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La experiencia de Sole: ¿jugar sin gastar?… yes, we can!

LA EXPERIENCIA DE SOLE

Jugar sin gastar… yes, we can!

Por Sole

La verdad es que esto, para una consumista como yo, va a ser más una terapia de “gastizos anónimos” que un artículo. Pero prometo esforzarme.

Recuerdo el tiempo en que Sandra tenía seis semanas como una época en la que ambas pasábamos largos ratos jugando juntas en el salón. ¿Con seis semanas? Pues sí. Jugábamos a hacer caras, a cosquillas, a tocarle partes del cuerpo (los deditos de las manos y los pies, la barriga, la nariz…). Recuerdo que me impresionó leer un día que hay muchos bebes a los que nadie les toca el dedo meñique del pie, y por tanto la sensibilidad en esa zona “olvidada” tarda más en desarrollarse. Me juré que no me pasaría. Y para risas de mi bebé, lo intenté muuuuucho rato.

Con cinco meses más o menos, me recuerdo jugando con ella a pasarnos cosas. Yo le daba cualquier cosa y ella me lo devolvía. Este ejercicio se repetía algunas veces… hasta que ella decidía que lo que tocaba era aprender a lanzar objetos variopintos. Para esto no hace falta un juguete. Basta con un peine, una esponja, una bola de papel. También la recuerdo arrugando papeles. Y más tarde rasgándolos con los dedos.

En una caja de cartón, un poco mas adelante, hice un agujero grande en la tapa, y metí dentro todos mis pañuelos. Sacar y volver a meter aquellos pañuelos en la caja dio mucho de si. También usarlos para tapar la cara, para hacer cosquillas, para esconder objetos debajo y hacerlos aparecer mágicamente.

A lo largo de todos estos meses y años, los juegos de falda, los de toda la vida de las madres para sus hijos, han ocupado un papel muy importante. Los cinco lobitos, este fue al mercado…, la buenaventura, arre caballito… siempre con sorpresa al final. Y siempre sorprendía. Incluso la vez 5.687.458 que hacías el mismo juego con la misma sorpresa.

Y en la segunda maternidad, ha sido curioso ver cómo Carlos tenía estas mismas experiencias procedentes de mi mano, pero también de la de su hermana. Ella ha sido la encargada de la mayor parte del intercambio de objetos, de recogerlos del suelo, de hacer los lobitos y todo lo demás.

Y luego… luego vienen los meses del deslome. Luego vienen esos meses en los que ningún juego es más divertido que practicar la marcha. Así que lo único que hace falta es mucho aguante y discurrir el modo de evitar que, sin impedir su aventura, termine con algún diente roto. ¡Ah!, y analgésicos para el dolor de espalda.

Pero acto seguido empiezan a interesarse más por el mundo que les rodea. En todo momento debemos tener presente que los niños cuando juegan, no sólo se entretienen, sino que aprenden. Ningún aprendizaje es para un niño significativo si no está envuelto en un entorno de juego. Y aprender como funciona el mundo que les rodea es fundamental. Para ello debemos facilitarle el contacto con ese mundo.

Un niño de 18 meses estará encantado “ayudando” a tender la ropa, a “ponerla” dentro de los cajones, a “fregar” aunque sean los platos de plástico. Un niño de esa edad puede (y debe) estar con nosotros en la cocina, aprendiendo a remover, mezclar, amasar, adobar, probar, poner sal, azúcar… La cocina es un laboratorio de biología (les encanta ver cómo es un músculo, como son las aletas de los peces, como es un huevo por dentro, donde van las semillas de la fruta), de física (cómo un alimento que sale frío o congelado de la nevera adquiere la temperatura del entorno, como el agua hierve a determinada temperatura, como se evapora o se condensa) y de química (observar la fermentación del pan, los efectos de las mezclas y disoluciones). Por eso los cacharritos y las cocinitas están bien… como moldes de plastilina o para jugar con hierbas recogidas en el prado.

Mientras se cuelga la ropa, podemos ir contándole al niño el color de la pinza que nos acerca, y luego pedirle la pinza de determinado color. Y las pinzas de la ropa sirven también como juego de “construcción” (sujetando unas con otras) y como juego de enhebrar (pasando un cordón por los agujeros se hacen unos collares preciosos).

Otra cosa que me ha salvado de muchas situaciones “de riesgo” (niños en un sitio cerrado en el que deben permanecer más o menos quietos) son las revistas. Se les puede dar casi infinitas utilidades. Yo las he usado cuando eran pequeñitos para buscar cosas (donde hay un bebe, donde hay un perro, donde hay…), un poco más adelante he jugado con ellos a “ponernos” las cremas de los anuncios, o las colonias. O a “coger” las joyas y adornarnos con ellas. Con Sandra, a elegir el vestido más bonito o con Carlos a encontrar cosas de la naturaleza. Son muy útiles para el juego del veo una cosita que…, (primero que es de color tal o cual, o que tiene esta o aquella forma, luego que empieza por el sonido… y ahora ya, puedo jugar con las letras). Cuando están empezando a aprender letras o números también se pueden usar para buscarlos en las páginas. En realidad una revista (y ya no digo si es de divulgación, tipo muy interesante) puede dar bien para mas de una hora de juegos.

Un articulo “de lujo” por las posibilidades son los papeles. Da igual cuál. Desde el envoltorio brillante de una chuche hasta la servilleta finita de un bar sirven para inventarse juegos. Hemos hecho sortijas y hasta muñecos con su mobiliario (sillas y todo) con las servilletas de un bar. Y por supuesto lo de toda la vida: aviones, barcos… ¿cuánto tiempo puede estar una familia jugando a soplar con pajitas unos barcos hechos con servilletas de papel? ¿Y si además el barco o el avión hay que colorearlo?

Y ¿qué decir de las telas? Tener trozos de tela por casa (sirve lo mismo un fular viejo que un retal brillante de un disfraz) es una mina de entretenimiento. Está lo de disfrazarse, que es un juego al que no conozco niño que se resista. Un trapo por aquí y otro por allá…… y somos princesas, osos, o lo que haga falta. También con telas se pueden disfrazar muñecos, hacer camas, casitas y demás.

Sin duda la estrella de los juegos es el escondite. En todas sus versiones, incluido el cucú-tras de los bebés (y no tan bebés: ¿qué niño se resiste a un adulto que le mira entre los dedos?). Pero el escondite bajo mesa o silla tapada con una sábana, eso les entusiasma siempre. Nosotros hemos fabricado así tiendas de campaña en las que hemos cenado incluso dentro. Ahora que son mayores ellos deciden el uso de la tienda. Yo solo colaboro buscando la tela y colocándola bien… una y otra vez. Con unas linternas, o unos cuentos, o unos muñecos. O sencillamente contándose sus secretos, son ellos los que deciden en qué se convierte el escondrijo.

Y lo último pero no menos importante: nunca, nunca tiréis el embalaje de un electrodoméstico. El plástico de burbujas… ya sabéis. Pero además, dependiendo del tamaño la caja puede ser un barco, un avión, un vagón de tren… o incluso la casa permanente de algunos juguetes (si la forramos adecuadamente). Además, el porexpan tiene muchas utilidades. Con las planchas finas se recortan complementos para disfraces (las mil y un espadas y garfios tengo yo hechas) y las partes gruesas sirven como bloques de construcción y también para practicar con la herramienta (se cortan, agujerean, se clavan cosas…).

Bueno, pues ya no se me ocurren más ideas. Pero me ha resultado terapéutico y a la vez un buen recordatorio de lo bien que lo hemos pasado juntos mis hijos y yo. Porque claro, el truco de todo esto es ese: en realidad, con estos juegos, lo que les regalamos es lo que ellos mas desean: nuestro tiempo, nuestra compañía, y nuestra imaginación.

Lástima que llega tarde. Sé de buena tinta que aun así los reyes magos ya se han gastado sus cuartos en juguetes. Pero es que tengo un vicio…

María y Julio: jugar juntos.

LA EXPERIENCIA DE MARÍA

Mis juegos con Julio

Por Mariquila

Desde que Julio nació estuvo conmigo bien pegadito en la mochila. Siempre me recuerdo a mí misma hablándole y cantándole, explicando qué es lo que hacía o qué era lo que veíamos en la calle.

Cuando ya era más mayor y podía sentarse, siempre intenté, en la media de lo posible, integrarlo mediante el juego en las cosas que yo hacía. Y así empezamos a jugar con los palillos de la ropa, a que me los diera por colores o por números, a sacarlos y meterlos del cubito de las pinzas.

Luego vino nuestra “gran pasión”: la cocina. Julio empezó metiendo las manos en los botes de legumbres y de arroz (total, luego el agua hirviendo mata todos los bichos jejeje), cogiendo con sus manitas la pasta, ayudándome a echar las cosas que yo picaba a la olla o removiendo con la cuchara de palo cuando no era peligroso. Ahora ya sabe cortar con cuchillo, me ayuda a batir con la batidora, a echar las cosas en la sartén con aceite sin quemarse y sin que salpique. Le encanta hacer bizcochos (vaya yo le pongo los ingredientes medidos y él los va echando según mis instrucciones) majar las especias, rebozar pescado o hacer bolitas de carne y pasarlas por harina. Y, evidentemente, no sólo aprende a cocinar, sino que, según mi modo de ver, estamos jugando a hacer “magia potagia” en la olla, como él dice. Eso sin contar con la de veces que me ha sacado los vasos y las tazas y me ha hecho un “cafelito” con agua y me ha servido comidas inventadas por él (¡benditos platos y vasos de plásticos del Ikea!)

Una de las cosas que intento inculcarle es que la imaginación suya es su mejor juguete, el más valioso y el que no se puede comprar.

Un día repasamos él y yo la de cosas que sabe hacer sin necesitar juguetes comprados: jugar a las espadas con palos, hacer catalejos con los tubos de cartón, lanzar y colar piedras en un agujero en el suelo, hacer carreras por las aceras y que las alcantarillas sean “casa”, lanzar hojas por la fuente y ver cómo van acequia abajo, coger naranjas y tirarlas en el río, su padre y él compiten a ver qué naranja llega antes a tal o cual sitio. Hacen cabañas en casa, con mantas y cojines que se ponen entre sillas. O un teatro de sombras chinescas, con una caja de zapatos, papel cebolla blanco y una linterna. Hasta las siluetas de cartón tiene recortadas para escenificar el cuento del “El Gato Tragón”.

Yo sigo intentado que sus juegos me incluyan a mí. Y rebusco en lo que aprendí de pequeña, que tantas y tantas horas pasaba en la calle, quiero enseñar a mi niño a jugar a la rayuela, a la pelota, a un, dos, tres, pollito inglés (que le encanta), al veo veo (es lo nuevo en los viajes) a la gallinita ciega, a los disfraces o a las tiendas con las cosas del mueble de la cocina (siempre cuestan 50 euros). Para la comba aun es pequeño, pero eso sí que me gustaba, tanto yo sola como la cuerda movida por dos, ¡la de canciones que me sabía para saltar! Carlos primero de España y quito de Alemaniaaaaaa. Jugar uno enfrente del otro con las palmas: María cuchíbrica se cortó un débrico con la cuchíbrica del zapatébrico…Y el elástico, cada número era un salto diferente. Me tendría que poner a repasar con mi hermana, una verdadera experta.

Otros juegos: el escondite (cómo me gustaba jugar al escondite de noche o en las casas de mis amigas), piedra papel tijera, a tirar un cuchillo de esos que no cortan, en le barro y se tenía que quedar clavado un número determinado de veces para ganar, al corro de la patata, al pilla pilla, a los chinos, otra gran pasión mía. Los hacía con piedritas o con huesos de albaricoque. ¿Os acordáis? Se ponían en la parte de arriba de la mano, primero uno, luego dos…, y había que lanzarlos al aire coger el que estaba en la mesa y luego recoger los que se habían lanzado ¡sin que se cayera ninguno!

Lógicamente tiene sus juguetes. Y poco a poco también va aprendiendo a jugar sólo y montarse su propio mundo. Pero sigue prefiriendo estar con su madre o su padre. Con el puzzle que le compré para su cumple con un mapamundi y los animales de los cinco continentes. En realidad lo que le gusta es jugar al frío-caliente cuando busca las piezas y, cuando coge la correcta le digo “¡te quemaste!”. ¿Dónde está el juguete entonces?, ¿en la caja? Creo que no. Lo de la caja es una excusa para jugar los dos juntos.