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La diferencia entre alabar y animar

 

Las investigaciones llevadas a cabo por Carol Dweck, en la Universidad de Columbia, han probado ahora lo que Adler enseñaba años atrás. Las alabanzas no son buenas para los niños. La alabanza puede crear personas dependientes de la aprobación, en lugar de niños con la autoestima reforzada. Dweck también encontró que la alabanza puede estimular el asumir excesivos riesgos. Los niños que han sido alabados por ser muy buenos cuando habían cumplido una tarea, elegían tareas mas sencillas en el futuro. No querían asumir el riesgo de cometer fallos. Por otro lado, los niños que fueron animados por sus esfuerzos, estaban deseando elegir tareas mas desafiantes cuando se les daba opción.

 

Todos los libros de disciplina positiva, enseñan el valor de animar en lugar de alabar. A continuación hay un extracto del libro Disciplina Positiva, que refleja la diferencia entre alabar y animar.

 

DIFERENCIAS ENTRE ALABAR Y ANIMAR

 

DEFINICIÓN:

            -Alabar: Expresar un juicio favorable. Glorificar, especialmente atribuyendo la perfección. Expresión de aprobación.

            -Animar: Inspirar con valor. Estimular.

 

A QUIEN VA DIRIGIDO:

            -Alabar: a quien realiza la acción “buena chica”

            -Animar: a la acción realizada: “buen trabajo”

 

RECONOCE:

            -Alabar: solo el producto completo y perfecto: “lo has hecho bien”

            -Animar: el esfuerzo y la mejoría: “has dado lo mejor de ti” “¿Cómo te sientes por lo que has logrado?

 

ACTITUD:

            -Alabar: Paternalista, manipulativa: “me gusta Está sentada Susy”

            -Animar: Respetuosa, apreciativa: “¿Quién puede ensañarme como deberíamos estar sentados?

 

MENSAJE EN PRIMERA PERSONA:

            -Alabar: Juicio: “me gusta la forma en que has hecho eso”

            -Animar: Autodirección: “aprecio tu cooperación”

 

SE USA MAS FRECUENTEMENTE CON…

            -Alabar: niños “eres tan buena niña!”

            -Animar: adultos: “gracias por tu ayuda”

 

EJEMPLOS:

            -Alabar: “estoy orgulloso de ti por sacar sobresaliente” (priva a la persona de la propiedad de su logro)

            -Animar: “ese sobresaliente refleja lo duro que has trabajado” (reconoce la propiedad y la responsabilidad del esfuerzo)

 

INVITA A…

            -Alabar: a los niños a cambiar para otros “adictos a la aprobación”

            -Animar: a los niños a cambiar para ellos mismos “dirección interna”

 

LOCUS DE CONTROL:

            -Alabar: externo: “¿Qué piensan los demás?”

            -Animar: interno “¿Qué pienso yo?”

 

ENSEÑA AL NIÑO:

            -Alabar: le dice al niño lo que tiene que pensar. Depende de la evaluación de otros.

            -Animar: le enseña al niño como pensar. Autoevaluación.

 

META:

            -Alabar: conformidad “lo  has hecho bien”

            -Animar: comprensión:”¿Qué piensas/ sientes/ has aprendido?”

 

EFECTO SOBRE LOS SENTIMIENTOS:

            -Alabar: siente que merece la pena cuando otros le aprueban.

            -Animar: sabe que  merece la pena sin necesidad de la aprobación de otros.

 

EFECTOS A LARGO PLAZO:

            -Alabar: dependencia de los demás.

            -Animar: auto confianza.

Traducido por: Sole González

 

Fuente: http://www.positivediscipline.com/files/Praise_and_Encouragement.pdf

Los deberes son cosa de niños

Desde el primer año de enseñanza primaria, las actitudes de los padres deben comunicar que los deberes son estrictamente responsabilidad del niño y la maestra. Los padres no deben dar la lata a los niños sobre los deberes. No deben supervisar ni verificar los deberes, excepto por invitación de los niños. (Esta política puede ser contraria a los deseos de la maestra.) Cuando los padres asumen responsabilidades en cuanto a los deberes, los niños se lo permiten, y los padres nunca más se libran de esa esclavitud. En manos del niño, los deberes pueden convertirse en un arma para castigar, chantajear y aprovecharse de los padres. Se podría evitar mucho sufrimiento, y añadir mucha alegría a la vida de la familia, silos padres mostraran menos interés en los detalles insignificantes de los trabajos del niño y en cambio comunicaran sin dejar lugar a dudas que: los deberes son tu responsabilidad. Los deberes son para ti lo que el trabajo es para nosotros.

En muchas y muy buenas escuelas no se ponen deberes a los niños más pequeños, y los alumnos parecen adquirir tanta sabiduría como aquellos que luchan con deberes a las edades de seis y siete años. El valor principal de los deberes es que proporcionar a los niños la experiencia de trabajar solos. Para que tengan este valor, sin embargo, los deberes deben ajustarse a la capacidad del niño, para que pueda trabajar independientemente con poca ayuda de otros. Las a directas pueden solo comunicar al niño que no puede hacer nada sin la participación de los padres. Las ayudas indirectas, sin embargo, pueden ser útiles. Por ejemplo, nos podríamos asegurar de que el niño tiene intimidad, un escritorio apropiado, libros de referencia y acceso a un ordenador. También podríamos ayudar al niño a decidir el momento más adecuado para hacer los deberes, de acuerdo con las estaciones. En las tardes apacibles de primavera y otoño, probablemente el niño preferirá jugar primero y luego hacer los deberes. En los días fríos de invierno, los deberes deben hacerse primero si después quieren ver la televisión.

A algunos niños les gusta estar cerca de adulto mientras trabajan. Necesitan que se le escuche cuando analizan un problema o intenta entender un pasaje de un libro. Quizá sea posible que utilicen la mesa de la cocina o del comedor. Sin embargo, no se debe hacer ningún comentario sobre formas de sentarse, pulcritud personal o trato del mobiliario.

Algunos niños trabajan mejor cuando puede morder un lápiz, rascarse la cabeza, mecer una silla o incluso escuchar música. Nuestros comentarios y restricciones aumentan la frustración e interfieren en su trabajo mental. Los niños se resisten menos cuando nuestras demandas comunican respeto y protegen la autonomía.

Los deberes del niño no deben interrumpidos con preguntas y recados que pueden esperar. Debemos permanecer en segundo plano dando consuelo y apoyo en lugar de instrucciones De vez en cuando, si el niño nos lo pide, podemos aclarar un punto o explicar una frase. Sin embargo deberíamos evitar comentarios como: «Si no ras tan atolondrado, recordarías lo que tienes hacer» y «Si escucharas al profesor, sabrías lo que tienes que hacer” y “si escucharas al profesor sabrías los deberes que tienes».

Debemos ayudar con moderación pero también con comprensión. Escuchar en lugar de lecciones. Mostrar el camino, pero esperar que el viajero llegue a su destino por su propio pie.

La escena siguiente ilustra la habilidad de una madre en impedir que un problema de deberes acabe en una acalorada discusión: Elena, de once años, se levantó de su mesa y desafió a su madre:

«No quiero hacer los deberes. Estoy demasiado cansada».

Una respuesta común habría sido: « que no quieres hacer los deberes? Nunca estás demasiado cansada para jugar. Solo te cansan los deberes. ¡Ya verás cuando traigas malas notas a casa!».

En cambio, la madre reconoció el punto de vista de su hija: «Veo que estás cansada. Has estado trabajando mucho. Vuelve a tus libros cuando estés lista».

La actitud de un padre hacia la escuela y el profesor puede influir en la actitud de un niño hacia los deberes. Si un padre habitualmente habla mal de la escuela y menosprecia a la maestra, el niño sacará las conclusiones obvias. Los padres deben reforzar la posición del profesor y apoyar sus decisiones sobre los deberes. Cuando el maestro es estricto, el padre tiene una oportunidad maravillosa para ser comprensivo:

«No está siendo un curso fácil…, ¡tanto trabajo!»

«Es duro este curso.»

«Sí que es estricta tu maestra.»

«Me han dicho que exige mucho.»

«Dicen que es especialmente dura sobre los deberes. Supongo que tendrás mucho trabajo este curso.»

Es importante evitar riñas diarias sobre los deberes, como: «Mira, Aurora, de hoy en adelante vas a trabajar la ortografia todos los días por la tarde, incluyendo sábados y domingos. Se acabó el jugar y la televisión también» o «iRoberto! Estoy harta de recordarte los deberes. Papá va a encargarse de que te centres en tu trabajo. Si no lo haces, te arrepentirás».

Las amenazas y las críticas son frecuentes por que hacen creer al padre que está haciendo algo para cambiar la situación. En realidad tales advertencias son más que inútiles. Sólo producen una atmósfera cargada, un padre irritado y un hilo enfadado.

Llegó una carta de la escuela. Iván, de catorce años, iba atrasado en sus estudios. La primera reacción de su padre fue llamar a su hijo, darle una paliza verbal y castigarlo: «Escucha, hijo, de hoy en adelante vas a hacer los deberes todos los días, incluso fines de semana y fiestas. Ni películas, ni tele, ni juegos de vídeo, ni ir a casa de tus amigos. Me voy a asegurar personalmente de que te pongas a trabajar en serio».

Este discurso se había dado muchas veces y siempre conducía a un padre furioso y un hijo desafiante. El aumento de presión solo aumentaba la resistencia de Iván. Se convirtió en experto en evasión y ocultación.

Esta vez, en lugar de recurrir a amenazas y castigos, el padre apeló al amor propio de su hijo. Le mostró la carta del profesor y dijo: «Hijo, nosotros contamos con que mejores para estar mejor informado y tener más conocimientos. El mundo necesita personas capaces. Todavía hay muchísimos problemas que necesitan soluciones. Tú podrias ayudar». A Iván las palabras y el tono de voz de su padre le gustaron tanto que dijo: «Prometo tomarme mi trabajo más en serio».

Muchos niños capaces se retrasan en sus deberes y rinden menos de lo que pueden como rebelión inconsciente contra las ambiciones de sus padres. Para crecer y madurar, necesitan alcanzar un sentido de individualidad y autonomía. Cuando los padres están demasiado pendientes emocionalmente del expediente escolar, la autonomía del niño está en peligro. Si los deberes y las buenas notas se convierten en la joya de la corona de los padres, el niño puede inconscientemente preferir traer a casa una corona de hierbajos que por lo menos sea suya. Al no alcanzar las metas de sus padres, el joven rebelde logra un sentido de independencia, por lo que la necesidad de individualidad singularidad puede empujar a un niño hacia el fracaso, a pesar de la presión y el castigo paternos. Como dijo un joven: «Me pueden quitar la televisión y la paga, pero no me pueden quitar mis suspensos».

Por supuesto que la resistencia a estudiar no es un problema sencillo que se pueda resolver siendo severo o indulgente con los niños. El exceso de presión puede aumentar la resistencia del niño, mientras que una actitud de laissez-faire puede comunicar la aceptación de la inmadurez y la irresponsabilidad. La solución no es ni fácil ni rápida. Algunos niños pueden necesitar psicoterapia para resolver su forcejeo con sus padres y para adquirir el sentimiento de satisfacción por el buen rendimiento, en lugar del bajo rendimiento.

Otros pueden necesitar una tutoría con una persona psicológicamente orientada, como un consejero escolar o un profesor sensible. Es fundamental que no sean los padres los que se encarguen de la tutoría. Nuestra meta es comunicar a los niños que son individuos, independientes de nosotros, y responsables de sus propios éxitos y fracasos. Cuando al niño se le permite experimentar el yo como un individuo con necesidades y metas autoengendradas, empieza a asumir la responsabilidad hacia su propia vida y las exigencias que presenta.

 

 

Del libro: entre padres e hijos, de Haim Ginott.

¿Hacerles sentir poderosos o ayudarles?

PISTAS QUE AYUDAN A DAR PODER A LOS NIÑOS EN VEZ DE HACER COSAS POR ELLOS

 

BY LINN LOTT AND JANE NELSEN.

 

 

Nos hemos sentido muy preocupadas por la alarmante facilidad con que estamos usando respuestas “que hacen cosas por los niños” y lo torpes que somos a la hora de usar respuestas que les den poder.

 

Nuestra definición de “hacer cosas por” es “ponerse entre las personas jóvenes y las experiencias de la vida, de modo que minimizamos las consecuencias de sus decisiones”.Respuestas de este tipo son:

 

1-. HACER DEMASIADO POR ELLOS: hacer por los niños cosas que podrían hacer por si mismos (sacándoles del apuro después de regañarles): “no me puedo creer que otra vez hayas estado demorándolo. ¿Qué va a ser de ti? De acuerdo, yo haré por ti esta vez, pero la próxima, tendrás que sufrir las consecuencias”

 

2-. DÁNDOLES DEMASIADAS COSAS: Comprar todo lo que quieren, móviles, coches, seguros, ropas que no podemos permitirnos, cd`s, comida basura, … “cariño, creía que querrías hacer tus deberes ahora que te he comprado un coche, un movil, ropa que no me puedo permitir y te he dado una gran paga”

 

3-. SOBORNANDO Y/O RECOMPENSANDO: “ te compraré un nuevo CD o te subiré la paga o un móvil si haces tus deberes”

 

4-. SOBREPROTEGIENDO: que ponerse, cuando ponerse un abrigo para que no se enfríen (como si fueran demasiado estúpidos para saber o aprender por si mismos cuando lo necesitan), escogiendo sus amigos, teniendo demasiado miedo del peligro (cariño, apresúrate y haz tanto como puedas ahora, mientras yo recojo tus ropas, y caliento el coche para que no pases frío y te llevo a la escuela)

 

5-. RONDANDO: hacer su colada, despertarles por la mañana, haciendo sus bocadillos, llevándoles en coche a sitios que podrían ir caminando o en bici, excusándoles de ayudar a la familia porque tienen deberes… “no lo entiendo. Te he excusado de tus tareas, te he levantado temprano, te he llevado a cada sitio para que tuvieras mas tiempo, te he preparado las comidas ¿Cómo puede haber padado esto?”

 

6-. MENTIR POR ELLOS: Excusas al profesor, escribir notas cuando simplemente se han quedado dormidos, “no se lo diré a papa/mamá”. “De acuerdo, te escribiré una nota para el profesor diciendo que has estado enfermo esta mañana, pero tendrás que ponerte luego al dia”.

 

7-. CASTIGANDO/CONTROLANDO: Restringir actividades, eliminar privilegios, creando tu agenda para ellos “bien, entonces estas castigado y pierdes tus privilegios: no hay coche, ni tv ni amigos hasta que esté hecho”

 

8-. LECCIONES TIPO “QUE Y COMO”: explicarles lo que ha sucedido, lo que causó que sucediera así, como deberían sentirse por ello y lo que deberían hacer para resolverlo: “bien, te he visto perder el tiempo en la televisión, pasar mucho tiempo con los amigos y durmiendo. Deberías estar arrepentido por ello. O te corriges o estas destinado a vagar por las calles como un vagabundo”

 

9-. LECCIONES TIPO “COMO, QUE Y PORQUE NO PUEDES…” “¿Cuántas veces te he dicho que hagas los deberes temprano?” “porque no puedes ser mas como tu hermano?” “porque no puedes ser mas responsable?” “que será de ti?”.

 

10-. ECHAR LA CULPA Y AVERGONZAR: “¿Cómo puedes haber hecho una cosa así?” “¿cómo es que siempre te olvidas y nunca haces tus deberes?” “no puedo creer que seas tan perezoso”

 

11-. VIVIR EN LA NEGACIÓN: “mi niños no puede haber hecho algo semejante” Hacer caso omiso de las costumbres culturales al respecto del sexo y las drogas. Creer que algunas cosas son peligrosas sin informarse “bien cariño, estoy segura de que no necesitas hacer deberes. Es una cosa estúpida de los profesores pensar eso. Tu eres suficientemente listo como para que te vaya bien sin hacerlos”.

 

12-. RESCATAR/ARREGLAR: comprar cosas nuevas para reemplazar la que el niño pierde, contratando abogados, quedandose hasta tarde para ayudar (o hacer) trabajos de ultima hora. “yo me apresuraré y lo haré mientras tu te vistes y comes tu desayuno. Lo siento pero no puedo prepararte bacon, huevos y gofres. Estoy segura de que mañana harás los deberes”

 

 

 

Nuestra definición de “dar poder” es darles el control a los niños, de forma que ellos tenga poder en sus propias vidas. Las siguientes sugerencias son posibilidades que pueden ser usadas en respuesta al desafío de los deberes descuidados:

 

1-. MOSTRAR FE: “tengo fe en ti. Confío en que sabes lo que necesitas. Se que cuando algo es importante para ti, sabes lo que tienes que hacer”

 

2-. RESPETE LA PRIVACIDAD: “respeto tu privacidad y quiero que sepas que estoy disponible si quieres discutir esto conmigo”

 

2-. EXPRESE SUS LIMITES: comparta lo que piensa usted, como se siente usted y lo que usted desea sin dar lecciones, sin moralizar, sin insistir en que tienen que estar de acuerdo o que alguien le debe dar lo que usted quiere. “yo no deseo ir a la escuela a sacarte del apuro. Cuando tu profesor me llame, te daré el teléfono o le diré que tiene que hablar de ello contigo”. Una actitud y tono de voz respetuosos son esenciales.

 

3-. ESCUCHE SIN ARREGLAR, QUITAR IMPORTANCIA O JUZGAR: “me gustaría oir lo que esto significa para ti”.

 

4-. CONTROLE SU PROPIO COMPORTAMIENTO: “deseo llevarte a la biblioteca, cuando lleguemos a un acuerdo por adelantado sobre una hora conveniente, pero no quiero verme involucrada en el último minuto”.” Si necesitas mi ayuda con los deberes, por favor, dímelo con tiempo”

 

6-. DECIDA LO QUE VA A HACER USTED CON DIGNIDAD Y RESPETO: estoy disponible para ayudar con los deberes de 7 a 8 los martes y los jueves. No ayudaré con proyectos de ultimo minuto. Si queréis puedo enseñaros habilidades para manejar el tiempo o mostraros como elaborar una rutina.

 

7-. PERSEVERE CON AMABILIDAD Y FIRMEZA: puedo ver que estas estresada por esperar al ultimo minuto. Estoy segura que lograrás hacerlo. Estaré disponible los martes y los jueves de 7 a 8.

 

8-. DEJAR PASAR SUS ASUNTOS SIN ABANDONARLES A ELLOS: deseo que vayas a la universidad, pero no estoy segura de que eso sea importante para ti. Estoy deseosa de hablar contigo de tus pensamientos y planes sobre la universidad siempre que quieras.

 

9-. ACUERDOS Y NO REGLAS: podríamos sentarnos y trabajar en un plan sobre los deberes con el que ambos podamos vivir. Pondremos esto en la agenda para una junta familiar, para que podamos trabajar en un acuerdo.

 

10-.AMAR Y DAR VALOR: “te amo como eres y te respeto para que elijas lo que sea conveniente para ti”

 

11-. PIDA AYUDA: necesito tu ayuda. ¿podrías explicarme porque no es importante para ti hacer los deberes?”

 

12-.COMPARTA SUS SENTIMIENTOS: comparta su verdad usando frases tipo “me siento…… porque…… y desearía……” sin esperar que nadie mas sienta lo mismo o que sus deseos sean concedidos. Esto es un gran modelo para los niños para que aprendan a aceptar sus sentimientos y deseos sin expectativas: “me siento mal cuando no haces tus deberes porque doy mucho valor a la educación y pienso que sería muy beneficioso para ti en tu vida. Realmente desearía que pudieras hacerlo.

 

13-. JUNTAS PARA RESOLVER PROBLEMAS: ¿Cuál es tu imagen de lo que está sucediendo con los deberes?¿estarías dispuesto a escuchar mis preocupaciones? ¿podríamos hacer una tormenta de ideas juntos para buscar alguna posible solución?

 

14-. COMUNICACIÓN RESPETUOSA: “estoy demasiado preocupado para hablar de eso ahora. Lo pondremos en la agenda para las juntas familiares de forma que podamos hablar de ello cuando no esté tan alterada”.

 

15-.INFORMACIÓN FRENTE A ORDENES: “he notado que pasas mucho tiempo viendo la televisión y hablando por el teléfono en el tiempo que tienes asignado para los deberes”. “me he dado cuenta de que dejas tus deberes para el último minuto, y luego te desmoralizas porque piensas que no podrás hacerlo”

 

16-. ANIME A APRENDER DE LOS ERRORES: “veo que te sientes mal por sacar una mala nota. Tengo confianza en que sabrás aprender de ello y descubrir lo que necesitas hacer para sacar la nota que deseas la próxima vez”

 

 

Mientras revisa la lista de respuestas que dan ayuda y las que dan poder, podrá ver cuan fácilmente es hacer un juego de rol con su propia experiencia y las respuestas de ayudar. ¿siente en cambio una falta de experiencia cuando lee las respuestas que dan poder?

 

 

COMENTARIO: estas respuestas que dan poder pueden no parecer tan poderosas como lo son para los padres que están habituados a obtener resultados en el corto plazo controlando, rescatando o abandonando. La parte más difícil de esto es que devolver el poder a los niños muchas veces deviene en fallos y errores. Por tanto es solo cuando comprendemos que los errores y los fallos son una oportunidad para aprender en el proceso del éxito en  la vida, que nos damos cuenta de hasta que punto son importantes estas aseveraciones que devuelven el poder a los niños.

 

Fuente: http://www.positivediscipline.com/files/EMPOWERING_VS_ENABLING.pdf

 

Traducido por: Sole González.

SOBRE LA MENTIRA: CÓMO APRENDER A NO ESTIMULARLA

Del libro “Entre padres e hijos” de Haim Ginnot.

 

Los padres les enfurece que los niños mientan, re todo cuando la mentira es obvia y el mentiroso inepto. Es exasperante oír a un niño insistir en que no tocó la pintura o no se comió el chocolate cuando la prueba se ve clarísimamente en su camisa o en su cara.

 

MENTIRAS PROVOCADAS

Los padres no deben hacer preguntas que tiendan a provocar mentiras defensivas. Los niños se molestan al ser interrogados por un padre, sobre todo cuando sospechan que ya se sabe la respuesta. Odian las preguntas trampa, preguntas que les fuerzan a escoger entre una mentira torpe y una confesión embarazosa.

Quique, de siete años, rompió un camión nuevo que le había regalado su padre. Se asustó y escondió los pedazos en el sótano. Cuando su padre encontró los restos del camión, lanzó una serie de preguntas inquisitivas que desataron una situación tensa.

Padre: ¿Dónde está tu camión nuevo?

Quique: En alguna parte.

Padre: No te he visto jugar con él.

Quique: No sé dónde está.

Padre: Encuéntralo. Lo quiero ver.

Quique. Quizá alguien robó el camión.

Padre: ¡Eres un mentiroso! ¡Rompiste el camión! No creas que esto va quedar así. ¡Si hay algo que no soporto es un mentiroso!

Esta fue una batalla innecesaria. En lugar de jugar furtivamente a detective y fiscal, y etiquetar a su hijo como mentiroso, el padre habría ayudado más a su hijo diciéndole: «Veo que tu camión nuevo está roto. No duró mucho tiempo. Qué pena. Te gustaba mucho jugar con él».

El niño podría haber aprendido varias lecciones valiosas: papá entiende. Puedo contarle mis penas. Debo tratar mejor sus regalos. Tengo que tener más cuidado.

Así que no es buena idea hacer preguntas cuyas respuestas ya conocemos. Por ejemplo: “¿Recogiste la habitación como te pedí?» mientras estamos mirando una habitación desordenada, o « fuiste al colegio hoy?» después de ser informados de que no ha ido. Es preferible una declaración: «Veo que la habitación todavía no está recogida» o «Nos han dicho que hiciste novillos hoy».

¿Por qué mienten los niños? A veces mienten por que no se les permite decir la verdad.

Guille, de cuatro años, entró en la sala como un huracán, enfadado, y se quejó a su madre:

« Odio a la abuelita!». La madre, horrorizada, contestó: «No es verdad. ¡Quieres a la abuelita! En esta casa no odiamos. Además, ella te hace regalos y te lleva a muchos sitios. ¿Cómo puedes decir una cosa semejante?».

Pero Guille insistió: «No, la odio, la odio. No quiero verla nunca más». Su madre, muy disgusta da ahora, decidió emplear un método educativo más drástico. Le dio un manotazo.

Guille, no queriendo que le castigaran más, cambió de parecer: «Quiero mucho a la abuelita, mamá», dijo. ¿Cómo respondió mamá? Le abrazó, le besó y le alabó por ser un buen muchacho.

¿Qué aprendió el pequeño Guille de este intercambio? Es peligroso decir la verdad, compartir tus verdaderos sentimientos con tu madre. Cuando eres veraz, te castigan; cuando mientes, te acarician. La verdad duele. Apártate de ella. Mamá ama a los pequeños mentirosos. A mamá sólo le gusta oír verdades agradables. Dile solo lo que ella quiere oír, no lo que realmente sientes.

¿Qué podría haber contestado la madre si que ría enseñar a Guille a decir la verdad?

Habría reconocido su disgusto: «Ay, ya no quieres a la abuela. ¿Te gustaría decirme lo que hizo para enfadarte tanto?». El puede haber contestado:

«Trajo un regalo para el bebé, y para mí, nada».

Si queremos inculcar honestidad, entonces debemos prepararnos para escuchar tanto las verdades amargas como las verdades agradables. Si los niños van a crecer y a ser educados en la honradez, no deben ser animados a mentir sobre sus sentimientos, ya sean positivos, negativos o ambivalentes. De nuestras reacciones a sus sentimientos expresados los niños aprenden si lo mejor es ser sincero o no.

Mentiras que dicen verdades. Cuando son castigados por decir la verdad, los niños mienten en defensa propia. También mienten para concederse en la fantasía lo que les falta en la realidad. Las mentiras dicen verdades sobre temores y esperanzas. Revelan lo que a uno le gustaría ser o hacer. Para un oído experto, las mentiras revelan lo que pretenden ocultar. Una reacción madura a una mentira debe reflejar entendimiento de su significado en lugar de rechazo de su contenido o condena de su autor. La información sacada de la mentira puede utilizarse para ayudar a un niño a distinguir entre la realidad y sus ilusiones

Cuando Carmina, de tres años, explicó a su abuela que había recibido un elefante vivo por Navidad, la abuela reflejó su anhelo en lugar de intentar demostrar a su nieta que era una mentirosa. Le contestó: «Te haría ilusión. ¡Te gustaría tener un elefante! ¡Te gustaría tener tu propio zoo! ¡Te gustaría tener toda una selva llena de animales!».

Roberto, de tres años, le dijo a su padre que había visto un hombre tan alto como el edificio Empire State. En lugar de contestar «Qué locura. Nadie es tan alto. No digas mentiras», este padre aprovechó la oportunidad para enseñar a su hijo algunas nuevas palabras mientras reconocía su percepción en lugar de negarla: «Ah, ¡debes de haber visto un hombre muy grande, un hombre gigantesco, un hombre enorme, un hombre inmenso!».

Mientras jugaba en la arena, haciendo un camino, Gregorio, de cuatro años, de repente miró a su madre, gritando: «Mi camino se está destrozando por una tormenta. ¿Qué hago?». «¿Qué tormenta?—preguntó la madre en un tono fastidiado—. No veo ninguna tormenta. No digas tonterías.»

La tormenta en la arena que la madre ignoró estalló en la vida real. Gregorio tuvo una rabieta como un huracán. Esta tempestad podría haberse evitado si la madre hubiera reconocido la percepción del niño entrando en su mundo imaginario y preguntando: «tormenta se está llevando el camino que tanto te costó construir? Vaya». Entonces, mirando al cielo, podría agregar: «Por favor, paren de diluviar allá arriba. Se está llevan do por delante el camino de mi hijo».

TRATAR CON LA FALSEDAD: UN POCO

DE PREVENCIÓN VALE MÁS QUE UN MONTÓN DE INVESTIGACIÓN

Nuestra política sobre la mentira está clara: por un lado, no debemos hacer de fiscal o pedir confesiones o convertir un acceso de imaginación en un caso criminal. Por otro lado, no debemos dudar en llamar al pan, pan y al vino, vino. Cuando encontramos que ha vencido el plazo de préstamo de un libro de la biblioteca pública, en lugar de preguntar: « has devuelto el libro a la biblioteca? ¿Estás seguro? ¿Cómo es que todavía está en tu escritorio?», debemos afirmar: «Veo que ha vencido el plazo de tu libro».

Cuando la escuela nos informa de que nuestro hijo ha suspendido una prueba de matemáticas, no debemos preguntar: «¿Aprobaste la prueba de matemáticas?… ¿Estás seguro?… Bien, ¡mentir no te sacará de apuros esta vez! Hemos hablado con tu profesor y sabemos que suspendiste escandalosamente».

En vez de eso, digamos directamente a nuestro hijo: «El profesor de matemáticas nos ha dicho que suspendiste la prueba. Estamos preocupados y queremos saber cómo podemos ayudarte».

En pocas palabras, no provocamos al niño para que recurra a la mentira defensiva, ni tampoco proporcionamos intencionadamente oportunidades para mentir. Cuando un niño miente, nuestra reacción no debe ser histérica y moralizadora, sino objetiva y realista. Queremos que nuestros h aprendan que no hace falta mentirnos.

Otra manera en que los padres pueden evitar que los niños mientan es evitando la pregunta «¿por qué?». Hubo un tiempo en que «¿por qué?» era un término interrogativo. Este significado desapareció hace mucho. Fue adulterado por el mal uso de «¿por qué?» como forma de crítica. Para los niños, «¿por qué?» representa desaprobación, decepción y disgusto paternos. Suscita ecos de reproche del pasado. Un simple « qué hiciste eso?» puede sugerir «¿Por qué hiciste semejante tontería?»’.

Un padre prudente evita las preguntas dañinas

«¿por qué eres tan egoísta?»

«¿Por qué te olvidas de todo lo que te digo – «¿Por qué nunca puedes ser puntual?»

«¿Por qué eres tan desorganizado?»

«¿por qué no puedes callarte?»

En lugar de hacer preguntas retóricas que n pueden responderse, hagamos declaraciones que muestren comprensión:

«Juan, estaría contento si pudierais compartir.

«Algunas cosas son difíciles de recordar.»

«Me preocupo cuando llegas tarde.»

«¿Qué puedes hacer para organizar tu trabajo? «Tienes muchas ideas.»

Los Siete Significativos

Cada ser humano nace con el potencial de convertirse en la criatura más capaz del mundo, pero no con las capacidades en si mismas. A diferencia de la ameba, que es capaz de funcionar con todo su potencial desde la creación, los seres humanos adquieren sus capacidades primariamente a través del aprendizaje: los jóvenes seres humanos aprenden de aquellos que les han precedido. Cuando este aprendizaje es adecuado, sus cajas de herramientas para la vida, que estaban vacías en el nacimiento, se rellenan con las herramientas esenciales para una vida efectiva. En tiempos de cambio, estas herramientas, que podemos llamar recursos, son particularmente críticas. Por conveniencia, usualmente nos referimos a estos activos como “los siete significativos”. Irónicamente, los investigadores en un inicio los identificaron casi por su ausencia. La introspección profundizó lentamente, a medida que revisábamos la investigación en aquellos jóvenes que con más probabilidad serían clientes del sistema judicial, servicios sociales y servicios humanitarios, y aquellos que fallaron en alcanzar su potencial en la escuela. Muchas de estas personas, hemos descubierto, eran aquellas que mas pobremente se habían desarrollado en estas siete áreas. Inversamente, las personas que viven con eficacia, y que son fuera de serie en muchas facetas de la vida, se caracterizan por una fuerza inusual, y una gran adecuación en estos “siete significativos”.

 

Los niños y adultos que se encuentran en mayor riesgo para su salud en áreas del comportamiento tales como drogadicción, embarazo temprano, delincuencia, pandillas, problemas académicos crónicos y demás, se caracterizan por debilidad o inadecuación en varios o todos los “siete significativos”. Es interesante conocer como la investigación demuestra que las personas que han estado viviendo efectivamente, pero han sido dependientes de químicos (drogas o fármacos) durante un periodo de tiempo, normalmente sufren una regresión en muchas de estas áreas. Una vez desintoxicados, el proceso de recuperación se dirige a fortalecer o reconstruir estos “siete significativos” para ayudarles a mantener su recuperación y permitirles comenzar a crecer de nuevo. De hecho, se podría decir que los niños nacen con un problema de dependencia. Las percepciones y habilidades necesarias para la auto-confianza y la vida efectiva, requieren un desarrollo y un mantenimiento.

 

Los siete Significativos:

 

La investigación a nivel universal revela que los niños que se convierten en adultos exitosos, poseen las siguientes habilidades:

 

1-. Tengo confianza en mi capacidad personal cuando me enfrento a un desafío.

2-. Creo que soy personalmente significativo y puedo hacer contribuciones válidas

3-. Tengo una influencia positiva en mi vida. Tomo la responsabilidad de mis elecciones

4-. Tengo fuertes habilidades intra-personales y manejo mis emociones a través de la autoconciencia y autodisciplina.

5-. Tengo fuertes habilidades interpersonales, soy capaz de comunicar con eficacia, negociar y empalizar con los demás.

6-. Soy capaz de adaptarme con flexibilidad e integridad, tengo fuertes habilidades sistémicas.

7-. Tengo habilidades para juzgar y soy capaz de tomar decisiones con integridad.

 

Ahora consideremos las características de los individuos de bajo riesgo, personas que difícilmente caerán en áreas problemáticas y demuestran ser exitosas, productivas y capaces. Ellos han desarrollado lo que sigue:

 

-Percepción de capacidades personales: ser capaz de enfrentarse a los problemas y aprender de los desafíos.

 

-Percepción de significancia personal, capaz de contribuir en formas útiles y cree que su vida tiene un significado y un propósito.

 

-Percepción de la propia influencia en su vida: capacidad de entender que las acciones y elecciones de uno influyen en la vida de uno, y puede rendir cuentas.

 

-Habilidades intra-personales: capacidad de manejar sus emociones a través del auto-conocimiento, autocontrol y autodisciplina.

 

-Habilidades interpersonales: capacidad necesaria para tratar efectivamente con otros a través de la comunicación, cooperación, compartiendo, empalizando y escuchando.

 

-Habilidades sistémicas: capacidad de responder a los  límites, consecuencias e interrelaciones del sistema humano y los sistemas naturales con formalidad, adaptabilidad, flexibilidad e integridad.

 

-Habilidades para juzgar: capacidad de tomar decisiones y elecciones que reflejan los principios éticos y morales, sabiduría y valores.

 

Un primer objetivo de los procesos de paternidad y enseñanza, es fortalecer estas áreas de forma que las personas jóvenes puedan asumir la vida con una base adecuada de recursos y activos.

 

Para comprender la importancia crítica de esta labor, hay que entender que una persona joven que se considere incapaz, insignificante y que cree que cualquier cosa que le sucede está fuera de su control,  tiende a vivir por defecto y reacción. Son generalmente muy vulnerables sexualmente, químicamente, socialmente, legalmente y/o académicamente.

 

De todos modos, las personas jóvenes que creen firmemente que son capaces de iniciar un aprendizaje y cambiar sus vidas, no importan que circunstancias se encuentren, tienen con ellos la capacidad de influir en como ellos mismos responden y viven, y usualmente viven con acción e intención. Por ello son menos vulnerables.

 

Es posible ayudar a las personas de la primera categoría a progresar hacia la segunda en cualquier momento de su vida, pero cuanto mas jóvenes sean cuando desarrollan la base sólida, mayores beneficios obtendrán para toda su vida.

 

Esta es la base del libro “Raising self-reliant children in a self-indulgent world” escrito por Stephen Glenn en colaboración con Jane Nelsen.

Fuente: http://www.positivediscipline.com/articles/The_Significant_Seven.html

Traducido por: Sole González

La importancia de respetar distintas percepciones

En una era de diversidad, es importante que los profesores y los padres respeten la percepción única de cada ser humano. Necesitamos abolir los juicios a los estudiantes o evaluar sus respuestas sin tomarnos el tiempo de comprender su punto de vista.

 

Mucho del currículum y algunas asunciones de los profesores, reflejan un estilo de vida de clase  media, media-alta. Por eso, muchos educadores sin intención, descorazonan a los niños cuyas percepciones son diferentes de las del estudiante medio.

 

Willie es un pequeño muchacho que procede de un asentamiento de una minoría étnica, en el que su madre vive bajo el umbral de la pobreza, viviendo de la caridad. Willie atraviesa la ciudad en un autobús para ir al colegio con una profesora, miss jeferson, que tiene una experiencia vital muy diferente. Fue educada en una casa de clase media, se ha casado con una persona de alta clase media, y se formó como profesora en una de las partes mas aventajadas del pais. Miss jefferson no tenia ni idea de la realidad de este pequeño muchacho, willie. Ella ha sido enseñada que los niños tienen que responder de determinada manera. No ha aprendido a adaptar el currículo a la realidad de los niños.

 

Actualmente esta es la forma en la que muchos profesores se forman. En lugar de tomarse el tiempo de enseñar a artistas (y enseñar es un arte), los profesores son entrenados para ser tecnicos que implementan un curriculo.Los resultados son los que siguen:

 

Miss jefferson, estaba enseñando una lección sobre el alfabeto. Pregunta: willie, ¿Qué viene después de la A?

 

Willie dice: P (muy asertivamente y confiado)

 

Ella dice: no, eso es un error. ¿Qué viene después de la A? (ella estaba de pie, sobre el en una postura que era juzgadora, amenazadora y descorazonadora. Willie probablemente pensó, bueno, he errardo la primera vez, porque preocuparse ¿Quién quiere equivocarse siempre? Asi que dijo, con la mayor confianza y asertividad: NO LO SE.

 

 

Miss jeffersib dijo: te daré otra oportunidad: ¿Qué viene después de la B?

 

Willie no se daba cuenta de que toda su carrera en primer grado dependía del siguiente momento. Se sintió esperanzado porque le daban otra oportunidad. Estaba seguro de saber la respuesta. Dijo A. miss jefferson parecia muy enfadada cuando dijo: NO ESTAS ESCUCHANDO.

 

La primera pregunta que te hice era ¿Qué viene después de la A? ahora estoy preguntando ¿Qué viene después de la B?

 

Afortunadamente la escuela estaba trabajando en la instrucción cooperativa y en aumentar el dialogo en el aula, por lo que habia en el aula un mentor, para demostrar como trabajar con las percepciones de los alumnos. A este punto, la lección estaba atrasada.

 

El profesor mentor, se puso en cuclillas, de modo que estaba al nivel de willie y le preguntó: willie, hace un minuto, tu profesora dijo ¿Qué viene después de la A? y tu dijiste P. ¿en que estabas pensando?

 

El respondió: apple

 

¿¡oh! ¿quieres decir apple, como la fruta?

 

No, apple, como apple`s bar. Está al otro lado de la calle donde vivo. Nosotros no tenemos libros y cosas de esas, pero mi abuela nos está enseñando a leer con las señales todas las noches.

 

¿Cuál es la configuración de letras mas familiar para willie? Apples bar. ¿aclara esto sus respuestas? En apples bar, ¿Qué viene después de la a? ¿y que viene después de la B? El supervisor, comprobó esto: OK willie, entonces cuando el profesor dijo ¿ue viene después de la B y tu dijiste A en que estabas pensando? Willie respondio: bar.

 

El supervisor dijo: Willie, creo que tu problema es que no le has proporcionado a la profesora un marco de referencia en el que interpretar tus respuestas a sus preguntas.

 

¿Qué es un marco de referencia?

 

El mentor respondió: básicamente, cuando piensas en el apple bar, si hubieras compartido eso con tu profesora, “en apple es la p y en bar es la A” ella habria entendido en que estabas tu pensando.

 

El mentor casi dijo “lo entiendes?”. Lo cual no es una cosa que ayude mucho a una persona joven. Cuando dices eso desde una posición de autoridad, muchas personas de cualquier edad, no tienen la fuerza y la confianza para decir: no, en absoluto. Tu tienes mas experiencia que yo, yo solo estoy tratando de imaginarlo. En lugar de eso, habitualmente mueven la cabeza de arriba abajo diciendo uh cuando realmente no han entendido.

 

El mentor, considerando esto, dijo en su lugar: Ok, para ver si has entendido lo que te he dicho, ¿Qué me responderias si yo te dijera que viene después de la w?

 

Willie pensó un minuto y dijo: en willie, la I.

 

Por tanto lo habia comprendido. El mentor se giró hacia la profesora y le dijo: Un problema que estas teniendo es no darle a willie un marco de referencia en el cual interpretar tus preguntas.

 

Ella dijo ¿un marco de referencia? El problema real estaba expuesto: la profesora no habia sido entrenada para tratar con la diversidad.

 

El mentor dijo bromenado: bien, lo que podias haber dicho es: en el contexto del alfabeto o de la rima sinsentido “abcdefg”* que no tiene nada que ver con leer o con palabras, pero es el unico contexto posible en el que yo estoy deseando considerar tu respuesta ¿Qué viene después de la L? y el podria responder MNOP y volver a su casa libre, aunque sin entender que “mnop” no es una letra.

 

 

*es una cancioncilla inglesa para aprender el alfabeto (eibisidiiefgi…….)

Traducido por Sole González

Original en ingles:http://www.positivediscipline.com/articles/percept.html

Autor: H. Steven Glenn.

Del libro: Raising Self-Reliant Children in a Self-Indulgent World

 

Lectura recomendada al respecto de este mismo tema:

http://www.crefal.edu.mx/biblioteca_digital/coleccion_crefal/rieda/a2002_123/judithk.pdf

No mas consecuencias logicas: enfoque en soluciones

Durante una reunión en clase, se pidió a los alumnos de quinto grado hacer una tormenta de ideas con consecuencias logicas para dos estudiantes que no habían oído la campana para volver a clase del recreo y llegaron tarde. A continuación viene la lista de “consecuencias”:

 

-hacerles escribir sus nombres en la pizarra

-hacerles quedarse en clase tras terminar los mismos minutos que se retrasaron

-quitarles esos mismos minutos del recreo del dia siguiente

-dejarlos sin recreo al dia siguiente

-el profesor podria gritarles

 

A continuación se pidió a los alumnos que olvidaran las consecuencias y que hicieran una tormenta de ideas que pudieran ayudar a estos estudiantes a no volver a llegar tarde:

 

-todos los alumnos podria gritar “campana”

-los niños podrian jugar mas cerca de la campana

-deberian estar atentos a los otros niños para ver cuando entran

-ajustar el sonido de la campana para que suene mas fuerte

-los niños podrian elegir un compañero que les recordara que es hora de entrar

 

 

La diferencia entre las dos listas es profunda. La primera parece y suena como una lista de castigos. Se enfoca en el pasado y en hacer a los niños pagar por sus faltas. La segunda lista suena a soluciones que se enfocan en ayudar a que los niños sean mejores en el futuro. Se enfoca en ver los problemas como oportunidades de aprendizaje. En otras palabras: la primera lista esta diseñada para herir, la segunda está diseñada para ayudar.

 

En la primera lista, los niños tratan de disfrazar el castigo llamandole consecuencias logicas. ¿Por qué hacen eso?¿puede ser que sea lo que estan aprendiendo de los adultos?. Las 4 R de las consecuencias logicas (relacionadas, respetuosas, razonables y avisadas con anterioridad) fueron concebidas como un intento de detener la tendencia a que las consecuencias logicas sonaran a castigos. Pero no sirvieron para eliminar por completo este problema.

 

¿De donde hemos sacado la loca idea de que para lograr que los niños actuen mejor primero tenemos que hacer que se sientan peor? Cuando la gente escucha por primera vez el termino “disciplina positiva” se rien mientras piensan como puede tener eso algun sentido. De todas formas, cuando llega la hora de aplicarlo, parece que padres y profesores y niños tienen dificultades en aceptar que la gente se porta mejor, cuando se siente mejor.

 

Por ejemplo, a muchos profesores les agrada de la primera lista los puntos dos y tres. Es cierto que esas sugerencias cumplen los requisitos de ser relacionadas, razonables y podrian ser enfocadas respectuosamente y avisadas con anterioridad. Pero en cualquier caso se enfocan en hacer al niño pagar por los errores pasados en vez de en encontrar una solución que resuelva el problema en el futuro. En otras palabras: están diseñadas para hacer que el niño se sienta mal en la esperanza de que ello le motivará para comportarse mejor. El castigo con frecuencia detiene el mal comportamiento, pero prácticamente nunca motiva a los niños a portarse mejor en un futuro. En lugar de eso les motiva para revelarse, tomarse la revancha o ser mas cuidadosos para evitar ser “cazados” en el futuro.

 

Kay Rogers, una profesora recientemente retirada de una escuela en Carolina del Norte, dijo: “ después de escuchar la posibilidad de enfocarse en soluciones en lugar de en las consecuencias, este fue un habito muy difícil de romper para mi. Toda mi vida habia creido que los niños aprendian del castigo, o al menos de las consecuencias. Ahora veo que mis estudiantes y yo, ambos habiamos tratado de disfrazar el castigo de consecuencias, aunque las consecuencias no fueran tan asperas como un castigo verdadero. Tuve que aprender de la eficacia del enfoque en soluciones, acompañada de mis estudiantes. Todos nos sorprendimos de lo diferente que transcurria la clase. El nivel de respeto y cuidado por los demas se elevó diez puntos. Los estudiantes se mostraron complacidos de encontrar su nombre en la agenda, porque ellos sabian, como Jane Nelson nos habia dicho, que tendrían a una clase completa de personas que les darian sugerencias valiosas. Y  las soluciones que ellos encontraron fueron mucho mas eficaces para cambiar el comportamiento que cualquier cosa que hubieramos hecho anteriormente.

 

Esto no significa que las consecuencias logicas no puedan ser eficaces cuando se entienden de forma correcta y se aplican apropiadamente. Espero que el capitulo de consecuencias naturales y logicas en la nueva edición revisada del libro “disciplina positiva”pueda ayudar. De todos modos las consecuencas logicas, raramente son la unica y necesaria posibilidad. Rudolfh Dreikurs nos enseñó que las consecuencias logicas son efectivas solo para el objetivo erroneo de la atención indebida (e incluso en ese caso no son la unica opción). Demasiados adultos buscan las consecuencias logicas para castigar cada comportamiento. Buscar una solución es mas efectivo en la mayor parte de las situaciones.

 

Muchos profesores ahora enseñan las tres R y una U para la búsqueda de soluciones: relacionadas, respetuosas, razonables y utiles. Una vez que los estudiantes han llevado a cabo la tormenta de ideas con soluciones para un problema, es muy importante que el estudiante que plantea el problema pueda elegir la opción que piensa que le pueda ser de mas ayuda. Solo ser hará una votación en caso de que el problema involucre a toda la clase.

 

Por supuesto, enfocarse en soluciones en lugar de en las consecuencias tambien es util en casa. Un padre dijo: no puedo creer cuantas batallas habia creado por tratar de imponer consecuencias logicas. Tambien tenemos mucha mas paz en casa cuando nos enfocamos en las soluciones.

 

El capitulo de consecuencias logicas en el libro Disciplina positiva explica cuando y como usar con eficacia las consecuencias logicas. De todos modos en la mayor parte de los casos es mucho mas util enfocarse en las soluciones.

Traducido por Sole.

El articulo original de Jane Nelsen:

http://www.positivediscipline.com/articles_teacher/NO%20MORE%20LOGICAL%20CONSEQUENCES.html

Lo que no saben hacer los imbéciles

Articulo publicado por Javier Cercas en su sección “palos de ciego” de la revista “el pais semanal” con fecha: 3-10-10

 

El número de septiembre de la revista Letras libres contiene una interesantísima correspondencia entre el escritor J. M. Coetzee y Arabella Kurtz, profesora de psicología en la Universidad de Leicester. El hilo conductor de ese diálogo es la vindicación que Coetzee hace de la empatía, entendiendo por tal cosa la capacidad de identificarnos imaginativamente con otra persona, de meternos en su cabeza y en su piel, de ver el mundo como ella lo ve: una capacidad que Coetzee parece valorar casi tanto como nuestra capacidad de razonar. Esa vindicación permite a los dos interlocutores discurrir acerca de asuntos diversos, sobre todo acerca de la paternidad y la educación, lo que resulta particularmente instructivo en el contexto español. Quiero decir que en España el debate sobre la educación parece a menudo encallado en el debate sobre la autoridad, o más bien sobre la crisis del concepto de autoridad, que se traduce en la falta de autoridad de padres y profesores; pero, formulado en esos términos, el debate es, me parece, desoladoramente pobre, si no inútil, porque el problema no es si padres y profesores deben ejercer la autoridad –cosa que debería darse por descontada–, sino cómo pueden o saben o quieren ejercerla. Pues bien, respondiendo a la visión trágica que Coetzee tiene de la paternidad –“Es parte de la tragedia de la paternidad que el amor de los padres no se reconozca como amor”, escribe; “es decir, que el amor entre padres e hijos es unilateral”–, afirma Kurtz: “Hablando como hija, pienso que cuando un padre ama a sus hijos, cuando intenta entenderlos y cuidarlos en sus propios términos y no se relaciona con ellos a partir de sus necesidades personales, esto es percibido como amor, incluso desde una edad muy temprana. Hablando como madre, pienso que algunas veces es tremendamente difícil amar a tus hijos de este modo”.

 

Me parece exactísimo: la cuestión no radica en ejercer la autoridad sobre un niño –esto sabe hacerlo hasta un imbécil–, sino en ejercerla después de identificarnos imaginativamente con él, de meternos en su cabeza y en su piel, de ver el mundo como él lo ve, y de hacerlo todo ello en función de sus necesidades y no de las nuestras; esa es sin duda una operación difícil, pero también una forma de que la paternidad se parezca un poco a lo que era para Kafka, que nunca tuvo un hijo: “Lo máximo a que, a mi parecer, puede aspirar una persona”. No todo el mundo tiene esa capacidad de empatía, sin embargo, o no todo el mundo está dispuesto a realizar ese esfuerzo. En 1966 el dramaturgo Arthur Miller tuvo un hijo con síndrome de Down; recién cumplidos los 51 años, Miller juzgó que aquel hijo, de nombre Daniel, desbarataba su proyecto vital, y a los cuatro días de su nacimiento lo ingresó en un orfanato, lo borró de su vida y no volvió a verlo hasta que 29 años más tarde, al terminar un acto público en el que él acababa de hablar en defensa de un discapacitado mental acusado de asesinato, su hijo abandonado subió al escenario, le dijo quién era y lo abrazó. La historia de Miller es conocida; no menos conocida es una historia opuesta. Tres años antes de que naciera el hijo deficiente de Miller, nacía el hijo deficiente del novelista Kenzaburo Oé; se llamaba Hiraki y era hidrocefálico y autista, y los médicos aconsejaron al padre dejarlo morir. Por entonces Oé acababa de cumplir 28 años y tenía una vida y una carrera literaria prometedoras por delante, pero no aceptó la sentencia de los médicos, y, tras una operación, su hijo siguió viviendo. A partir de aquel momento Oé dedicó exclusivamente su vida a cuidar a su hijo, y sus obras a tratar de entenderlo (y a tratar de entenderse a sí mismo a través de su hijo); a este doble empeño se debe quizá que Hiraki Oé sea ahora mismo un reconocido compositor musical y se debe sin duda que Kenzaburo Oé sea uno de los grandes narradores vivos, porque muchos de sus libros –entre ellos obras maestras como Una cuestión personal o como Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura– constituyen un salvaje esfuerzo moral por asumir su responsabilidad en el destino de su hijo y un esfuerzo imaginativo asombrosamente logrado por ponerse en la piel de su hijo.

Es dudoso que Kenzaburo Oé hubiera llegado a ser el enorme escritor que es sin haber aceptado con plenitud a Hiraki Oé; es un hecho que, a partir de mediados de los sesenta, cuando fue incapaz de aceptar a Daniel Miller, Arthur Miller entró en decadencia y dejó de ser el enorme escritor que había sido. Me disculpo: quizá es abusivo, o simplista, establecer una relación de causa y efecto entre la irresponsabilidad moral y la decadencia artística de un escritor. De hecho, quizá es irresponsable hablar de irresponsabilidad moral. Puede ser. Pero, si tiene razón Savater y todo lo que cuenta en la ética es el reconocimiento de lo humano por lo humano y el deber íntimo que nos impone, entonces quizá no lo es. Porque quizá no hay ética sin empatía.

Fuente:http://www.elpais.com/articulo/portada/saben/hacer/imbeciles/elpepusoceps/20101003elpepspor_2/Tes

Sobre la conversación via mail que origina este articulo, he encontrado la reproducción completa de las mismas.

http://akantilado.files.wordpress.com/2010/08/la-trama-del-hombre.pdf

Propiciar la colaboración

El capítulo 2 del libro “como hablar para que sus hijos escuchen, y como escuchar para que sus hijos hablen”, de las escritoras Adele Faber y Elaine Mazlish

Editorial: HarperCollins Publishers
Fecha de publicación: 08/05
Encuadernación: Tapa blanda
Número de páginas: 264
ISBN: 0-06-073088-9 / 978-0-06-073088-8

CÓMO PROPICIAR LA COLABORACIÓN

PRIMERA PARTE

A estas alturas, sus hijos ya le habrán brindado numerosas oportunidades de poner en práctica su capacidad de escuchar. Los hijos, por regla general, saben cómo comunicarnos —alto y claro— que algo les inquieta. Recuerdo que en mi casa cualquier día con los niños era como un Festival de teatro. Un juguete perdido, un corte de pelo excesivo, una nota u gente para la escuela, unos vaqueros nuevos que no se ajustaban bien, una pelea con algún hermano; cualquiera de estas crisis podía generar suficientes lágrimas y pasiones para montar un drama en tres actos. Nunca nos faltó material.

La única diferencia es que en el teatro cae el telón y el público se va a casa. Los padres no pueden darse ese lujo. De un modo u otro debernos enfrentarnos a las ofensas, la cólera, la frustración, y conservar intacta nuestra salud mental.

Ahora sabernos que los antiguos métodos no son válidos. Ninguna de nuestras explicaciones y palabras tranquilizadoras aporta solaz a nuestros hijos, y a nosotros nos agotan. Sin embargo, los métodos nuevos pueden entrañar también problemas. Pese a haber aprendido cuánto más reconfortante puede ser una respuesta solidaria, no siempre nos es fácil darla.

Para muchos de nosotros el lenguaje es novedoso y ajeno. Hay padres que me dicen:

«Al principio me sentía raro —no era yo mismo—, como si estuviera representando un papel. »

«Me sentía muy poco natural, pero algo debí de hacer bien porque mi hijo, que nunca pasaba del monosílabo y del “ obligatorio?”, de repente ha empezado a hablar conmigo.»

«Yo me sentía cómodo, pero los niños parecían inquietos. Me miraban con recelo.»

«Descubrí que antes nunca había escuchado a mis hijos. Esperaba que terminasen de hablar para decir lo que tenía en mente. Escuchar de ver dad es una ardua tarea. Tienes que concentrarte si no quieres dar una respuesta estereotipada.»

Otro padre informó (le un fracaso. «Lo intenté y no dio resultado. Mi hija volvió de la escuela dominical muy desencajada. En vez del habitual “ qué pones esa cara?”, le dije: “Amy, pareces disgustada”. Estalló en llanto, fue hasta su habitación y cerró de un portazo.»

Le expliqué al padre en cuestión que, incluso cuando no da «resultado», de algo sirve. Amy percibió un tono distinto aquel día, un tono que le decía que a alguien le importaban sus sentimientos. Le insté a no rendirse. Dentro de un tiempo, cuando Amy se haya convencido de que puede contar con la aceptación de su padre, se decidirá a confesarle sin miedo io que la aflige.

Quiza la reacción más memorable que he oído es la de un adolescente que conocía la asistencia de su madre a mis talleres. El chico volvió a casa del colegio mascullando entre dientes:

—No tenían derecho a excluirme del equipo sólo porque había olvidado los pantalones de gimnasia. He tenido que ver todo el partido desde el banquillo. ¡Qué injusticia!

—Debes de haber pasado un mal rato —repuso la madre cariacontecida.

El chico le espetó:

—(Tú siempre te pones de su parte!

Ella le agarró por el hombro.

—Jimmy, me parece que no me has oído bien. He dicho que lo habrás pasado fatal.

El muchacho pestañeó y la miró fijamente. Luego exclamó:

—    debería ir también a esos cursos!

—     

En el capítulo anterior hemos estudiado la forma como los padres pueden ayudar a sus hijos a afrontar sus sentimientos negativos. Ahora querríamos centrarnos más en ayudar a los padres a asumir su propia negatividad.

Una de las frustraciones inherentes a la paternidad es la batalla diaria para que nuestros hijos se comporten de un modo aceptable para nosotros y para la sociedad. Puede ser un trabajo enloquecedor, muy laborioso. Una parte del problema radica en el conflicto de necesidades. La necesidad del adulto es una semblanza de pulcritud, orden, urbanidad y rutina. A los niños nada podría importarles menos. ¿Cuán tos de ellos se avendrían, por su propia voluntad, a bañarse, a decir «por favor» o «gracias» y a cambiarse la ropa interior? ¿Cuántos lleva rían siquiera esa ropa? Los padres invierten grandes dosis de energía en inducir a sus hijos a adaptarse a las normas Sociales. Y, por algún motivo, cuanto más nos apasionamos nosotros más activamente se nos resisten.

Sé que ha habido muchos momentos en los que mis propios hijos veían en mí a un enemigo, una persona que siempre les estaba obligando a hacer lo que no querían: «Lávate las ruanos.., lisa la servilleta… Baja la voz… Cuelga el abrigo… ¿has hecho los deberes?… ¿Estás seguro de que te has lavado los dientes?… Vuelve al lavabo y tira de la cadena… Pon te el pijama… Ve a acostarte…

También era yo quien les impedía hacer lo que más deseaban: «No comas con los dedos… No des puntapiés en la mesa… No eches arena a los ojos… No saltes en e sofá… No le estires la cola al gato… ¡No te metas los guisantes en la nariz!».

La actitud de los niños era: «Hago lo que me viene en gana». Mi actitud era: «Harás lo que yo te mande», y estalló la guerra. Llegó un momento en el que se me revolvían las tripas cada vez que tenía que encomendar a mis hijos la tarea más simple.

Tómese ahora unos minutos para pensar qué pone más empeño en que hagan. o no hagan, sus hijos en un día típico. A continuación indique en el espacio inferior los «deberes» y las «restricciones».

Ya sea Su lista larga o corta, ya sean realistas o falaces sus expectativas, cada punto señalado representa SU tiempo, su energía, y contiene todos los ingredientes necesarios para una guerra de voluntades.

¿Existe alguna solución?

Revisemos en primer lugar algunos de 1 métodos usados más frecuentemente por los adultos para que los niños colaboren. Al leer el ejemplo que ilustra cada método, retroceda en el tiempo e imagine que es un niño oyendo hablar a sus padres. Imprégnese bien de las palabras. ¿Qué le hacen sentir? Cuando tenga la respuesta, anótela. (Otra manera de realizar este ejercicio es pedirle a un amigo que le lea los ejemplos en voz alta y escuchar con los ojos cerrados.)

1. Reproches y acusaciones.

« he vuelto a encontrar huellas por toda la puerta! ¿Por qué has de ensuciarla siempre? Y en cualquier caso, ¿qué es lo que te pasa? ¿Es que no puedes hacer nada a derechas? ¿Cuántas veces tendré que decirte que uses e pomo? Tu problema es que no me escuchas.»

2. Insultos.

«Hoy estamos bajo cero y tú te pones una chaqueta de entretiempo. ¿Cómo puedes ser tan memo? ¡Mira que llegas a hacer idioteces!»

«Vamos, deja que te arregle yo la bicicleta. Ya sabes lo torpe que eres con la mecánica.»

«Pero ¿tú has visto cómo comes? Es repugnante.»

« que ser un marrano para tener la habitación tan sucia! Vives como las bestias.»

3. Amenazas.

«Vuelve a tocar esa lámpara y te daré un bofetón.»

«Si no escupes el chicle ahora mismo, re abriré la boca y te lo quitaré yo.»

«Si no has terminado de vestirte cuando cuente hasta tres, me iré

sin ti.»

4. Órdenes.

«Quiero que limpies tu habitación en este mismo instante.»

«Ayúdarme a entrar los paquetes. ¡Venga, date prisa

« no has sacado la basura? ¡Hazlo inmediatamente! Pero

¿qué estás esperando? ¡Muévete de una vez!»

5. Sermones moralizantes.

« te parece bonito lo que has hecho, arrancarme el libro de las manos? Veo que no has comprendido la importancia de tener buenos moda les. lo que intento inculcarte es que si prctendes que los demás sean educados contigo, tú a cambio habrás CIC ser educado con ellos. No te gustaría que te quitasen así uno de tus juguetes, ¿verdad? Pues procura ser respetuoso con las cosas ajenas. No hagas a otros lo que no quieras para ti mismo.»

6. Advertencias.

« no te quemes!»

«Si no andas con ojo te atropellará un coche.»

« te subas a ese árbol! ¿Es que quieres caerte?»

«Ponte la chaqueta o pillarás un resfriado.»

7. Victimismo.

« ya de armar escándalo! ¿Qué intentáis conseguir, que me ponga enferma? ¿Que me dé un ataque de corazón?»

«Ya veréis cuando tengáis hijos propios. Entonces sabréis lo que es la crispación.»

« ves estas canas? Pues las tengo por tu culpa. Estás cavando mi tumba.»

8. Comparaciones.

« qué no te parecerás más a tu hermano? El siempre acaba sus trabajos con antelación. »

« es tan delicada en la mesa! Nunca la he sorprendido comiendo con los dedos.»

« por qué no te vistes como Gary? Va siempre va pulido, con el pelo corto y la camisa por dentro.., Es un placer mirarle.»

9. Sarcasmos.

« que tienes un control mañana y te has dejado el libro en la escuela? Qué espabilado! Es todo un alarde de inteligencia.»

« es lo que vas a ponerte, lunares y cuadros escoceses? Bien, no hay duda de que te lloverán las felicitaciones.»

« son éstos los deberes que vas a presentar mañana en clase? En fin, quizá tu profesor sepa lee!’ chino; yo, no.»

10. Profecías.

«Así que me mentiste respecto a tus calificaciones. ¿Sabes lo que vas a ser cuando crezcas? Una persona en quien nadie podrá confiar.»

«Si continúas siendo tan egoísta, nadie querrá jugar contigo. A este paso vas a quedarte sin amigos.»

«Te pasas la vida quejándote. Ni una sola vez has intentado apañarte por ti mismo. Ya te veo dentro de diez años: encallado en los mismos problemas y sin parar de protestar.»

Ahora que ya sabe cómo reaccionaría ante estas premisas el «niño» que hay en usted, quizá le interese conocer las reacciones de otras personas. Evidentemente, dos niños distintos darán también respuestas distintas. Exponemos algunas muestras extraídas de un mismo grupo.

Reproches y acusaciones. «La es más importante que yo.» «Mentiré y diré que no he sido yo.» «Soy una nulidad.» «Estoy acobardado.» «Me gustaría poder insultarla.» «que no te escucho? Así será desde hoy.»

Insultos. «Tiene razón, soy un manazas y un burro.» «qué intentarlo siquiera?» «Yo le enseñaré. La próxima vez no llevaré ni el jersey.» «La odio.» « hombre, ya empezamos de nuevo!»

Amenazas. «Tocaré la lámpara cuando no mire.» «Tengo ganas de llorar.» «Estoy asustado.» «déjame en paz!»

Órdenes. <ObIígame si te atreves.» «Tengo miedo.» «No quiero moverme.» «Aborrezco ese genio.» «Haga lo que haga, habrá follón.» < puedo largarme de aquí?»

Sermones moralizantes. «Bla, bla, bla… ¿Quién te escucha?» «Soy un cretino.» «No valgo nada.» «Quiero huir muy lejos.» «Pero qué aburrimiento!»

Advertencias «El mundo es siniestro, peligroso » «no llegare a ser nunca autosuficiente? No puedo hacer nada sin meterme en líos.»

Victimismo «Me siento culpable » «Estoy aterrado Es culpa mia que haya

enfermado» <a quien le importa?”

C’omparaciones. «Quiere a cualquiera más que a mí.» « detesto a

Lisa!» «Soy un fracaso total.» «Odio a Gary.»

Sarcasmos. «No me gusta que se burlen de mí. Es mezquino.» «Me siento

humillado, desorientado.» «No merece la pena esforzarse.» «Esta me las

pagará.» «Por mucho que lo intente, nunca destacaré.» «Ardo en resentimiento.»

Profecías. «Tiene razón. Nunca valdré para nada.» « no se puede confiar en mí? Le demostraré que se equivoca.» «Soy un caso perdido.» «Abandono.» «Estoy predestinado.»

Si nosotros los adultos experimentamos esos sentimientos sólo por leer unas palabras impresas ¿qué sentirán los auténticos niños?

¿Existen alternativas? ¿Hay algún mecho de propiciar la colaboración de nuestros hijos sin menoscabar su autoestima ni dejarles una secuela de sentimientos nocivos? Se conocen métodos m asequibles para los padres, que no les exijan un tributo tan alto?

Queremos compartir con c lector cinco tácticas que nos han sido muy provechosas a nosotras y a los padres de nuestros talleres. Ninguna de ellas funcionará con todos los niños. Ninguna se ajustará a todas las personalidades. Y, por último, ninguna será eficaz en todo momento. Lo que hacen estas cinco tácticas, sin embargo, es crear un clima de respeto en el que podrá germinar el espíritu participativo.

TACTICAS PARA QUE LOS HIJOS COLABOREN

1. Describir. Describa lo que ve o describa el problema.

2 Dar información

3. Expresarse sucintamente.

4. Comentar los propios sentimientos.

5. Escribir una nota.

 

Aquí las tienen: son cinco tácticas que fomentan la colaboración y no dejan resquicios de animosidad.

Si por casualidad sus hijos están ahora mismo en la escuela, acostados o, milagrosamente, jugando sin alborotar mucho, ésta es su oportunidad de intercalar cinco minutos de práctica. Puede perfeccionar sus habilidades con unos niños hipotéticos antes de que le caigan encima los de carne y hueso.

Ejercicio 1. Entra en su dormitorio y descubre que su hija recién bañada ha dejado la toalla mojada sobre la colcha de la cama.

A- Escriba el típico comentario que haría un padre común sin obtener ningún resultado.

B. En la misma situación, señale cómo podrían utilizarse las técnicas

que aparecen a continuación para estimular la colaboración de su hija.

 1. Describir (describa lo que ve o describa el problema):

2. Dar información:

3. Expresarse sucintamente:

4. Comentar los propios sentimientos:

5. Escribir una nota

 

 

Acaba de aplicar cinco métodos diferentes a la misma situación.

En las situaciones siguientes, elija la técnica que cree que sería más eficaz con su propio hijo.

Ejercicio 2.

-Situación A. Está envolviendo un paquete y no encuentra las tijeras.

Su hijo tiene unas, pero le quita continuamente las suyas y no las devuelve.

Comentario inútil:

Actitud cabal:

Técnica utilizada:

-Situación B. Su pequeño se obstina en descalzarse y dejar las zapatillas

de deporte en la puerta de la cocina.

Comentario inútil:

Actitud cabal:

Técnica utilizada:

-Situacion C. Su hijo ha colgado en c armario el in totalmente empapado.

Comentario inútil

Actitud cabal:

Tíécnica utilizada:

___________________

Situación D. Ha reparado en que últimamente su hijo no se lava los dientes.

Comentario inútil:

Actitud cabal:

Técnica utilizada:

Recuerdo mis propias experiencias cuando empecé a ejercitarme en

esta prácticas. Estaba tan ansiosa por poner en vigor el nuevo enfoque

en mi fimilia que volví a casa de una reunión, tropecé con los patines de

mi hija en el recibidor y le dije dulcemente: «Cariño, los patines deben

guardarse en el armario». Me sentí como una heroína. Cuando la niña

me miró impertérrita y reanudó su lectura, le di un cachete.

Desde entonces he aprendido dos cosas:

1) Es capital ser auténtico. Fingirme tranquila cuando estoy encolerizada se vuelve forzosamente en mi contra. No sólo falla el contacto

sino que, al haber sido «demasiado comedida», acabo desfogándome con mi hija de todos modos. Hubiese sido más efectivo gritar: «el sitio de los patines es el armario!». Entonces la niña se hubiera movido al instante

2) No haber «salido airosa» la primera vez no significa que haya que revertir a los viejos métodos. Tengo más de una técnica a mi disposición. Puedo usar una combinación de varias y, si es necesario, con creciente intensidad. Por ejemplo, en el caso de la toalla mojada podría empezar recalcándole pausadamente a mi hija: ‘<Esa toalla está mojando la colcha».

Luego lo combinaría con un: «Las toallas usadas deben dejarse en el cuarto de baño».

Si la pequeña estuviese absorta en una de sus ensoñaciones y quisiera realmente infiltrarme en sus pensamientos, aumentaría el volumen: « la toalla!».

Supongamos que la niña no se inmuta y comienzo a impacientarme. Siempre puedo elevar un poco más el tollo: « no quiero dormir toda la noche en una cama húmeda y fría!».

Quizá no deseara desgastar mi voz. Si así fuese, lo idóneo sería deslizar una nota en su libro omnipresente: «Las toallas mojadas sobre mi cama me ponen a cien».

Incluso podría imaginarme a mí misma lo bastante iracunda como para decir: «No me gusta que me menosprecien. Estoy poniendo tu toalla en su sitio, así que ahora tienes una madre resentida».

Hay mil maneras de acomodar el mensaje al talante.

Ahora quizá desee aplicar estas tácticas a las realidades de su propio hogar. Si es así, dé un somero repaso a su lista (los «deberes» y «restricciones» de la página 51. ¿Es posible que algunos imperativos de dicha lista se les faciliten a usted y a sus hijos usando los métodos que acabamos de discutir? Tal vez las tácticas del capítulo 1 sobre cómo aceptar los sentimientos negativos del niño contribuyan asimismo a aligerar la situación.

Dedíquele un tiempo de reflexión y anote los métodos que le gustaría ensayar esta semana.

 

SEGUNDA PARTE:

 

COMENTARIOS, PREGUNTAS E HISTORIAS DE LOS PADRES

 

Preguntas

1. ¿No es «cómo» se dice algo a un niño igual de importante que «lo

que» se dice?

Por descontado que sí. La actitud que subyace a sus palabras es tan importante como las palabras mismas. La actitud con la que prosperan los niños es la que comunica poco mas o menos: «Eres basicamente una persona adorable y eficiente. Ahora mismo hay un problema que requiere tu atención. Una vez hayas tomado conciencia de él, lo más probable es que respondas responsablemente».

La actitud que derrota completamente a los niños es la que comunica:

«Eres básicamente irritante e inepto. Siempre te las ingenias para hacerlo

todo mal, y este último incidente es una prueba más de tu absoluta incapacidad».

2. Si la actitud es tan fundamental, ¿para qué preocuparse de las palabras?

Una mirada paterna de animadversión o un tono desdeñoso pueden

herir profundamente a un niño. Pero si además le llueven palabras como

«estúpido», «descuidado», «irresponsable», «todo lo haces mal» o «no

aprenderás nunca», se sentirá todavía más dolido. Las palabras tienen el

don de perdurar larga y venenosamente en la memoria. Y lo peor es que

algunos niños las resucitan más tarde para esgrimirlas como armas contra sí mismos.

3. ¿Qué hay de malo en pedirle a un niño «por favor» que haga lo que queremos?

Naturalmente, cuando solicitamos pequeños servicios como «por favor, pásame la sal» o «por favor, sujeta la puerta», este término es una cortesía común, un recurso para restar brusquedad a órdenes de otro modo tajantes: «pásarne la sal» o «sujeta la puerta».

Decimos «por favor> a nuestro hijos para asentar una manera socialmente aceptable de formular peticiones sencillas.

Pero esta expresión tan sólo se tercia en los momentos relajados. Cuan do estamos más tensos, un gentil «por favor» puede incluso generar conflictos. Medite el siguiente diálogo:

MADRE: (intentando ser amable) Por favor, no saltes en el sofá.

(continúa saltando)

(más alto) Te ruego que no lo hagas más.

(vuelve a saltar)

(da una súbita bofetada al niño,) ¿Acaso no te lo he pedido con buenas palabras?

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué ha pasado la madre de la Corrección a la violencia en tan pocos segundos? El hecho es que, siempre que alguien se esmera y recibe indiferencia, la ira surge instantáneamente. ‘Tiende a pensar: « se atreve a desafiarme ese enano después de lo amable que he sido? ¡Yo te enseñaré! ¡‘toma!».

Cuando quiera que algo se haga de inmediato, es preferible hablar enérgicamente en vez de suplicar. Un sonoro y contundente « los sofás no son para saltar!» cortaría sin duda esos saltos mucho más deprisa. (Si el pequeño persiste, siempre se le puede sacar en volandas, repitiendo con firmeza «iNo saltes en el sofá!».)

4. ¿Qué explicación tiene el hecho de que algunas veces mis hijos obedezcan cuando les pido que hagan algo, y en cambio otras es como si no existiera?

En una ocasión preguntamos a un grupo de escolares por qué en ciertos momentos no escuchaban a sus padres. Esto es lo que contestaron:

«Cuando salgo del colegio estoy muy cansado, y si al llegar a casa mi madre me manda algo intento hacerme el sordo.»

«A veces estoy tan enfrascado jugando o viendo la televisión, que real mente no la oigo.»

«Hay días en los que estoy malhumorado por algo que me ha pasado en la escuela y no me apetece acatar órdenes.»

Añadidas a las disquisiciones de los niños, le presentamos a continuación algunas preguntas que podría formularse a sí mismo cuando fracase en sus intentos:

¿Es lógica mi exigencia en función de la edad y las aptitudes de mi hijo? (¿Le estoy exigiendo a un niño de ocho años que guarde una perfecta compostura en la mesa?)

¿No creerá él que lo que le pido es irracional? ( qué siempre me incordia mi madre haciéndome lavar las orejas por detrás? ¡Pero si no lo ve nadie!»)

¿Puedo darle una opción sobre «cuándo» hacer algo, en lugar de insistir en que sea «ahora mismo»? ( bañarte antes o después del pro grama de la tele?»)

¿Puedo darle una opción sobre «cómo» hacer las cosas? ( bañarte con la muñeca o con el barquito?»)

¿Qué cambios fisicos podría efectuar en la casa para promover la colaboración? ( qué no instalar unos ganchos en el armario y eliminar la lucha con los colgadores? ¿Sería menos abrumadora la tarea de recoger si colocara más estantes en la habitación del niño?)

Por último, ¿me dedico a darle órdenes la mayor parte (le nuestro tiempo en común? ¿O me reservo algún rato para pasarlo a solas con él, únicamente para «estar los dos juntos»?

5. Confieso que en tiempos pasados le he dicho a mi hijo todo lo que no debía. Ahora intento cambiar pero él me pone trabas. ¿Qué puedo hacer?

El niño que ha recibido unas dosis abusivas de críticas puede ser hipersensible. Incluso un cariñoso «no te dejes la bolsa de la comida» se le antojará una denuncia más de su «carácter olvidadizo». Ese niño necesitará una tolerancia extrema y una gran cantidad de frases aprobatorias antes de empezar a no percibir nada que pueda parecerse a un amago de censura. En un capítulo ulterior encontrará algunas fórmulas para ayudar a su hijo a tener una imagen más halagüeña de sí mismo. Entretanto, probablemente se producirá un período de transición en el que reaccionará con resquemor e incluso con hostilidad al nuevo trato que recibe de sus padres.

En cualquier caso, no se deje desanimar por la actitud negativa de su hijo. Todas las tácticas que ha leído hasta ahora son otros tantos medios de demostrar respeto a los demás. No hay nadie que no responda favorablemente más tarde o más temprano.

6. El humor es lo que mejor funciona con mi hijo. Le encanta que le pida las cosas de una manera divertida. ¿Puedo hacerlo?

Si puede llegar a la mente de su hijo a través de la broma, ¡el mundo es suyo! No hay nada como una pizca de humor para impeler a los hijos a la acción y alegrar el ambiente doméstico. El problema de muchos padres es que su sentido lúdico natural se Socava por la irritación diaria que causa convivir con niños.

Un padre nos dijo que su sistema infalible para infundir un espíritu de juego a las órdenes urgentes era adoptar otra voz o acento. La favorita de su hijo era la VOZ de robot: «Aquí RC-3D 1a—próxima—persona—que—use—los— cubitos—de—hielo—y—no—llene—la—bandeja—será—propulsada—al—espacio—interga— láctico. Rogamos—emprendan—acción—pronta—y—afirmativa».

7. Algunas veces noto que me estoy repitiendo hasta la saciedad sobre un mismo asunto. Aunque utilice tácticas, parezco una madre impertinente. ¿Cómo podría evitarlo?

A menudo, lo que nos incita a repetirnos es que el niño actúa como si no nos hubiera oído. Cuando se sienta tentado de recalcarle algo a su hijo por segunda o tercera vez, conténgase. Compruebe antes si el pequeño se ha enterado de lo que le decía. Por ejemplo:

MADRE: Billy, nos iremos dentro de cinco minutos.

B1LLY: (no contesta y sigue leyendo su tebeo)

¿Podrías repetirme lo que acabo de decir?

Has dicho que saldremos dentro de cinco minutos. Muy bien, ahora que sé que me has oído no volveré a mencionarlo.

 

8. Mi problema es que cuando le encargo un trabajo a mi hijo, dice «Sí, papá, ahora mismo voy», y luego nunca cumple. ¿Qué debo hacer al respecto?

He aquí un ejemplo de Cómo resolvió esta cuestión otro padre:

PADRE: Steve, hace dos semanas que no se corta el césped. No puede pasar ni un día más.

HIJO: Sí, papá, ahora mismo voy.

PADRE: Me quedaría más tranquilo si supiera cuándo exactamente piensas hacerlo.

HIJO En cuanto termine el programa de la tele.

PADRE: ¿Y cuándo será eso?

HIJO: Dentro de media hora.

PADRE: Estupendo. Ahora sé q puedo contar con que cortarás la hierba dentro de media hora. Gracias, Steve.

 

 

Comentarios, advertencias y anécdotas sobre cada método

1. Describir (describa lo que ve o describa el problema).

Lo mejor de utilizar un lenguaje descriptivo es que anula la sentencia o el dedo acusador, y ayuda a toda la familia a centrarse en lo que hay que hacer.

«Se ha derramado la leche. Necesitamos una esponja.»

«Se ha roto la jarra. Necesitamos la escoba.»

«Se ha descosido el pijama. Necesitamos aguja e hilo,»

Ahora le sugiero que se dirija estos supuestos a sí mismo, pero empezando cada frase en segunda persona del singular. Por ejemplo: «Has derramado la leche», «Has roto la jarra», «Te has descosido el pijama». ¿Advierte la diferencia? Muchas personas sostienen que el «tú» les hace sentir acusadas y en consecuencia a la defensiva. Cuando describirnos meramente el percance (en vez de subrayarle lo que «ha hecho»), permitiremos al niño asimilar el problema y buscarle remedio.

 

Me sublevé cuando mis dos hijos varones se sentaron a la mesa embadurnados de pintura verde de acuarela, pero estaba decidida a no perder la calma y ponerme a bramar. Consulté la lista de tácticas que había colgado en la puerta de la despensa y usé la primera de todas: «Describa lo que ve». Esto fue lo que pasó.

Yo: Veo a dos chicos con pintura verde en las manos y en la cara.

Ellos se miraron, y fueron raudos al cuarto de baño para lavarse.

Unos minutos más tarde, entré en el baño y poco faltó otra vez para que lanzase un grito. ¡1os azulejos estaban cubiertos de pintura! Pero me ceñí a mi táctica.

Yo: ¡Ahora veo pintura verde en las paredes!

Mi hijo mayor corrió a buscar una bayeta diciendo: «¡Guerrilleros al rescate!». Pasados cinco minutos me llamó para que inspeccionase la tarea.

Yo: (fiel al método de la descripción) Veo que una persona muy diligente ha quitado la pintura de las paredes del baño.

Mi hijo mayor sonrió complacido. Entonces el pequeño anunció:

«voy a limpiar la pila!».

Si no lo hubiera visto con mis propios ojos no lo habría creído.

Advertencia. Es posible usar esta técnica de un modo que exaspere los ánimos. Por ejemplo, un padre nos explicó que estaba junto a la puerta de su casa en un día frío y le dijo a su hijo, que acababa de entrar: «La puerta ha quedado entreabierta». El niño replicó: «por qué no la cierras?». El grupo dedujo que el chico había recibido el comentario descriptivo del padre como un «Estoy intentado obligarte a rectificar. ¿Captas la indirecta?». El grupo convino también en que las frases descriptivas producen más efecto cuando el niño siente que necesitamos su ayuda.

2. Dar información.

Lo que más nos gusta de dar información es que, en cierta medida, le estamos haciendo al niño un regalo que podrá utilizar siempre. Durante el resto de su vida querrá saber que «la leche se echa a perder cuando no la guardamos en la nevera», que <los cortes abiertos deben desinfectarse», que <los discos se deforman por causa del calor», o que «las galletas se vuelven rancias si dejamos la caja abierta». Los padres nos han ratificado que la táctica de informar no es difícil. Lo que cuesta, dicen, es renunciar a la coletilla insultante, como: «La ropa sucia hay que ponerla en ci cesto del lavadcro. ¿Es que nunca vas a aprender?».

También nos gusta dar información a los niños porque parecen concebirla como un acto de confianza. Se dicen a sí mismos: «Los mayores piensan que actuaré responsablemente una vez conozca los datos».

Monique regresó de la reunión con las niñas guía vistiendo el uniforme. Salió a jugar al jardín. Debí de insistirle unas tres o cuatro veces para que se pusiera unos pantalones de chándal. Ella no paraba de decir: « por qué?».

«Porque puedes desgarrarte la tela», respondía yo.

Finalmente le dije: “El chándal es para jugar en el jardín; el uniforme de explorador sólo se lleva en los encuentros con las niñas guía”.

Para mi asombro, dejó lo que estaba haciendo y se cambió enseguida.

 

Un padre nos relató la experiencia vivida con su hijo coreano de cinco años recién adoptado: Kim y yo habíamos recorrido media manzana para visitar a un vecino y devolverle una escalera. Cuando nos disponíamos a llamar al timbre, un grupo de chavales que estaban jugando en la calle le señalaron y gritaron:

«iEs chino! ¡La peste amarilla!». Kim se quedó perplejo y consternado, pese a que no conocía el significado de aquellas palabras.

Cruzaron por mi mente un sinfín de elucubraciones: «Esos pequeños canallas ni siquiera han acertado el país. Me gustaría cantarles cuatro verdades y llamar a sus padres, pero acabarían desquitándose con Kim. Para bien o para mal, es nuestro vecindario, y tenemos que encontrar la manera de vivir en él».

Me acerqué a aquellos niños y les dije con mucho aplomo: «Insultar puede herir los sentimientos».

Mis palabras parecieron desconcertarles. (Quizá ellos esperaban una regañina.) Al fin, entré en casa (le mi vecino, pero dejé la puerta abierta. No obligué a Kim a acompañarme. Cinco minutos más tarde me asomé a la Ventana y vi a mi hijo jugando con los otros niños.

 

Al alzar la mirada vi a Jessica, de tres años, en el triciclo siguiendo a su hermano de ocho, que pedaleaba calle abajo. Afortunadamente no había coches a la vista. Grité: « con dos ruedas se puede circular por la calzada! Los que llevan tres deben subir a la acera».

Jessica desmontó del triciclo, contó solemnemente las ruedas y lo arrastró hasta la acera, donde reanudó su marcha».

Advertencia, Absténgase de dar al niño una información ya sabida. Por ejemplo, si le dijese a una jovencita de diez años «La leche puede agriarse si no se mete en la nevera», ella llegaría a la conclusión de que o bien la considera mema o bien está siendo sarcástico.

3. Expresarse sucintamente.

Muchos padres nos han comentado cuánto aprecian esta táctica. Afirman que ahorra tiempo, sofocones y explicaciones tediosas.

Los adolescentes con los que hemos trabajado nos han dicho que ellos también prefieren el aviso escueto: «Esa puerta», «El perro» o «Los platos», en el que hallan una grata liberación de las arengas usuales.

Según nuestro criterio, el valor de estas indicaciones lacónicas estriba en que en vez de una orden acuciante, damos al niño la oportunidad de ejercer su propia iniciativa y su propia inteligencia. Cuando nos oye decir «El perro», tiene que pensar: « ocurre con el perro? ¡Ah, claro! Esta tarde no lo he llevado a pasear. Será mejor que lo saque ahora».

Advertencia. No use el nombre de su hijo como palabra clave. Cuando un niño oye muchas veces al día un «Susie» reprobatorio, empieza a asociar su nombre con la censura paterna.

4. Comentar los propios sentimientos.

A la mayoría de los padres les quitan un peso de encima cuando averiguan que puede ser edificante compartir sus sentimientos con los hijos, y que no es necesario tener un aguante ilimitado. Los niños no son frágiles. Son perfectamente capaces de afrontar declaraciones como:

«Ahora no es un buen momento para repasar tu redacción. Estoy tensa y aturdida. Después de cenar podré dedicarle la atención que merece.»

«harás bien rehuyéndome durante un rato. Estoy muy irritable y no tiene nada que ver contigo.»

Una madre que educaba sola a sus dos hijos nos dijo que solía enfadarse consigo misma porque a veces no tenía suficiente paciencia con ellos. Al fin decidió luchar para asumir mejor sus sentimientos y dejar que los niños penetrasen en dios, en términos que pudieran comprender.

Empezó a establecer símiles como: «En estos momentos tengo la misma paciencia que una sandía». Al poco rato decía: «Ahora tengo la paciencia de un pomelo». Y más tarde: «Vaya, se ha reducido al tamaño de un guisante. Creo que deberíamos parar antes de que se consuma».

Comprobó que sus hijos se la tomaban seriamente, porque una noche uno de ellos le dijo: «Mamá, ¿cómo es de grande tu paciencia ahora? ¿Te permitirá leernos un cuento?».

 

Otros padres nos han expresado su renuncia a revelar su estado anímico. Si compartían las emociones, ¿no serían más vulnerables? Tal vez le dirían a su hijo: «Esto o aquello me trastorna», y él respondería inmutable: « a quién le importa?».

La experiencia nos ha confirmado muchas veces que los niños cuyos sentimientos son respetados tienen más tendencia a respetar a su vez los de los adultos. Pero bien podría haber una fase transitoria en la que acabe oyéndose un expeditivo « quién le importa?». Si eso sucede alguna vez, no dude en puntualizar: «A mí. Me importa mucho lo que siento. Y también me importa lo que sientes tú. ¡Confío en que ésta sea una verdadera familia en la que todos nos preocupemos por los sentimientos del otro!»

Advertencia. Algunos niños son muy susceptibles a la desaprobación de los padres. Para ellos las frases terminantes como «Estoy indignado» o «Eso me pone furioso” son más de lo que pueden resistir. A modo de venganza, contestarán en tono beligerante: «¡yo tambien estoy enfadado contigo!». Con estos niños es mejor limitarse a manifestar nuestras expectativas. Por ejemplo, en vez de decir: «Me disgusta que le tires de la cola al gato», sería más productivo un simple «Debes tratar amablemente a los animales».

5. Escribir una nota.

A la inmensa mayoría de los niños ies encanta que les envíen notas, sepan o no leer. A los más pequeños les emociona mucho recibir un mensaje impreso de sus padres. Les incita a escribir o dibujar respuestas para sus autores.

A los hijos mayores también les gusta esta forma de comunicación. Un grupo de adolescentes con los que trabajamos nos comentaron que una nota puede ser motivo de alegría, «como si recibieras carta de un amigo». Les conmovía especialmente que sus padres pensaran lo bastante en ellos como para tomarse el tiempo y la molestia de escribirles. Un muchacho dijo que lo que más agradecía de los mensajes escritos era que «no suben de volumen».

Los padres se han declarado, por su parte, muy a favor de las notas. Es un medio rápido y fácil de acercarse a los hijos, que además deja casi siempre un buen sabor de boca.

Una madre nos explicó que en el mostrador de su cocina tiene un bloc de papel y un viejo tazón de café con media docena de lápices. Muchas veces se suscita una situación en la que, o bien sus hijos la han oído hacer la misma demanda tantas veces que hacen oídos sordos, o bien está a punto de abandonar la lucha y realizar la tarea ella misma.

En esos momentos, dice que le cuesta menos esfuerzo armarse con Un lápiz que abrir la boca.

Presentamos un breve muestrario de sus notas:

QUERIDO BILLY

NO HE SALIDO DESDE LA MAÑANA

DAME UN DESAHOGO

‘TU PERRO,

HARRY

 

QUERIDA SUSAN,

ESTA COCINA NECESITA UN POCO DE ORDEN

HABRÍA QUE RETIRAR

1  LOS LIBROS DE LOS FOGONES

2 LOS ZAPATOS DE LA PUERTA

3 LA CAZADORA DEL SUELO

4. LOS RESTOS DE GALLETA DE LA MESA.

GRACIAS ANTICIPADAS,

MAMÁ

 

NOTA:

ESTA NOCHE, LECTURA DE CUENTOS A LAS 8:30 H

SE INVITA A TODOS LOS NIÑOS QUE LLEVEN

PUESTO EL PJJAMA Y LOS DIENTES LIMPIOS. CON CARIÑO,

MAMÁ Y PAPÁ

 

El tono chistoso no es imprescindible, pero obviamente puede ayudar. A veces, sin embargo, la situación no es divertida y el humor resultaría inapropiado. Pensarnos en el padre que nos contó que su hija le había estropeado un disco recién comprado al ponerlo en su tocadiscos portátil con la aguja ya inservible. Dijo que si no hubiera podido desahogar su cólera en el papel, la habría castigado. Lo que escribió fue:

Alison:

¡ESTOY QUE ECHO HUMO!

Alguien cogió mi disco nuevo sin mi permiso, y ahora se ha rayado y no suena.

UN PADRE ENFADADO

 

Al cabo de un rato el padre recibió la siguiente respuesta de la niña:

Querido papá:

Lo siento de veras. Te compraré un disco nuevo el próximo sábado, y el dinero que cueste podrás descontarlo de mi semanada. Alison

Nunca dejará de maravillarnos cómo unos niños que no saben leer se las ingenian para interpretar las Ilotas que les escriben sus padres. Este es el testimonio de una joven madre que trabaja hiera de casa:

El peor rato para mí son esos veinte minutos en los que intento preparar la cena mientras los niños van y vienen sin descanso entre la nevera y la panera. Cuando pongo la fuente, ya no les queda apetito.

El pasado lunes por la noche fijé en la puerta una nota improvisada:

COCINA CERRA DA

HASTA LA CENA

Mi hijo de cuatro años quiso saber inmediatamente qué decía. Le expliqué cada palabra. Respetó mi letrero tan a rajatabla, que no volvió a pisar la cocina. Estuvo jugando con su hermana al otro lado de la puerta basta que descolgué la nota y les hice entrar.

La noche siguiente, colgué de nuevo el letrero. Mientras freía unas hamburguesas, oí cómo mi hijo enseñaba su significado a su hermanita de dos años. Luego vi que ella señalaba las palabras y «leía»: «Cocina… cerrada… hasta… la cena».

El uso más insólito de una nota fue el que nos relató una madre que era también estudiante. Repasemos su historia:

En un momento de debilidad, me ofrecí a convocar en mi casa una reunión de veinte personas. Estaba tan nerviosa por tenerlo todo listo a tiempo que salí de clase antes de hora.

Cuando llegué a casa, eché una mirada a mi alrededor y mi corazón me dio un vuelco. Aquello era un caos: montañas de periódicos, sobres de correo, libros, revistas, el cuarto de baño sucio, las camas por hacer. Tenía poco más de dos horas para adecentarlo todo y empecé a poner me histérica. Los niños volverían de la escuela en cualquier momento y no me veía con ánimos de sufrir sus exigencias ni sus continuas peleas.

Sin embargo, no quería tener que perorar ni darles explicaciones. Decidí redactar una nota, pero no había una sola superficie despejada en toda la casa donde colocarla. Así pues, busqué un pedazo de cartón, practiqué en él dos agujeros, lo ensarté en un cabo de cuerda y me colgué la pancarta del cuello:

BOMBA DE RELOJERÍA. HUMANA

SI SE LA ÁGOBIA O IMPORTUNA

VAMOS A TENER COMPAÑIA

¡SE PRECISA AYUDA URGENTE!

Me puse a trabajar a toda velocidad. Cuando llegaron los niños, leyeron mi letrero y se brindaron a recoger sus libros y juguetes. Luego, sin que yo dijera una palabra hicieron sus camas… ¡y la mía! Casi no me lo podía creer.

Iba a atacar el cuarto de baño cuando llamaron al timbre. Tuve un instante de pánico, pero era el transportista de las sillas adicionales que había alquilado. Le invité a pasar y no entendí por qué no se movía. Miraba mi pecho con cara de pasmo.

Bajé la vista y advertí que aún llevaba c letrero. Quise justificarme, pero él me cortó diciendo: «No se apure, señora. Cálmese. Indíqueme tan sólo donde hay que poner las sillas, y yo mismo se las colocaré».

Algunas personas nos han preguntado: «Si utilizo estas tácticas adecuadamente, ¿responderán siempre mis hijos?». Nuestra contestación es: Esperemos que no. Los niños no son robots.

Además, nuestro propósito no es divulgar una serie de técnicas para manipular el comportamiento de tal manera que sus hijos obedezcan sistemáticamente. Nuestro propósito es apelar a lo mejor que hay en nuestros jóvenes: la inteligencia, la iniciativa, el sentido de la responsabilidad, el sentido del humor, la capacidad de sensibilizarse ante las necesidades ajenas.

Queremos poner fin a ese discurso que daña el espíritu y ahondar en el lenguaje que alimenta la autoestima.

Queremos crear un clima emocional que impulse a los niños a colaborar porque se aman a sí mismos y porque nos aman a nosotros.

Queremos cimentar el tipo de comunicación respetuosa que deseamos que nuestros hijos tengan con nosotros ahora, en los años de la adolescencia y después —como amigos— en la edad adulta.

Dejar libertad, un dialogo sobre la autonomia

DEJAR LIBERTAD:
UN DIÁLOGO SOBRE LA AUTONOMÍA
A Helen le rondaba algo por la cabeza. Me llamó para pregun tar si podía pasarse un rato. En cuanto entró por la puerta me di cuenta de que estaba alterada. Se quedó de pie con ci abrigo puesto y emprendió un largo monólogo.
“Jan, no sé si te diste cuenta, pero me costó mucho quedarme a toda la reunión de ayer. ¡Había algo en el debate que me hizo sentir muy incómoda! Sé que puede sonar un poco paranoico, pero no podía dejar de pensar que cada palabra que pronunciaba el doctor Ginott iba dirigida a mí.
»No reaccioné de esa forma al principio. Cuando dijo: ‘Uno de nuestros objetivos más importantes es ayudar a nuestros hijos a separarse de nosotros’, pensé: ‘Es evidente. ¡Nadie quiere tener un hijo de treinta años viviendo en casa!’. Pero luego continuó dicien do: ‘El baremo de un buen padre es qué está dispuesto a no hacer por su hijo’, y algo se contrajo en mi interior. ‘Dios mío —pensé—. Si ése es el baremo de un buen padre, yo no estoy a la altura’.”
Hizo una pausa durante un momento y luego continuó hablando, más para sí misma que para mí. “Por otra parte, si hago demasia das cosas por mis hijos, sólo es porque de verdad creo que es por su bien. Si Billy se olvida el almuerzo y no se lo llevo al colegio, se enfada y pasa hambre porque no se va a comer esos almuerzos del colegio… Si no practico con Laurie antes de los exámenes de ortografía, sus notas son muy malas y se desanima. Si no los llevo en coche al colegio cuando hace mal tiempo, los dos se resfrían; nunca falla.”
De repente, se giró hacia mí. “Pues bien, ¿qué tiene de terrible lo que hago? ¿No están los padres para eso: para ayudar y proteger alos hijos? Pero, después de oír al doctor Ginott repetir sin cesar:
‘La mejor ayuda es no ayudar’, ya no estoy segura. Quizás no sea bueno para ellos lo que hago.
Helen entró en la sala de estar y la seguí. “Pero quién puede decir que él tenga razón —farfulló—. No sería la primera vez que se equi voca un experto, ¡ya sabes! Bueno, quizás haya un par de cosas que hago por los niños y que ellos mismos podrían hacer. Billy tiene siete años y todavía viene a mi habitación todas las mañanas para darme su peine. Se puede peinar perfectamente solo, pero cuando acabo de peinarlo parece tan guapo y atractivo… ¡no me creo que algo tan inocente como peinar a un niño pueda hacerlo menos autónomo!
» Me encontraba en un estado tal después de la últi ma reunión que me fui al diccionario para comprobar si todavía sabía qué significaba la palabra. Supongo que esperaba que la definición literal me sacara de apuros de alguna manera. Pero fue un error. Según el diccionario María Moliner, autónomo, referido a personas, significa que tiene facultad para gobernar las propias acciones, sin depender de otro. Está claro que no es la descripción de mis hijos. Todavía me preguntan qué se van a poner para ir al colegio todos ios días, y lo que es peor, continúo diciéndoselo.”
“Helen —dije—, ¡eres demasiado dura contigo misma!”
No me hizo caso. “Una mejor descripción de mis hijos sería ‘que la madre los regula, la madre los gobierna y dirigidos a la madre’. Por lo que se refiere a ‘separado’, cuando pienso en ello no sé si echarme a reír o a llorar. A veces me siento tan unida a ellos que no estoy segura de dónde acabo yo y dónde comienzan ellos. Laurie saca un 10 en un examen y me siento como si yo sacara un 10. Billy no consigue entrar en el equipo y me siento comosi yo no consiguiera entrar en el equipo.”
Helen se hundió pesadamente en el sofá. “No es que no haya oído los principios de la autonomía suficientes veces. Simplemen te parece que no soy capaz de aplicarlos. ¿Cómo dice el doctor Ginott siempre? ‘El intelecto sólo puede absorber lo que las emociones permitan.’ Bien, está ciaro que mis emociones no han per mitido que lleguen muchas cosas a mi cerebro.”
Me senté a su lado. Las dos fruncimos el ceño y nos quedamos mirando fijamente al suelo. No sabía qué decir. “Helen —pregunté débilmente—, ¿quieres que traiga mis apuntes? ¿Crees que serviría de algo?”
“ apuntes! —exclamó—. Tú no necesitas apuntes. ¿Por qué crees que he recurrido a ti? Porque he visto con qué facilidad dejas que tus hijos asuman sus propias responsabilidades. Todavía recuerdo aquel día de invierno en que Jili llegó a casa vestida con nada más que los pantalones cortos de gimnasia y una camiseta. Si hubiera sido Laurie, me habría puesto frenética y habría exigido saber dónde estaba su abrigo. Tú no. Cuando Jili dijo: ‘Mamá, el conductor del autobús me ha dicho que me las ganaría cuando llegase a casa. ¿Qué vas a hacerme?’. Nunca olvidaré tu respuesta. Con toda tranquilidad, dijiste: ‘ un día de frío espero que tú seas responsable de ponerte tu propio abrigo!’
»Y hay otro incidente que jamás olvidaré. Fue el día en que David entró corriendo en la casa gritando: ‘He vuelto a olvidarme el violín hoy. ¡Es la tercera semana seguida! Tendrás que recordár melo a partir de ahora. Es ios martes’.
»iSabes qué hiciste? Simplemente asentiste con simpatía y dijiste algo como: ‘Es difícil recordar estas clases una vez a la semana, ¿verdad, David? Pero te conozco. De un modo u otro se te ocu rrirá una manera de recordarlo tú mismo’.
» qué habría hecho yo? Habría hecho una gran nota para mí misma para acordarme yo de recordárselo a él todos los martes. Lo que intento decir, Jan, es que eres así por naturaleza.”
Escuché a Helen con interés. ¿Era más natural para mí? ¿Por qué habría de serlo? Intenté recapitular cómo era cuando era pequeña. Mis padres eran inmigrantes, siempre trabajando duro y ocupa dos. Mi madre siempre estaba cocinando y limpiando; mi padre no dejaba de preocuparse por lograr que su pequeño negocio saliese adelante. Les resultaba difícil el simple hecho de alimentimos y vestirnos. Esperaban que hiciéramos el resto nosotros solos.
Y lo hacíamos. Devolvíamos nuestros propios libros de la biblio :eca, tomábamos el metro o el autobús cuando teníamos que ir
algún sitio y buscábamos soluciones a nuestros problemas esco lares. La única vez que implicábamos a nuestros padres en los isuntos del colegio era cuando necesitábamos que firmasen el boletín de notas. Aun entonces, la importancia no recaía sobre nuestras notas, sino sobre sus firmas. Todavía puedo ver a mi padre haciendo sitio en la mesa de la cocina, sentándose ceremo niosamente y escribiendo con orgullo y meticulosidad su nombre completo, en inglés.
Me imagino que mis padres realmente me hicieron un favor. No era su intención darme autonomía. Posiblemente ni siquiera supieran qué significaba la palabra; pero la recibí de todos modos:
no había alternativa.
Conté a Helen algunas de estas cosas.
“ das cuenta del regalo que te hicieron? —dijo—. Mi infancia fue tan diferente. Tenía que dar cuenta a mi madre de prácti camente todo: mi ropa, mis notas, mi paradero, mis amigos. Todavía recuerdo que regresaba a casa de una cita sabiendo que estarían encendidas todas las luces y que mis padres estarían esperándome levantados. No podían dormir hasta que les infor maba de todo. A veces creo que disfrutaban más de mis citas que yo misma.”
“Vaya, ¡tiene que haber sido difícil de aceptar!”
“No, en realidad no. No conocía otra forma. Pero veo en qué aspecto tu educación te da una ventaja clara. Ahora encajan las piezas. Te dieron muchísima independencia y por eso te resulta tan fácil transmitirla a tus hijos.”
“No tan deprisa —dije—. Quizás las condiciones de mi educación hayan sido útiles, pero las técnicas que utilizo ahora no proceden de mis padres. Por ejemplo, siempre había creído que cada pre gunta merecía una respuesta. Jamás se me habría ocurrido noresponder las preguntas de un niño. Hasta que el doctor Ginott no mencionó que un niño necesita espacio para explorar sus pen samientos, y que los adultos vulneran con sus respuestas instantá neas el derecho del niño a pensar, no empecé a contenerme.
»La primera vez que no respondí una pregunta intencionadamente me resultó muy extraño. Una mañana David preguntó: ‘ que Jimmy y Tommy se llevarán bien? Van a venir los dos a casa conmi go hoy’. Pues bien, ¡ésa fue la pregunta que más incitaba a reflexio nar de todas las que me habían hecho durante muchos días! Estaba dispuesta a embarcarme en un análisis del carácter de ios dos chicos y a rematarlo con una predicción del futuro de su relación, cuando me acordé de repente. Me mordí la lengua y dije: ‘Interesante pre gunta. ¿ Tr qué crees, David?’. Reflexionó un momento. Luego dijo:
‘Creo que primero se pelearán y después se harán amigos’.”
Pensé que Helen sonreiría, pero me miró con tal intensidad que me sentí obligada a continuar.
“, la historia que contó el doctor Ginott sobre un mari do que no permitía que su mujer aprendiese a conducir? ‘Cariño
—le decía—, no tienes por qué pasar por el quebradero de cabeza de conducir un coche. Si estoy por aquí, sólo tienes que pedírmelo y estaré encantado de llevarte adonde quieras.
»Me puse en la posición de la mujer y comprendí al instante lo frustrados que se deben de sentir los niños cuando los adultos se hacen cargo de todo y no les dejan hacer las cosas solos. Y pensé en las mil y una pequeñas formas en que una madre pue de hacer que su hijo se sienta inútil y dependiente. Pero siempre en nombre del ‘amor’
“Mamá abrirá el tarro para ti, cariño.
“Venga, deja que te abroche, cielo.”
“ ayuda con los deberes?”
“Te he preparado la ropa, tesoro.”
“Siempre suena tan inocente, y la madre tiene las mejores inten ciones, pero todo contribuye a lo mismo: necesitas a mamá. No te las puedes arreglar solo.” “Ahora pensarás que este nuevo conocimiento me inspiraría a irme directa a casa y hacerlo todo de otra manera. Pues no fue así. Tuve que escuchar ejemplo tras ejemplo de las demás mujeres antes de ser siquiera capaz de empezar a introducir cambios en mi propia casa.
»Helen, ¿sabías que solía organizar la marcha de los niños todas las mañanas? ¿De qué otro modo podrían reunir si no los almuer zos, libros, zapatillas de deporte, gafas, apuntes, dinero, mitones y botas? Tenía que estar allí para sostener los abrigos, cerrar las cre malleras, atar las capuchas, conseguir calzarles las botas, y meter les prisa recordándoles la hora.
»Entonces, una mañana, me obligué a salir de la habitación y dije en voz alta: ‘ cuando estéis listos para salir, chi cos!’. Durante diez minutos estuve sentada en mi cama como la pieza obsoleta de una máquina. Cuando finalmente llegaron dando fuertes pisadas para decir adiós, abrigados y encantados consigo mismos por esa muestra de autonomía, de repente me pareció que carecía totalmente de importancia que no estuviesen abrochados todos los botones y que el mayor llevase los mitones del pequeño.”
Helen seguía observándome con interés casi afligido. Intenté pen sar en otro ejemplo. “Te contaré otra cosa que jamás habría suce dido si no hubiera llegado a utilizar conscientemente mis nuevas técnicas.
»David tenía ocho años cuando me dijo que necesitaba dinero y quería buscar trabajo. Me resultó casi insoportable no decirle, tan amable como siempre, que nadie contrataría a un niño de ocho años. Pero era el día en que el doctor Ginott había recalcado: ‘No priven ele la esperanza; no preparen para las decepciones’. Así que simplemente dije: ‘Entiendo’. Cuesta creer cómo se desarrolló la hora siguiente. David arrastró las guías telefónicas, habló sobre la clase de trabajo que creía que podría hacer, buscó los nombres de comerciantes locales, hizo varias llamadas y habló con algunos encargados de almacén. Finalmente, me dijo: ‘iSabías que tienesque tener catorce años y los documentos de trabajo para que te den un empleo? Cuando tenga la edad voy a trabajar en la ferretería. El dueño es agradable y me gusta trabajar con las herramientas’
»Helen, ¿te das cuenta de lo poco que me faltó para inmiscuirme y privarle de vivir toda esa experiencia? Mi propia madre habría dicho: ‘ clase de tontería es ésa! ¿Quién permite que un niño de ocho años busque trabajo?’
Helen se estremeció. “Por favor, Jan, ¡basta! Antes estaba depri mida; ahora podría arrastrarme hasta meterme en un agujero.”
Se me pasó por la cabeza que estaba siendo insufrible, pero estaba demasiado animada como para parar. “Helen, ¿sabes qué es lo que más me gusta de todo? Haber dejado de ser un sargento. Solía repartir órdenes durante todo el día: ‘ las piezas de construcción! ¡Lavaos las manos! ¡Poneos las botas de goma! ¡Cerrad la puerta!’. Ahora es un placer inmenso poder describir un problema en lugar de ladrar una orden. Me encanta entonar:
‘ la puerta está abierta!’ o ‘ hombre del tiempo ha dicho que va a llover hoy!’
Helen se levantó y alcanzó su abrigo. “Jan, no puedo seguir escu chándote. ¿Te oyes a ti misma? ‘Me gusta’, ‘un placer’, ‘me encan ta entonar’. Pues bien, yo no entono órdenes. No sería típico de mí. No es mi estilo.”
“Mira —dije, un poco molesta—, no quiero ninguna medalla, pero ese ‘estilo’ que mencionas exigió esfuerzo. ¿Te haría sentir mejor escuchar lo estúpida y desanimada que me sentí a lo largo del proceso? ¿Te gustaría saber, por ejemplo, cómo al principio ni siquiera era capaz de quedarme callada cuando alguien hacía una pregunta a mis hijos?”
Helen volvió a sentarse.
“Sucedió el año pasado. Mi tía Sophie vino de visita y preguntó a Andy cuántos años tenía. Me dije a mí misma: ‘No vas a hablar por él. Es importante que un niño tenga la oportunidad de con testar él solo’. Pero cuando lo vi mirándola fijamente con la bocaabierta como el tonto del pueblo, no pude soportarlo. Antes de darme cuenta ya había soltado: ‘jSeis!’
“Me siento un poco mejor”, dijo Helen.
“Quizás te anime también saber que algunos de los principios más fáciles fueron los que más me costó aceptar. Casi me moles tó que el doctor Ginott hablara de depender más de otras perso nas para ayudarnos con nuestros hijos. Recuerdas cuando dijo:
‘Pregúntense: ¿en esta situación quién puede ser más eficaz con mi hijo: el dependiente, el profesor, el dentista, la monitora del centro juvenil?’
»No estaba en absoluto de acuerdo con esa teoría. ¿Qué persona de fuera podía igualarme en eficacia con mis hijos? Así que te puedes imaginar la impresión que supuso para mí descubrir que el enunciado más corriente procedente del mundo exterior, sólo porque venía del mundo exterior, tenía un impacto que yo jamás podría igualar.
»Por ejemplo, llevaba más de un mes intentando convencer a David con palabras para que fuese al peluquero. Nada funciona ba. Entonces llegó un día a casa tan campante diciendo: ‘Mamá, voy a cortarme el pelo esta tarde’. Helen, ¿sabes quién lo consi guió? El conserje del colegio. ¿Sabes qué le dijo? Dijo: ‘David, necesitas un corte de pelo’
»Y te diré algo más que fue difícil para mí y que sigue siendo una batalla: mantenerme al margen de los asuntos de mis hijos. Me muero por hacer preguntas y comentar cada pequeño detalle. ¿Te das cuenta de lo que no digo cuando Jill llega a casa? No digo: ‘, ha gustado tu redacción a la profesora? ¿Qué ha dicho? ¿Estaban bien los deberes de matemáticas con los que te ayudé? El vestido nuevo te queda tan bien. ¿Te han dicho algo?’
», qué esfuerzo supone decir únicamente: ‘Hola cielo’ y dejar que me cuente lo que ella considere importante?”
Por primera vez esa tarde Helen esbozó una sonrisa: “ fin! Finalmente has mencionado lo que yo no les hago a mis hijos. Tuve que soportar tanto tiempo los comentarios incesantes de mi madre, y en dosis tan grandes, que no tendría valor para impo nerlo a mis hijos.
»Todavía tengo que escucharlos todas las semanas cuando viene:
‘Pareces cansada, querida. ¿Descansas suficiente? ¿Vuelve Jack siempre tan tarde del trabajo? ¿Por qué esperas hasta el último minuto para sacar el rosbif del congelador? Jamás estará listo a tiempo. No es mi intención inmiscuirme, querida, pero creo que la carne sabe mejor cuando se ha descongelado antes’.
»Cuando oigo eso, Jan, me quedo anulada. De pronto, me descu bro diciendo que duermo muchísimo, explicando que Jack está en la temporada de más trabajo, defendiendo los méritos de coci nar la carne congelada, tranquilizando a mi madre y asegurándole que la cena se servirá a tiempo…
» Jan?, con sólo decirlo en voz alta me doy cuenta de lo desagradable que es. Es como decir a tu hijo: ‘Tengo que ser parte de todo lo que te sucede. Me gustaría husmear en cada detalle de tu vida. No podrías arreglártelas sin la opinión, la aprobación y la orientación de tu madre’. Y la peor parte es que los comentarios y las preguntas constantes roban tiempo al niño: tiempo para que se moldee su propia experiencia y pueda producir un significado propio”
“ dije entusiasmada. Luego la observé. Una persona que podía expresarse con tal elocuencia posiblemente supiera mucho más de lo que creía.
“Helen —dije–, tengo que rectificar. Durante un momento casi has logrado convencerme de que eres una madre sobreprotectora y dominante. Si me hubiera parado a pensar un segundo, me habría dado cuenta de que no es cierto.”
Helen parecía desconcertada.
“La vez con Laurie y también el concurso de carteles del centro juvenil”, apunté.
“Ah, aquella vez”, dijo Helen en tono despreciativo.
“ aquella vez! Tuviste veinte oportunidades de tomar ci mando. Laurie intentó a toda costa que tú decidieras por ella. Te seguíade habitación en habitación preguntando: ‘Mamá, ¿qué debería hacer? ¿Debería participar en el concurso o no? ¿Crees que podría ganar?’. ¿Recuerdas lo que le contestaste?”
Helen negó con la cabeza.
“Pusiste la decisión en el lugar que le correspondía: en manos de Laurie. Dijiste: ‘Estás considerando la idea de participar en un concurso. ¡Es emocionante! Y te preguntas si podrías ganar… Laurie, ¿tú qué crees?’. Contuvo la respiración y Laurie dijo: ‘Voy a intentarlo’.
» le dijiste: ‘Sabia decisión, cariño. Al fin y al cabo, quien nada arriesga, nada gana’? No, no le dijiste eso, sino que le diste la respuesta más útil posible; dijiste: ‘Ah’
Pero lo que realmente me sorprendió fue lo que sucedió varias semanas después cuando Laurie volvió a casa con un galón hono rífico. Yo me habría deshecho en elogios: ‘Laurie, eres maravillosa. ¡Estoy tan orgullosa de ti!’. Pero tú sólo la abrazaste y le dijiste:
‘Laurie, ¡tienes que estar tan orgullosa de ti misma!’. Y recuerdo cómo se la veía: tan alta, tan satisfecha de sí misma.
»Pues, caray, una mujer que puede disfrutar tan claramente del triunfo de su hija sin tener que convertirlo en el suyo propio, sabe mucho más de lo que admite.”
Helen parecía incómoda. “Posiblemente mi buen comportamien to se debiera a que tú estabas presente. Vale, puedo montar el espectáculo delante de los demás, pero tendrías que yerme cuan do no hay nadie. Jan, no sé por qué soy la única que tiene tantos problemas con la autonomía. Te digo que ayer fue una auténtica tortura aguantar sentada durante toda la reunión y escuchar todos esos relatos de éxito.
» a Roslyn? Parecía no preocuparle que su hija pueda llegar tarde al colegio. Estaba segurísima de que una buena repri menda de la profesora sería mucho más eficaz que sus recordato rios diarios.
»Yo no podría hacer eso. Tendría que proteger a Laurie del des agrado de la profesora.
»Y fíjate en Lee. Se negó a iniciar una pelea con sus hijos cuando estaban jugando en la nieve sin guantes. Nos dijo que estaba segu ra de que irían a por ios guantes cuando tuvieran frío, y que se alegraría de poder frotarles las manos o de prepararles una bebida caliente.
»Yo me habría preocupado porque hubieran podido llegar a con gelarse.
»Y Katherine encontró la fiambrera con el almuerzo de su hijo en la mesa de la cocina y no se sintió obligada a salir disparada hacia el colegio para llevársela. Supongo que pensó que pasara lo que pasara —que pidiera dinero prestado al profesor, que un amigo le diese la mitad de su bocadillo o incluso que pasara hambre— él llevaría la delantera de todos modos. Habría tenido una experien cia que le demostraría que podía sobrevivir sin mamá.
»Así que ya ves, Jan, no se trata de que no sepa lo que debería hacer, se trata de que no consigo hacerlo. Va en contra de mis ins tintos naturales: ayudar, proteger, organizar… Es mi problema.”
Quería sacudirla. “ hecho es que no es tu problema! Dices que dar autonomía no es natural para ti. Te diré lo que es natural para los padres. Es natural querer conservar, proteger, controlar, acon sejar, dirigir. Es natural querer sentirse necesitado, importante, vital para nuestros hijos.
»La otra actitud no es natural. Separar las esperanzas de nuestros hijos de las nuestras, separar sus decepciones de las nuestras. Per mitirles sus propias luchas. Convertirnos en prescindibles. Dejar les ser independientes. Que los padres consigan todo eso es un milagro.”
Helen se quedó callada durante mucho tiempo. Cuando final mente habló, lo hizo de una manera tan titubeante y en voz tan baja que me tuve que inclinar hacia delante para poder oírla.
“Supongo que podría decirse que dar autonomía es en realidad una forma de dar amor a tu hijo… Es más cariñoso dejarle utilizar su propio poder para seguir adelante, ¿verdad?… Ciertamente es más cariñoso dejarle experimentar, aun cosas desagradables, ¿ver-dad?… Casi podría decirse que cualquier otra actitud es odiosa. Es como no dejarle vivir.”
Helen se levantó de repente y caminó hacia la puerta. “ vas?”, pregunté.
“A casa —respondió—. Hay algo que debo dar a mis hijos.” “, inquirí.
Se dio la vuelta y sonrió. “Un poco de sano abandono”, contestó.

 

Es un fragmento del libro Padres liberados, hijos liberados. Editado por Medici y cuyas autoras son Adele farber y Elaine Mazlish

 

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