de la niña:

Querido papá:

Lo siento de veras. Te compraré un disco nuevo el próximo sábado, y el dinero que cueste podrás descontarlo de mi semanada. Alison

Nunca dejará de maravillarnos cómo unos niños que no saben leer se las ingenian para interpretar las Ilotas que les escriben sus padres. Este es el testimonio de una joven madre que trabaja hiera de casa:

El peor rato para mí son esos veinte minutos en los que intento preparar la cena mientras los niños van y vienen sin descanso entre la nevera y la panera. Cuando pongo la fuente, ya no les queda apetito.

El pasado lunes por la noche fijé en la puerta una nota improvisada:

COCINA CERRA DA

HASTA LA CENA

Mi hijo de cuatro años quiso saber inmediatamente qué decía. Le expliqué cada palabra. Respetó mi letrero tan a rajatabla, que no volvió a pisar la cocina. Estuvo jugando con su hermana al otro lado de la puerta basta que descolgué la nota y les hice entrar.

La noche siguiente, colgué de nuevo el letrero. Mientras freía unas hamburguesas, oí cómo mi hijo enseñaba su significado a su hermanita de dos años. Luego vi que ella señalaba las palabras y «leía»: «Cocina… cerrada… hasta… la cena».

El uso más insólito de una nota fue el que nos relató una madre que era también estudiante. Repasemos su historia:

En un momento de debilidad, me ofrecí a convocar en mi casa una reunión de veinte personas. Estaba tan nerviosa por tenerlo todo listo a tiempo que salí de clase antes de hora.

Cuando llegué a casa, eché una mirada a mi alrededor y mi corazón me dio un vuelco. Aquello era un caos: montañas de periódicos, sobres de correo, libros, revistas, el cuarto de baño sucio, las camas por hacer. Tenía poco más de dos horas para adecentarlo todo y empecé a poner me histérica. Los niños volverían de la escuela en cualquier momento y no me veía con ánimos de sufrir sus exigencias ni sus continuas peleas.

Sin embargo, no quería tener que perorar ni darles explicaciones. Decidí redactar una nota, pero no había una sola superficie despejada en toda la casa donde colocarla. Así pues, busqué un pedazo de cartón, practiqué en él dos agujeros, lo ensarté en un cabo de cuerda y me colgué la pancarta del cuello:

BOMBA DE RELOJERÍA. HUMANA

SI SE LA ÁGOBIA O IMPORTUNA

VAMOS A TENER COMPAÑIA

¡SE PRECISA AYUDA URGENTE!

Me puse a trabajar a toda velocidad. Cuando llegaron los niños, leyeron mi letrero y se brindaron a recoger sus libros y juguetes. Luego, sin que yo dijera una palabra hicieron sus camas… ¡y la mía! Casi no me lo podía creer.

Iba a atacar el cuarto de baño cuando llamaron al timbre. Tuve un instante de pánico, pero era el transportista de las sillas adicionales que había alquilado. Le invité a pasar y no entendí por qué no se movía. Miraba mi pecho con cara de pasmo.

Bajé la vista y advertí que aún llevaba c letrero. Quise justificarme, pero él me cortó diciendo: «No se apure, señora. Cálmese. Indíqueme tan sólo donde hay que poner las sillas, y yo mismo se las colocaré».

Algunas personas nos han preguntado: «Si utilizo estas tácticas adecuadamente, ¿responderán siempre mis hijos?». Nuestra contestación es: Esperemos que no. Los niños no son robots.

Además, nuestro propósito no es divulgar una serie de técnicas para manipular el comportamiento de tal manera que sus hijos obedezcan sistemáticamente. Nuestro propósito es apelar a lo mejor que hay en nuestros jóvenes: la inteligencia, la iniciativa, el sentido de la responsabilidad, el sentido del humor, la capacidad de sensibilizarse ante las necesidades ajenas.

Queremos poner fin a ese discurso que daña el espíritu y ahondar en el lenguaje que alimenta la autoestima.

Queremos crear un clima emocional que impulse a los niños a colaborar porque se aman a sí mismos y porque nos aman a nosotros.

Queremos cimentar el tipo de comunicación respetuosa que deseamos que nuestros hijos tengan con nosotros ahora, en los años de la adolescencia y después —como amigos— en la edad adulta.

Padres liberados, hijos liberados

PADRES LIBERADOS, HIJOS LIBERADOS: GUIA PARA TENER UNA FAMILIA MA S FELIZ
de FABER, ADELE y MAZLISH, ELAINE

MEDICI

el libro es de las autoras de “como hablar….” pero han elegido una forma mucho mas liviana. está casi novelado. es un diario de las reuniones de un grupo de madres (aunque habla tambien de los padres) con un psicologo (el dr haim ginott, autor del un clasico de educación “entre los padres y los hijos” que se ha reeditado en 2007 revisado por su viuda. ya enrique B mencionó este libro antes). que cuentan sus aprendizajes, como lo aplicaron, cuando fracasaron, cuando vieron que sus maridos lo hacian mejor, cuando discutieron, cuando llegaron a acuerdos, cuando una frase pareció cambiarlo todo…………..

mis hijos estan en una edad en la que de veras casi todo lo que servia a los 2 y 3 años es inadecuado. todas las tecnicas tienen que sufrir un cambio. y este libro me ha abierto nuevas posibilidades.

tambien me ha hecho sentir relajada en cuanto a lo ya sucedido. me ha hecho ver como es posible recuperar la conexión con tus hijos despues de meter la pata reiteradamente hasta las orejas. una especie de alivio.

simplemente me ha llegado. y me ha hecho sentir bien y sobre todo CAPAZ.

voy a poneros dos textos. uno es el de las conclusiones finales (para mi un poco flojo, pero sirve de aperitivo) y otro un capitulo que quizá es el que mas dudas tengo de que sea totalmente aplicable … vamos el que mas debate interior ha hecho salir en mi, y quiero ver si tambien debatimos un poco aquí y llegamos a alguna conclusión.

PADRES LIBERADOS, HIJOS LIBERADOS

Lo primero que se me ocurrió fue nuestra actitud hacia la furia.
Solíamos pensar que un buen padre era un padre paciente.
Ahora no sentimos la necesidad de reprimir nuestra ira. La expresamos totalmente pero, en lugar de proferir insultos, proferimos nuestros sentimientos, nuestros valores, nuestras expectativas.
Solíamos pensar que un buen padre siempre debería estar dispuesto a “hacer cosas por” su hijo: ayudarle con los deberes, responder a todas sus preguntas, encontrar soluciones a sus problemas.
Ahora sabemos que los padres a veces “como ayudan más es no ayudando, haciéndose prescindibles”
Solíamos pensar que un padre tenía que ser coherente.
Ahora nos sentimos más libres para cambiar de idea, de opinión, vivir más de acuerdo con lo que sentimos en cada momento.
Siempre creímos que algunos de nuestros sentimientos negativos como padres “no eran buenos”, que eran poco razonables.
Ahora sabemos que los sentimientos no son buenos o malos. Lo importante es cómo nos comportamos según lo que sentimos.
Hasta el momento me gustaba el cuadro que veía. Ciertamente albergaba muchas menos presiones, menos sentimientos de culpa que el anterior. Era mucho más amable para los padres. ¿Eran las ventajas igual de beneficiosas para los hijos?
Nunca pensamos que importara cómo les hablábamos a nuestros hijos, siempre y cuando supieran que les queríamos. Lo que teníamos en la mente estaba en nuestra lengua.
Seguimos valorando la espontaneidad. Pero ahora somos conscientes del enorme poder de nuestras palabras, y tratamos de separar lo que es útil de lo que es dañino.
Nunca supimos lo que debíamos hacer con las fuertes emociones de nuestros hijos. Pensábamos que debíamos moderarlas o bien enseñar a nuestros hijos a sentir de otra forma: “No digas eso, cariño. En tu corazón quieres realmente a tu hermana”. Ahora entendemos que cuando reconocemos los sentimientos de un niño le estamos dando salud y fuerza.
Siempre creímos que los padres deberían decidir qué era lo mejor para sus hijos.
Ahora sabemos que cada vez que dejamos que un niño se enfrente al complicado proceso de tomar sus propias decisiones, le estamos ofreciendo una experiencia inestimable, para el momento presente y para su independencia futura.
Nos parecía que el deber del padre era “poner a su hijo en el buen camino”, explicarle por qué algunos de sus planes eran insensatos y poco realistas.
Ahora entendemos que el mundo exterior es rapidísimo cortando las alas, y que un padre debe alentar los sueños de sus hijos.
Solíamos pensar que al decir a un niño lo que hacía mal, mejora ría. Si le llamábamos mentiroso, se volvería honesto; si le llamábamos tonto, se volvería listo; si le llamábamos vago, se volvería más aplicado.
Y ésa era sólo una lista incompleta. Había otros muchos cambios en el enfoque que afectaban directamente a nuestro comporta miento. Ya no castigábamos a los niños; ya no los juzgábamos constantemente; seguíamos insistiendo, y exigiendo, y esperando cosas de ellos, pero siempre de una forma que dejara intacta su dignidad.
¡Dignidad.’ ¡Ésa era la diferencia básica entre el retrato antiguo y el nuevo! El nuevo retrato otorgaba infinitamente más dignidad tanto al padre como al hijo.

[…]

Nunca habíamos recibido una carta así, nunca habíamos oído hablar de una madre que hubiera perseverado con su hijo durante tanto tiempo. Una vez más nos dimos cuenta, esta vez a un nivel mucho más profundo: el poder de los padres es limitado. Hay tantas fuerzas que dan forma a la vida de nuestros hijos —el temperamento, la inteligencia, el aspecto fisico, la salud, la cultura, la época y simplemente la suerte— que escapan a nuestro control. Podemos cambiar muy pocas cosas, pero debemos aceptar muchas otras. No obstante, tenemos el poder para decidir cómo nos comunicaremos con nuestros hijos. Podemos elegir nuestras palabras y podemos elegir nuestra actitud. Y, en ocasiones, esas elecciones pueden cambiar el destino de un niño.

este ultimo parrafo es el ultimo parrafo del libro y diria que es una de las frases que mas me ha llegado (y eso que es casi casi descubrir el hilo negro, que diria guio)

y este es el otro texto:

CULPA Y SUFRIMIENTO
Durante todas esas reuniones en las que exploramos los sentimientos de los padres y los medios para protegerlos, Katherine había permanecido sentada en silencio. Pero no cabe duda de que la desaprobación se dibujaba sobre sus labios apretados. Final mente, un día estalló.
“Doctor Ginott, ¡hemos hablado de los sentimientos de los padres como si existieran de forma aislada! ¡Nuestros hijos sólo pueden confiar en nosotros! ¿Pueden los padres ser tan indulgentes con sigo mismos que dejen de encargarse de un niño? El niño está a nuestra merced. ¡Simplemente no podemos rendirnos a cada uno de nuestros sentimientos! Vaya, si una madre siguiera sus verdaderos sentimientos, se quedaría en la cama hasta mediodía, nunca cambiaría los pañales del bebé y le metería una piruleta en la boca cada vez que llorase, ¡sólo porque no tolera el ruido! Si un padre no se preocupa de las necesidades de un niño, entonces, ¿quién lo hará?”
“Katherine —dijo el doctor Ginott—, su preocupación es válida. Un padre tiene la obligación de preocuparse de las verdaderas necesidades de un niño, sobre todo ¡os primeros años. Una madre puede querer dormir bien durante una noche, pero no puede. El bebé necesita tomar el biberón a las dos de la madrugada. Si un niño pequeño está agotado, necesita que lo cojan.
»Pero, a medida que el niño madura, ya no requiere la satisfacción instantánea de sus necesidades. Ni siquiera es bueno para él. Como padres, nuestra tarea consiste en empezar a enseñarles, poco a poco, a posponer algunas de sus necesidades, lo cual les ayuda a crecer. Por ejemplo, a un niño de cinco años se le puede ayudar a retrasar la necesidad de ir al baño mientras la madre espera en la cola a que le den el cambio en el supermercado. Esta susurra: ‘Es dificil esperar cuando tienes tantas ganas de ir. En cuanto me den el cambio, nos vamos derechitos a los servicios’. La madre le enseña a sobrellevar un malestar temporal por deferencia con los sentimientos de quienes le rodean. No queremos que nuestros hijos se comporten siempre de manera infantil en el plano emocional. Nos gustaría que fuesen capaces de tener en cuenta los sentimientos de los demás.”
Neil parecía afligida. “Pero, doctor Ginott —dijo—, ¿qué se hace cuando hay un conflicto entre las necesidades del niño y las necesidades del padre? Es decir…, bueno, ya sabe que Kenneth prácticamente no tiene amigos. La mayoría de los días está bastante solo. Ayer vino una vecina con un cachorro que no podía seguir cuidando y preguntó si lo queríamos. Debería haber visto a Kenneth. Se arrodilló y tenía una mirada en el rostro mientras sostenía el perro que no había visto antes. Frotó la mejilla contra el pelo del cachorro, luego levantó la mirada y preguntó: ‘ quedárnoslo? Por favor, mamá, ¿podemos?’
»Deseaba tanto dárselo. Era un cachorro adorable y sabía lo que significaría para Kenneth. Pero, doctor Ginott, soy alérgica al pelo de los animales. Me hace toser. No sé qué hacer en este punto. Y, por otro lado, su necesidad es tan grande. Creo que voy a dejarle tenerlo.
Con mucha delicadeza, el doctor Ginott dijo: “Neil, el placer de un niño no debería ser a costa del sufrimiento del padre. El coste es demasiado grande para ambos. El padre paga con su salud y su buena voluntad, y el niño paga de otra forma.
» se dice un niño cuando obtiene algo a costa del padre? Dice: ‘He obligado a mi madre a conseguirme un cachorro. Mi madre tose y se está poniendo enferma debido a mí. Soy una persona terrible. Estoy asustado!’
»Nell, cuando los niños nos ven sufrir por su causa, se sienten responsables automáticamente. Nuestro sufrimiento les produce culpabilidad y temor.

»Ahora volvamos a nuestro enunciado original sobre un conflicto entre necesidades. Siempre que oigo que un niño necesita algo, me pregunto: ‘ trata de lo que necesita o de lo que quiere?’. No siempre es fácil de distinguir. Un niño tiene muchas necesidades reales que se pueden y se deberían satisfacer. Lo que quiere es un saco sin fondo. Quiere, por ejemplo, dormir con sus padres. Necesita estar en su propia cama. En Navidad, quiere todos los juguetes que se anuncian en televisión. Necesita sólo uno o dos. »Entonces, ¿qué quiere Kenneth? Quiere un perro. ¿Qué necesita?”. Neli reflexionó durante un momento. Vacilante, respondió: “Me imagino que lo que de verdad necesita es un amigo”.
“Y lo que necesita de usted —añadió el doctor Ginott— es su apoyo para buscar un amigo y empezar una amistad.” Luego se giró hacia el grupo. “Cuando se permite que un niño vea el sufrimiento debido a él, no se le hace ningún favor. Se le enseña, con el ejemplo propio, a no protegerse a sí mismo. Se le enseña a actuar desde la debilidad en lugar de la fortaleza.”
Escuché atentamente. Lo que describía el doctor Ginott, el “sufrimiento por amor” de los padres por los niños, había sido una circunstancia habitual durante mi etapa de crecimiento. Y no sólo de la mía! Me podría haber dejado caer en casi cualquier casa de cualquier grupo étnico del barrio y habría oído:
“Me haces tener el alma en vilo. Sabes lo mucho que me preocupo siempre que vas allí. Pero si para ti es tan importante, ¡ve!”.
“Cómete el resto de la carne, cariño. Estás en edad de crecer. No te preocupes por mí. Me las arreglaré con otra cosa.”
“No te preocupes por la matrícula, hijo. Si tengo que hacer horas extra, las haré. Pero tú no pierdas de vista los estudios.”
El único pago que estos padres querían era el amor y la gratitud del hijo. Pero los hijos no se sentían agradecidos. Se sentían aborrecibles. Los padres estaban dispuestos a dárselo todo: su dolor, su sufrimiento, su sacrificio, y los hijos se ahogaban por ello.
Hice una nota mental para ser cautelosa. Y el sufrimiento que soportase debido a mis hijos no debería ser asunto suyo. Intenta-ría hacer las cosas por ellos de buen grado, sin condiciones, o no hacerlas. Podría ver en qué circunstancias sería mejor no dar nada que dar una carga de culpabilidad.
En la reunión siguiente, Roslyn presentó un problema. “No sé por qué debería estar tan alterada, pero lo estoy. Peter se levantó tarde esta mañana, iba deprisa para marcharse y no podía encontrar ningún calcetín. Me quedé pálida cuando me preguntó por ellos porque sabía que toda la colada estaba mojada en la lavadora. Dije inmediatamente: ‘Peter, tengo la solución. Coge un par de calcetines de papá’.
»Empezó a despotricar porque nunca tengo la colada lista a tiempo y porque no puede confiar en mí para nada. Intenté explicarle que había estado muy ocupada últimamente, pero no me escuchó. Salió furioso de casa, tarde y sin calcetines. Me sentí inepta como madre.”
El doctor Gínott sonrió compungido. “No hace falta mucho para provocar la culpabilidad de los padres, ¿verdad? Pero permitir que un niño sepa que tiene el poder de hacernos sentir culpables no es útil para él. El niño asume de repente el papel de fiscal mientras el padre se encoge en el estrado. Cuando se permite a un niño hacerle esto a su padre, ¿cómo creen que se siente?”
Roslyn reflexionó durante un momento. Luego se aventuró: “Culpable… asustado… como si fuera una persona terrible”.
“Todo eso”, confirmó el doctor Ginott.
Roslyn suspiró hondo. “ creía de verdad que le estaba ayudan do! Pero todavía no veo qué más podría haber hecho.”
“Antes hablamos sobre las necesidades reales de un niño —dijo el doctor Ginott—. Lo que Peter necesitaba esta mañana no era una explicación culpable o una solución instantánea. Necesitaba la oportunidad de ejercer su autonomía, su propia iniciativa. Necesitaba resolver su propio problema.
»Y bien, ¿cómo le ayudamos con sus necesidades reales? En primer lugar, si tiene que preocuparse por a quién culpar, no puede pensar de forma constructiva. Las acusaciones y las contraacusaciones sólo se interpondrán en su camino. Podemos relajarlo para que supere el obstáculo de ‘quién tiene la culpa’ con una frase como: ‘Hijo, la responsabilidad de tener los calcetines limpios es mía’. Así Peter tiene más libertad para pensar en términos de soluciones.
»En segundo lugar, le ayudamos reconociendo la dificultad de su problema. Podría decirle: ‘ se hace en un caso como éste? No hay ni un par de calcetines secos en toda la casa. A esto le llamo yo un verdadero dilema!’. Al describir su problema seriamente, mostramos que sea lo que sea lo que le molesta, es desde luego digno de respeto.
»Entonces, Roslyn, viene la parte más difícil de todas. Decirse a sí misma: No hagas nada; quédate ahí’. Y es que la mejor ayuda es la disposición del padre para quedarse en silencio mientras el propio niño busca su solución.”
Helen levantó la mano. “Tengo la correspondencia de la experiencia de Roslyn. De hecho, estoy justo en el medio. Hoy es el día del picnic escolar. Laurie me había recordado que hiciese el favor de comprarle una bebida de lata, atún y una magdalena. Bien, pues me olvidé. Estaba tan ocupada cincelando mi nueva escultura, Madre e hilo, que descuidé a mi propia hija. Esta mañana, cuando Laurie abrió la puerta de la nevera, se quedó pálida.
»‘Mami —gritó—, sólo hay pan, mayonesa, ketchup, mostaza y una lata de comida para gatos. ¿Qué puedo hacer con eso?’
» podéis imaginar cómo me sentí! Pero estaba determinada a que Laurie no lo supiera. Dije: ‘Cariño, era tarea mía comprarte la comida para e picnic, pero me he olvidado. Estamos en un aprieto. Aun cuando rastrees por toda la casa, no sé qué podrás encontrar’.
»Pues se puso a rastrear a conciencia y al final localizó un tarro casi vacío de grasienta mantequilla de cacahuetes. Rápidamente, la untó en dos rebanadas de pan duro, sin dejar de mascullar todo el rato que ni siquiera había postre. Luego fue arriba corriendo. Cuando volvió a la cocina, llevaba triunfante una piruleta de limón y dijo: ‘ lo que he encontrado! ¡Había sobrado de la fiesta de Halloween!’
» fue de verdad valiente? Y la ayudé, ¿verdad? Es decir, no le di mi culpabilidad y conseguí que se concentrara en buscar soluciones para el problema, así que debería sentirme bien… Me siento fatal. Me la puedo imaginar sentada con ese patético almuerzo mientras los demás niños se atiborran con las cosas ricas que les prepararon, con antelación, sus responsables madres. Probable mente haya arruinado su día. Ni siquiera sé qué decirle cuando vuelva a casa esta tarde. Quizás le diga lo mucho que lo siento y, de algún modo, intente rectificar.”
“Helen —intervino el doctor Ginott—, como padres no seremos capaces de evitar tener sentimientos de culpabilidad, pero podemos decirnos: ‘No debo permitir que mi hijo lo sepa; es demasiado peligroso, para todos’. Cuando a un niño se le da el poder de activar nuestra culpa, es como entregarle una bomba atómica. Como Roslyn ha señalado, el niño que provoca la culpa de un padre, se siente culpable por lo que ha hecho. ¿Y saben la emoción que experimentamos en última instancia hacia las personas que nos hacen sentir culpables? Odio. Cuando permitimos la culpa invitamos al odio.”
Parecía que estas palabras habían tocado la fibra sensible de Lee. “ cierto! —exclamó—. ¡Puedes llegar a odiar a las personas que te hacen sentir culpable! Siempre le he tenido mucho cariño a mi suegra. Es una gran mujer, independiente y campechana. Pero últimamente no sé qué le ha sucedido. Se ha convertido en una experta en inyectar culpabilidad. Bueno, nunca me acusa de nada abiertamente, por supuesto. Pero dice cosas como: ‘Sabías que iba a ir al médico, querida. Creía que me llamarías’. O ‘Me encantaría pasar más tiempo contigo, Lee, pero sé lo ocupada que estás e intento entenderlo’
»Supongo que no está muy bien por mi parte, pero estos días la evito. Siempre que está ella, de cada dos palabras que salen de mi boca una es una disculpa. Las cosas están tan mal que incluso temo sus llamadas telefónicas. Antes nunca se me había ocurrido, pero la culpa es una especie de veneno, ¿verdad? No se puede ver, no se puede oler, pero una vez que se ha instalado en una relación, todo lo que antes era calido y amistoso entre dos personas, se seca lentamente y muere.”
Helen, cuyos ojos estaban clavados en Lee, se inclinó hacia delante en el asiento. “ es la palabra correcta! —exclamó—. Y no sólo es fatídico para una relación, sino que incluso una pequeña dosis puede alterar tu propia personalidad. De pronto descubres que dices y haces cosas que te convierten en una extraña para ti misma. Esta mañana, por ejemplo, me sentí tan culpable después de que Laurie se hubiera marchado que sólo podía pensar en cómo disculparme con ella cuando volviera a casa. Estaba en tan mala forma que si me hubiera llamado ‘desorganizada’ o ‘negligente’, posiblemente hubiera estado de acuerdo con ella. ¡Pero ése no es mi estilo!”
Helen se giró hacia el doctor Ginott. “ podéis ver a qué habría conducido? Le habría guardado rencor por hacerme sentir culpable. Ella se habría odiado a sí misma por haberme hecho sentir culpable. Y las dos habríamos acabado guardándonos rencor. ¡Pues bien, no habrá disculpas cuando vuelva a casa esta tarde! De hecho, si se atreve a abrir la boca para acusarme, podría pegarle.” Se rieron todas.
“No es tan divertido —afirmó Helen—. Todavía no sé qué le voy a decir cuando vuelva a casa esta tarde.”
“En primer lugar —dijo el doctor Ginott—, no saque el tema usted. Muy a menudo, lo que por la mañana era una crisis ya está resuelto por la tarde. Incluso es posible que la tragedia se haya convertido en un triunfo: quizás haya cambiado su piruleta por un muslo de pollo, O tal vez otro niño le haya ofrecido compartir su zumo. ¡A lo mejor ha empezado una nueva amistad!
»En segundo lugar, Helen, nuestras alternativas no son tan duras. Tenemos a nuestra disposición todo un abanico de reacciones que son más efectivas que pegar o disculparse. Por ejemplo, podemos decir cualquiera de las cosas siguientes, según nuestro estado de ánimo:
»‘Laurie, cuando se me insulta, no puedo ser útil. De hecho, ni siquiera puedo escuchar.’
»‘ de acusaciones, Laurie! Si tienes alguna recomendación, ponla por escrito de forma que me permita considerarla.’
»‘Cielo, háblame de tu decepción, de tu irritación, de tus sentimientos. Entonces sabré cuáles son y seré capaz de responder.’
»Ya ve, Helen, tenemos muchas formas de desarmar a nuestros hijos y enseñarles, al mismo tiempo, a acercarse a nosotros con una queja. Dígame, ¿le encuentra sentido a lo que digo?”
Helen levantó la mirada de la libreta. “Escribo tan rápido como usted habla —sonrió—. Y lo que es más, garantizo que una de estas frases se verá puesta en práctica antes de que acabe el día. Creo que lo que más me satisface es la idea de no tener que ser una víctima servicial cuando se me acerque una niña de ocho años. Pero…”, y se detuvo ahí.
“ queda algo que le preocupa?”
“ El hecho es que debería haber tenido las cosas preparadas para ella hoy, y me corroe no haberlo hecho.”
“A ver —dijo el doctor Ginott—, la cuestión es: ¿qué se hace con los sentimientos de culpabilidad propios? Una vez más, Helen, tenemos alternativas. Podemos hablar con otras personas: un amigo, el marido, nuestro grupo, un ministro, un rabino, un sacerdote, un terapeuta, con cualquiera que nos escuche sin juzgarnos.
»Y podemos hablar con nosotros mismos. Podemos decirnos:
‘Puedo procesar mi culpa sin ayuda de mis hijos. No necesito su absolución. No necesito un Te perdono, mamá de un niño pequeño. Para mí basta con que yo decida actuar mejor la próxima vez.
Evelyn parecía insegura. “No sé si me queda del todo claro, doctor Ginott. Hace algún tiempo sucedió algo sobre lo que todavía reflexiono. Me interesaría conocer su reacción. Pienso en la noche en que mi marido, Marty, se levantó de su sillón de lectura para ir a beber algo. Nada más marcharse, mis dos chicos se abalanzaron sobre el sillón. Cuando Marty volvió, se negaron a devolverle su asiento. No entendían por qué debían hacerlo. ‘ qué debería papá tener siempre el mejor asiento? ¿Sólo porque es mayor? ¡No es justo! ¡Los niños también tenemos derechos!’
»Recuerdo haber pensado: ‘Vaya, tienen razón en eso. Es el único asiento cómodo’. Luego oí que Marty respondía mientras los apartaba: ‘Hay ciertos privilegios que llegan con la edad. ¡Y cuan do seáis padres los recibiréis de vuestros hijos!’. Los chicos sólo parpadearon. Luego Marty se volvió a instalar en su sillón y dijo:
‘Y si no los recibís, os diré qué tenéis que hacer’. Los dos chicos se
inclinaron hacia delante. ‘ —dijo Marty— y os los darán.’
»Me pareció que Marty era un poco duro con los chicos, pero ahora no estoy tan segura.”
El doctor Ginott preguntó: “ lo ve ahora?”.
“Creo que a lo mejor hizo lo correcto después de todo —respondió Evelyn—. Según lo que ha dicho usted, si Marty hubiera permitido que los chicos le hicieran sentirse culpable por estar sentado en su propio sillón, no habría sido bueno para los niños.”
El doctor Ginott asintió. “Su marido ha enseñado a sus hijos una valiosa lección. Es importante que todos entendamos que, como padres, no debemos ninguna explicación a nuestros hijos por nuestras acciones. Ello no significa que los niños no vayan a intentar atraparnos en reacciones de culpabilidad. Pero lo mejor es que sigamos el ejemplo de Marty y no mordamos el anzuelo. Preguntan: ¿por qué os vais de vacaciones solos? ¿Por qué no nos lleváis?’. O ¿por qué no vuelve mamá a trabajar? Entonces todos tendríamos más dinero, O ‘¿por qué no puedo tener una cámara nueva? Acabáis de compraros un coche nuevo’.
»No debemos dejarnos arrastrar a dar explicaciones o a defendernos, aun en estos vulnerables momentos. Como padres, debemos tomar determinadas decisiones que representen nuestro mejor criterio de adultos en ese momento. Y el proceso de tomar decisiones no tiene por qué ser compartido con nuestros hijos; así como tampoco debemos permitir su evaluación. Podemos decirles: ‘Te oigo. Pero no es problema tuyo. Estas cosas deben decidirlas mamá y papá’. Cuando un padre deja claros sus derechos, cuando sabe que la culpa no es una reacción adecuada, ayuda a su hijo a reunir fuerzas y a aprender la realidad.”
Pensé en la reunión durante todo el camino de regreso a casa. ¿De verdad fortalecemos a un niño al no compartir nuestra culpa con él? Recordé un incidente que había sucedido muchos inviernos atrás. Nevaba y David me pidió que lo llevase en coche hasta el colegio, a cinco manzanas de distancia. Pero era demasiado complicado arreglar a los dos pequeños, así que le dije que se las tendría que arreglar solo.
Nada más marcharse, el viento empezó a aullar y yo me puse mala de tan culpable que me sentía. Fue una tarde muy larga para mí. Lo primero que dijo cuando volvió a casa fue: “ qué no me llevaste en coche, mamá? Llegué tarde. El viento me empujaba hacia atrás. Tenía que pararme y apoyarme en los árboles”.
Casi me muero cuando oí eso. Quería cogerlo en brazos y decirle:
“ pobre bebé! Tienes una madre terrible”
Pero no lo hice. Dije: “¡Vaya paseo que has tenido! Esas manzanas tan largas con el viento tan fuerte. ¡Has necesitado resistencia! ¡Es el tipo de cosa que se esperaría de Abraham Lincoln, no de un niño de seis años!”
En ese momento me sentí encantada conmigo misma porque David parecía muy orgulloso. En retrospectiva, tengo una nueva visión de lo que sucedió. Si le hubiera demostrado mi culpa, se habría sentido débil, habría tenido compasión de sí mismo y me habría podido controlar. En su lugar, le di mi admiración por su lucha, lo cual le indicó que era fuerte, que podía sobrellevar penurias.
Tantas cosas sobre las que reflexionar… Tantos conceptos desconocidos sobre los que meditar para convertirlos en propios.

en realidad es poco lo que me parece discutible. sobre todo es lo de “los padres no tienen porque dar explicaciones a los hijos”. creo que parte es problema de una mala traducción (posiblemente han puesto la palabra “explicación” en vez de “justificación”). pero para mi es duro pensar que si realmente no he cumplido con mi tarea (tener los calcetines limpios, comprar el atun que me habia comprometido a comprar) no debo una disculpa a mi hijo. que una disculpa no quiere decir “hijo mio, necesito tu perdon para seguir adelante”, sino simplemente el hecho de reconocer que por la razon que sea, me olvidé y eso no estuvo bien. me parece demasiado….. aseptico un “era mi responsabilidad haberlo hecho”.

aunque tambien pienso que efectivamente decir eso es reconocer el fallo. reconocer la responsabilidad. y que tambien esto es aplicable a los hijos (no me pidas perdon por tirar la leche, busquemos una solución util) en cuyo caso curiosamente ya no me parece tan mal.

y luego está el asunto que ciertamente es asi y lo he podido comprobar estos dias, que cuando damos demasiadas explicaciones acaba siendo una justificación, una petición de colaboración a los hijos. como se finalmente ellos tuvieran el poder de decidir. no se explicarlo bien. y ciertamente hay cosas que debemos dejar claro que la decisión es nuestra (me acuerdo de lo del campamento de julio)

bueno, lo leeis con calma y ya me decis a ver si con vuestras opiniones se aclaran mis pensamientos.

por cierto el libro empieza describiendo el grupo de mujeres

“a Hellen y a mi nos encantó la diversidad del grupo que encontramos el primer dia. la edad de las mujeres iba de los veintitres a los cincuenta años. el tamaño de sus familias variaba, asimismo, de un niño a una prole de 6. La mayoría estaban casadas una estaba divorciada y otra era viuda. Entre nosotras se encontraban amas de casa, profesoras, mujeres de negocios, una artista y una musica. nuestras creencias religiosas tambien diferían.”

por un momento pensé que a las autoras les encantaria este foro. porque ademas de todo eso tenemos ¡hombres!  (pocos pero selectos)